San José, custodio de Jesús, de la Iglesia y de las vocaciones

Se ha publicado el mensaje del Papa para la Jornada Mundial de oración por las vocaciones, en el día en que la Iglesia celebra a San José. «La vocación -dijo Francisco- es la llamada divina que siempre impulsa a salir, a entregarse, a ir más allá. No hay fe sin riesgo. Sólo abandonándose confiadamente a la gracia, dejando de lado los propios planes y comodidades se dice verdaderamente sí a Dios”.

Ciudad del Vaticano

Ha sido publicado el mensaje del Papa Francisco en la fiesta dedicada a San José, en el mensaje, Francisco recuerda la figura de San José, el sueño de la vocación.  Y recuerda, la vocación es la “llamada divina siempre impulsa a salir, a entregarse, a ir más allá. No hay fe sin riesgo. Sólo abandonándose confiadamente a la gracia, dejando de lado los propios planes y comodidades se dice verdaderamente “sí” a Dios”. San José sugiere tres palabras claves para la vocación: sueños, servicios y fidelidad.

Desde el pasado 8 de diciembre, con motivo del 150.º aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia universal, el Papa Francisco, por medio del Decreto de la Penitenciaría Apostólica, dio comienzo al Año dedicado especialmente a este Santo. Además, el Pontífice escribió la Carta apostólica Patris corde para «que crezca el amor a este gran santo». En su mensaje, el Papa afirma que la figura de San José es “extraordinaria, y al mismo tiempo «tan cercana a nuestra condición humana». San José no impactaba, tampoco poseía carismas particulares ni aparecía importante a la vista de los demás. No era famoso y tampoco se hacía notar, los Evangelios no recogen ni una sola palabra suya. Sin embargo, con su vida ordinaria, realizó algo extraordinario a los ojos de Dios”.

 

Las vocaciones: regeneran la vida cada día

Más adelante, en el mensaje, Francisco recuerda que “Dios ve el corazón y en san José reconoció un corazón de padre, capaz de dar y generar vida en lo cotidiano. Las vocaciones tienden a esto: a generar y regenerar la vida cada día. El Señor quiere forjar corazones de padres, corazones de madres; corazones abiertos, capaces de grandes impulsos, generosos en la entrega, compasivos en el consuelo de la angustia y firmes en el fortalecimiento de la esperanza”.

Y hoy día, en tiempos marcados por “la fragilidad y los sufrimientos causados también por la pandemia, donde nos invade la incertidumbre y el miedo al futuro, lo que necesita el sacerdocio y la vida consagrada es a San José que viene a su “encuentro con su mansedumbre, como santo de la puerta de al lado; al mismo tiempo, su fuerte testimonio puede orientarnos en el camino”.

 

Tres palabras clave para la vocación

Francisco señala en su mensaje que San José nos sugiere tres palabras clave para nuestra vocación. La primera es sueño. Todos en la vida sueñan con realizarse. Y es correcto que tengamos grandes expectativas, metas altas antes que objetivos efímeros —como el éxito, el dinero y la diversión—, que no son capaces de satisfacernos.

Y el mayor sueño de la humanidad: “amor”. Porque como afirma el Papa, es “el amor el que da sentido a la vida, porque revela su misterio. La vida, en efecto, sólo se tiene si se da, sólo se posee verdaderamente si se entrega plenamente. San José tiene mucho que decirnos a este respecto porque, a través de los sueños que Dios le inspiró, hizo de su existencia un don”.

En el Mensaje, el Pontífice explica que los Evangelios narran cuatro sueños. Eran llamadas divinas, “pero no fueron fáciles de acoger. Después de cada sueño, José tuvo que cambiar sus planes y arriesgarse, sacrificando sus propios proyectos para secundar los proyectos misteriosos de Dios. Él confió totalmente. Y el Papa nos pregunta: “¿Qué era un sueño nocturno para depositar en él tanta confianza?”. Aunque en la antigüedad se le prestaba mucha atención, seguía siendo poco ante la realidad concreta de la vida. A pesar de todo, san José se dejó guiar por los sueños sin vacilar”, porque confirma el Papa, “su corazón estaba orientado hacia Dios, ya estaba predispuesto hacia Él. A su vigilante “oído interno” sólo le era suficiente una pequeña señal para reconocer su voz. Esto también se aplica a nuestras llamadas”.

