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La realeza de Cristo es proclamada por Pilatos de un modo que afirma precisamente la cualidad esencialmente diferente de la justicia divina. Esto “nos invita a repensar nuestra imagen de Dios”, que se ha revelado en la historia “no como un emperador, sino como un Padre amoroso de todas las misericordias”: como José y no como el César. Palabras del Cardenal Michael Czerny en la homilía de la Misa en la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo

Este domingo 21 de noviembre, en la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, el Cardenal Michael Czerny, Subsecretario de la Sección de Migrantes del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, presidió la Santa Misa en el Oratorio de San José de Montreal para celebrar el Año dedicado a San José que se clausura el próximo 8 de diciembre.

Al celebrar a Cristo Rey, damos gracias por San José, que nos ayuda a comprender mejor a Aquel a quien, con María, ayudó a crecer. Lo que Jesús aprendió primero en la vida cotidiana y en el trabajo, lo enseñó y demostró después en su vida pública, su pasión, su muerte y su resurrección.

EL purpurado se refirió a la definición del padre putativo de Jesús dada en el Evangelio de Mateo: “un hombre justo o bueno, recto”. Ser justo o recto ante Dios – explicó – indica la determinación de hacer su voluntad y cumplir su ley. Y esto fue “exactamente lo que aprendió el niño Jesús al crecer”.

 

Una realeza libre de la corrupción mundana

En la narración de san Mateo, – señaló el cardenal Czerny – el tema de la justicia adquiere otro significado, inspirado en las Escrituras hebreas: se trata “de la justicia que se debe impartir a todos los seres humanos, como compromiso contra toda forma de desigualdad e iniquidad que, a los ojos de Dios, daña la dignidad de la persona humana”. En particular, en la predicación de los profetas de Israel, esta realidad se expresa en el uso de un símbolo religioso específico, “el de la realeza: el pueblo “pide un rey que lo guíe en la tierra” y le permita caminar en la rectitud o justicia, observando los mandamientos.

Sin embargo, la monarquía davídica, con sus resultados totalmente fallidos, demostró lo ilusorio de todo esto. (Grandes palabras como rey, gobernante, trono; imperio, soberanía, realeza también pueden sonar muy decepcionantes hoy en día, ¿verdad?) Esta terrible decepción obligó a los profetas a buscar en otra parte una imagen, un ejemplo o un modelo creíble. La nueva figura del Mesías, el Ungido del Señor, expresa la idea de una realeza libre de la corrupción humana, de las artimañas del ansia de poder, y capaz de liberar al pueblo de todo tipo de mal que le impide abrazar fielmente la alianza de Dios y vivirla plenamente.

 

En Jesús, el Reino de Dios está cerca

Jesús, en su predicación y ministerio, “no mira sólo al presente sino también al futuro” de la humanidad.  En ello el Maestro “está influido por otra corriente de las Escrituras hebreas, la tradición apocalíptica, que le lleva a centrar sus expectativas en la esperanza y la convicción de que Dios intervendrá en la historia y hará justicia a los pobres, los oprimidos, los vencidos, los despreciados y los excluidos”:

En su oración del «Padre Nuestro», enseña a sus discípulos a invocar a Dios con palabras que expresan este anhelo tan fuerte y ardiente: «Venga a nosotros tu Reino». Jesús no duda de que vendrá -y nosotros tampoco-, pero la repetición de la invocación expresa la necesidad de que venga pronto y la convicción de que ya ha llegado. En Jesús, el Reino de Dios está muy cerca. 

 

La justicia de Dios coincide con el poder del amor que libera

El Cardenal Czerny hizo presente que cuando usamos la palabra «justicia», hoy en día pensamos automáticamente en los tribunales, los abogados y los servicios sociales. Para Jesús, sin embargo, la cuestión de la justicia es un tema “propiamente teológico”, a saber “una respuesta” a la pregunta: ¿Quién es Dios?

Nuestro Dios justo está comprometido de todo corazón con el mundo, nuestra casa común, y con todos los hombres y mujeres de la historia. Jesús es el heraldo y el invocador de esta justicia divina cuyo verdadero nombre es «misericordia». Jesús se convierte en su signo y ministro: va de pueblo en pueblo haciendo el bien y curando a los que se cruzan en su camino. Así revela que la justicia de Dios coincide con el poder del amor divino que libera a todo cuerpo y espíritu del mal, la iniquidad y la injusticia del pecado. 

 

Dios llama a la alegría eterna a todos

Recordando el contraste entre Jesús y Pilatos, es decir, aquel entre la justicia del mundo y aquella de Dios, el cardenal Czerny subrayó cómo Nuestro Señor Jesucristo asume, ante Pilatos, la esperanza de todos los pueblos que no obtienen justicia del mundo.

Paradójicamente, mientras el mundo lo condena a muerte y lo excluye de la historia, Dios cumple en Jesús la oración de todos los pueblos por la justicia e inaugura la era mesiánica.

De hecho, “la realeza de Cristo es proclamada por Pilatos de un modo que afirma precisamente la cualidad esencialmente diferente de la justicia divina”. Y, todo esto, señaló Czerny, “nos invita a repensar nuestra imagen de Dios”:

Él se ha revelado en la historia, en Jesús, no como un emperador, sino como un Padre amoroso de todas las misericordias, como José y no como el César. En Jesús, el Mesías derrotado y el Rey crucificado, Dios llama a la alegría eterna a todos los que no tienen ninguna razón natural o material para alegrarse. Nos invita a la esperanza en el futuro: «¡Venga tu Reino!»

“La resurrección de Jesús es la prenda y la garantía de esta profunda transformación del mundo que ya se está produciendo lenta y silenciosamente”. Con esta afirmación, dada casi al final de su homilía, el purpurado aseguró que Dios está presente en la historia injusta del mundo, “no como un autócrata -todopoderoso o impotente-, sino como Aquel que tiene un corazón tierno y se compadece de todo tipo de sufrimiento humano”. Y que José “nos muestra al verdadero Cristo Rey”: “Jesús Mesías-Rey”, pues, “nos lleva a nuestro Padre celestial”.

Después de Auschwitz, después de Hiroshima y Nagasaki, después del colonialismo y del racismo, incluso en este país, – concluyó el purpurado – este Dios que se crucifica con los crucificados de la Historia se mostrará como Rey en la hora final, redimiendo la Historia, redimiendo a todas las víctimas de la injusticia del poder de la muerte.

“¡Oh San José, ruega por nosotros! ¡Oh Cristo Rey, ten piedad de nosotros! Oh Dios, Padre nuestro, ¡venga a nosotros tu Reino!”

fuente: vaticannews.va