“A Dios no le gusta revelarse de forma espectacular, forzando nuestra libertad. Él nos da a conocer sus planes con suavidad, no nos deslumbra con visiones impactantes, sino que se dirige a nuestra interioridad delicadamente, acercándose íntimamente a nosotros y hablándonos por medio de nuestros pensamientos y sentimientos. Y así, como hizo con san José, nos propone metas altas y sorprendentes”.

 

La vocación: la llamada divina que impulsa a entregarse

Los sueños condujeron a José a aventuras que nunca habría imaginado. El primero, afirma en su mensaje, desestabilizó su noviazgo, pero lo convirtió en padre del Mesías; el segundo lo hizo huir a Egipto, pero salvó la vida de su familia; el tercero anunciaba el regreso a su patria y el cuarto le hizo cambiar nuevamente sus planes llevándolo a Nazaret, el mismo lugar donde Jesús iba a comenzar la proclamación del Reino de Dios. “En todas estas vicisitudes, afirma el Papa, la valentía de seguir la voluntad de Dios resultó victoriosa. Así pasa en la vocación: la llamada divina siempre impulsa a salir, a entregarse, a ir más allá. No hay fe sin riesgo. Sólo abandonándose confiadamente a la gracia, dejando de lado los propios planes y comodidades se dice verdaderamente “sí” a Dios. Y cada “sí” da frutos, porque se adhiere a un plan más grande, del que sólo vislumbramos detalles, pero que el Artista divino conoce y lleva adelante, para hacer de cada vida una obra maestra. En este sentido, san José representa un icono ejemplar de la acogida de los proyectos de Dios”.

San José es un icono de la acogida de los proyectos de Dios, pero es una “acogida activa, nunca renuncia ni se rinde, «no es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonista valiente y fuerte». Que él ayude a todos, señala Francisco, especialmente a los jóvenes en discernimiento, a realizar los sueños que Dios tiene para ellos; que inspire la iniciativa valiente para decir “sí” al Señor, que siempre sorprende y nunca decepciona”.

 

Servicio

La segunda palabra que marca el itinerario de san José y de su vocación es servicio, escribe el Papa y explica que se desprende de los Evangelios que vivió enteramente para los demás y nunca para sí mismo. «El santo Pueblo de Dios lo llama esposo castísimo, revelando así su capacidad de amar sin retener nada para sí. Liberando el amor de su afán de posesión, se abrió a un servicio aún más fecundo, su cuidado amoroso se ha extendido a lo largo de las generaciones y su protección solícita lo ha convertido en patrono de la Iglesia. También es patrono de la buena muerte, él que supo encarnar el sentido oblativo de la vida. Sin embargo, su servicio y sus sacrificios sólo fueron posibles porque estaban sostenidos por un amor más grande: «Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio»

Y este tipo de madurez, afirma, es lo que se requiere en el sacerdocio y la vida consagrada. «Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración».

El Pontífice explica que «para san José el servicio, expresión concreta del don de sí mismo, no fue sólo un ideal elevado, sino que se convirtió en regla de vida cotidiana», San José, dijo el Papa, «se adaptó a las diversas circunstancias con la actitud de quien no se desanima si la vida no va como él quiere, con la disponibilidad de quien vive para servir. Con este espíritu, José emprendió los numerosos y a menudo inesperados viajes de su vida: de Nazaret a Belén para el censo, después a Egipto y de nuevo a Nazaret, y cada año a Jerusalén, con buena disposición para enfrentarse en cada ocasión a situaciones nuevas, sin quejarse de lo que ocurría, dispuesto a echar una mano para arreglar las cosas. Se podría decir que era la mano tendida del Padre celestial hacia su Hijo en la tierra. Por eso, no puede más que ser un modelo para todas las vocaciones, que están llamadas a ser las manos diligentes del Padre para sus hijos e hijas»

 

San José, custodio de Jesús, de la Iglesia y de las vocaciones

Francisco, expresó que le gusta pensar en san José, el custodio de Jesús y de la Iglesia, como custodio de las vocaciones. «Su atención en la vigilancia procede, en efecto, de su disponibilidad para servir. «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre» (Mt 2,14), dice el Evangelio, señalando su premura y dedicación a la familia. No perdió tiempo en analizar lo que no funcionaba bien, para no quitárselo a quien tenía a su cargo. Este cuidado atento y solícito es el signo de una vocación realizada, es el testimonio de una vida tocada por el amor de Dios. ¡Qué hermoso ejemplo de vida cristiana damos cuando no perseguimos obstinadamente nuestras propias ambiciones y no nos dejamos paralizar por nuestras nostalgias, sino que nos ocupamos de lo que el Señor nos confía por medio de la Iglesia! Así, Dios derrama sobre nosotros su Espíritu, su creatividad; y hace maravillas, como en José».

 

La fidelidad

«Además de la llamada de Dios —que cumple nuestros sueños más grandes— y de nuestra respuesta —que se concreta en el servicio disponible y el cuidado atento—, hay un tercer aspecto que atraviesa la vida de san José y la vocación cristiana, marcando el ritmo de lo cotidiano: la fidelidad. José es el «hombre justo» (Mt 1,19), que en el silencio laborioso de cada día persevera en su adhesión a Dios y a sus planes. En un momento especialmente difícil se pone a “considerar todas las cosas” (cf. v. 20). Medita, reflexiona, no se deja dominar por la prisa, no cede a la tentación de tomar decisiones precipitadas, no sigue sus instintos y no vive sin perspectivas. Cultiva todo con paciencia. Sabe que la existencia se construye sólo con la continua adhesión a las grandes opciones», esto dijo el Pontífce corresponde a la laboriosidad serena y constante con la que «desempeñó el humilde oficio de carpintero (cf. Mt 13,55), por el que no inspiró las crónicas de la época, sino la vida cotidiana de todo padre, de todo trabajador y de todo cristiano a lo largo de los siglos. Porque la vocación, como la vida, sólo madura por medio de la fidelidad de cada día».

La fidelidad afirma Francisco se alimenta «a la luz de la fidelidad de Dios. Las primeras palabras que san José escuchó en sueños fueron una invitación a no tener miedo, porque Dios es fiel a sus promesas: «José, hijo de David, no temas» (Mt 1,20). y a continuación el Pontífice se dirige a cada uno de estos hermanos que desean seguir su vocación:

«No temas: son las palabras que el Señor te dirige también a ti, querida hermana, y a ti, querido hermano, cuando, aun en medio de incertidumbres y vacilaciones, sientes que ya no puedes postergar el deseo de entregarle tu vida. Son las palabras que te repite cuando, allí donde te encuentres, quizás en medio de pruebas e incomprensiones, luchas cada día por cumplir su voluntad. Son las palabras que redescubres cuando, a lo largo del camino de la llamada, vuelves a tu primer amor. Son las palabras que, como un estribillo, acompañan a quien dice sí a Dios con su vida como san José, en la fidelidad de cada día».

Y es esta fidelidad el secreto de la alegría, como dice un himno litúrgico, dice por último Francisco, en la casa de Nazaret,  había «una alegría límpida». Era la alegría cotidiana y transparente de la sencillez, la alegría que siente quien custodia lo que es importante: la cercanía fiel a Dios y al prójimo. Y exclama su esperanza que hermoso sería si la misma atmósfera sencilla y radiante, sobria y esperanzadora, impregnara los seminarios, institutos religiosos, casas parroquiales.  Y es la alegría que desea a todos los que «generosamente han hecho de Dios el sueño de sus vidas, para servirlo en los hermanos y en las hermanas que les han sido confiados, mediante una fidelidad que es ya en sí misma un testimonio, en una época marcada por opciones pasajeras y emociones que se desvanecen sin dejar alegría».

fuente: vaticannews.va

El Papa: La Iglesia no está llamada a condenar sino a llevar la salvación de Cristo

En la misa presidida en la Basílica de San Pedro por el 500 aniversario de la evangelización de Filipinas, Francisco agradeció a los católicos del país asiático la alegría con la que llevan su fe a todo el mundo y a las comunidades cristianas.

Ciudad del Vaticano

No detener la labor de evangelización y llevar siempre la alegría del Evangelio a los demás. Fue la invitación del Papa en su homilía de la misa celebrada esta mañana en la Basílica de San Pedro, con ocasión del 500 aniversario de la evangelización en Filipinas.

«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16). Francisco parte de las palabras que Jesús dirige a Nicodemo en el Evangelio de San Juan, donde está el corazón del Evangelio, para explicar “el fundamento de nuestra alegría” y precisa que “el contenido del Evangelio no es una idea o una doctrina, sino que es Jesús, el Hijo que el Padre nos ha dado para que tengamos vida”.

“El fundamento de nuestra alegría no es una bella teoría sobre cómo ser feliz, sino que es experimentar el ser acompañados y amados en el camino de la vida”, explica el Papa, deteniéndose a continuación en estos dos aspectos: «amó tanto» y «dio».

En primer lugar, Dios amó tanto, precisa el Papa y recuerda que “siempre nos ha mirado con amor y por amor vino en medio de nosotros en la carne de su Hijo”.

En Él vino a buscarnos en los lugares donde estábamos perdidos; en Él vino a levantarnos de nuestras caídas; en Él lloró nuestras lágrimas y curó nuestras heridas; en Él bendijo nuestras vidas para siempre.

En Jesús, aclara el Papa, «Dios ha pronunciado la palabra definitiva sobre nuestras vidas: tú no estás perdido, eres amado». Puede ocurrir que «la escucha del Evangelio y la práctica de nuestra fe» ya no nos haga captar la grandeza de este amor, y quizás «nos deslizamos hacia una religiosidad seria, triste y cerrada». Esta es la señal, continúa Francisco, «de que debemos detenernos y escuchar de nuevo el anuncio de la buena noticia».

Dios te ama tanto que te da toda su vida. No es un Dios que nos mira indiferente desde lo alto, sino un Padre enamorado que se implica en nuestra historia; no es un Dios que se complace de la muerte del pecador, sino un Padre que se preocupa de que nadie se pierda; no es un Dios que condena, sino un Padre que nos salva con el abrazo bendiciente de su amor.

Refiriéndose a la segunda palabra, Dios «dio» a su Hijo, Francisco subraya que «precisamente porque nos ama tanto, Dios se entrega y nos ofrece su vida». “La fuerza del amor es precisamente ésta: rompe la coraza del egoísmo, quiebra los márgenes de la seguridad humana sobredimensionada, derriba los muros y supera los miedos, para convertirse en don”.

“Quien ama es así, recuerda el Papa, prefiere arriesgarse en el donarse antes que atrofiarse reservándose para sí mismo. Por eso Dios sale de sí mismo: porque ‘ha amado tanto’. Su amor es tan grande que no puede evitar donarse a nosotros”. “En Jesús, levantado en la cruz, Él mismo vino a curarnos del veneno que da la muerte, se hizo pecado para salvarnos del pecado. Dios no nos ama con palabras: nos da a su Hijo para que todo el que lo mire y crea en Él se salve”.

Es hermoso encontrar personas que se aman, que se quieren y comparten su vida; de ellas se puede decir como de Dios: se aman tanto que dan la vida, agrega el Papa y exclama: ¡Esta es la fuente de la alegría! Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo. Y recuerda el reciente viaje en Iraq: “un pueblo martirizado ha exultado de alegría; gracias a Dios, a su misericordia”.

A veces, continúa el Papa, «buscamos la alegría donde no la hay», en «ilusiones que se desvanecen», en «sueños de grandeza de nuestro yo», «en la aparente seguridad de las cosas materiales», o «en el culto a nuestra propia imagen».

Pero la experiencia de la vida nos enseña que la verdadera alegría es sentirse amados gratuitamente, sentirnos acompañados, tener a alguien que comparta nuestros sueños y que, cuando naufragamos, venga a rescatarnos y a llevarnos a puerto seguro.

A continuación, recordando el 500 aniversario de la llegada del anuncio cristiano a Filipinas, cuando «recibieron la alegría del Evangelio», Francisco afirma: «esta alegría se ve en su pueblo, se ve en sus ojos, en sus rostros, en sus cantos y en sus oraciones».

“Quiero darles las gracias por la alegría que aportan al mundo entero y a las comunidades cristianas. Pienso en tantas bellas experiencias en las familias romanas -pero es lo mismo en todo el mundo- donde su presencia discreta y trabajadora se ha convertido también en un testimonio de fe”

Lo hacen, continúa, «al estilo de María y José», porque «a Dios le gusta llevar la alegría de la fe con un servicio humilde y escondido, valiente y perseverante». “No detengan”, concluye el Pontífice, dirigiéndose a los fieles filipinos, «la obra de evangelización, que no es proselitismo». El anuncio cristiano que han recibido «hay que llevarlo siempre a los demás», ocupándose «de los que están heridos y viven en los márgenes». Como el Dios que se entrega, también la Iglesia «no es enviada a juzgar, sino a acoger; no a imponer, sino a sembrar; no a condenar, sino a llevar a Cristo que es la salvación».

“No tengan miedo de anunciar el Evangelio, de servir y de amar. Y con su alegría podrán conseguir que se diga también de la Iglesia: «¡ha amado tanto al mundo!» Una Iglesia que ama al mundo sin juzgarlo y que se entrega por el mundo es hermosa y atractiva. Que así sea, en Filipinas y en cada lugar de la tierra.”

fuente: vaticannews.va

San José, el hombre en el que confía el Cielo

La Carta «Patris corde» de Francisco enriquece el Magisterio de los Papas sobre la figura de san José. Desde finales del siglo XIX hasta hoy los Pontífices han ofrecido hermosas y contundentes páginas que profundizan el misterio del «hombre en la sombra».

Alessandro de Carolis – Ciudad del Vaticano

El «reto» se renueva cada día desde hace 40 años. Reza las laudes y luego,  aquella antigua oración encontrada en un libro de devoción francés del siglo XIX. El destinatario de ese «cierto reto» cotidiano es san José porque, después de haberle confiado todo, «situaciones tan graves y difíciles», esa vieja plegaria termina así: «Que no se diga que te haya invocado en vano «. El Papa Francisco revela esta costumbre suya en una breve nota en la mitad de la Carta Patris corde, un texto que trae a la memoria de la Iglesia lo que hizo Pío IX el día de la Inmaculada Concepción en 1870, cuando proclamó a san José Patrón de la Iglesia Universal.

 

Un vínculo estrecho

La anécdota confirma y enriquece la predilección de Francisco por la figura del esposo de María. Una familiaridad ya conocida por la costumbre -narrada durante el viaje a Manila- de poner bajo la estatuilla del «José dormido» que conserva en su oficina en la Casa de Santa Marta, un pequeño papel con sus preocupaciones escritas en él. El «hombre inadvertido», que acoge el misterio y se pone al servicio de él permaneciendo «descentrado», es también el que resuelve las cosas imposibles y en la Patris corde el Papa elige describir las muchas cualidades que hacen de José un verdadero padre y esposo, el novio prometido que “acogió a María sin poner condiciones previas» y el hombre en el que «Jesús vio la ternura de Dios».

 

Nombres para un Papa

Pero el de Francisco es, por así decirlo, la última piedra en el tiempo de un mosaico de admiración que la Iglesia ha construido a lo largo de los siglos para hacer evidentes los méritos de una gran alma esculpida en y desde el silencio. Han sido los Papas quienes han contribuido con páginas y de corazón a completar esta narración, comenzando con Sixto V que a finales del siglo XV fijó la fecha de la fiesta en el 19 de marzo. A partir de Pío IX, y sobre todo durante los pontificados del siglo XX, el Magisterio encendió nuevas luces sobre el «hombre en la sombra», cuyo nombre nunca ha sido elegido por un Pontífice, aunque en los últimos decenios se convirtió casi en una constante en el nombre de bautismo de los que ascendieron al pontificado, Pío X (José Melchor Sarto), Juan XXIII (Ángel José Roncalli), Juan Pablo II (Carlos José Wojtyla), Benedicto XVI (José Ratzinger). Francisco no lleva el nombre de José, pero celebró la misa del inicio de su ministerio el 19 de marzo, es decir, manifestó un vínculo diferente, pero con la misma cercanía.

 

El santo de quienes trabajan

El 1 de mayo de 1955 fue domingo y una multitud de obreros llenó la plaza de San Pedro. Estaban los miembros de la Asociación Cristiana de Trabajadores Italianos (ACLI) y muchos de ellos recordaban el encuentro con Pío XII diez años antes, que había tenido lugar el 13 de marzo de 1945, un mes y medio antes del final de una guerra que había desgarrado profundamente a Italia. Pero para entonces había un país que crecía impetuosamente, el «boom» no estaba lejos, pero entre las filas de los católicos italianos el Papa Pacelli reconoció a los «decepcionados», aquellos que se quejaban de la falta de fuerza de la presencia cristiana «en la vida pública», mientras que la ideología socialista parecía ser la dominante. El Papa Pío XII pronunció un enérgico discurso y recordó a la ACLI su identidad para que se comprometieran con la «paz social» y al final, casi como un giro, el «regalo» que sorprendió y entusiasmó:

«Para que este significado esté presente para vosotros (…) nos complace anunciaros Nuestra determinación de instituir -como de hecho instituimos- la fiesta litúrgica de San José Obrero, asignándole precisamente el día 1 de mayo. ¿Agradecéis, queridos obreros y obreras, a este regalo Nuestro? Estamos seguros de que sí, porque el humilde artesano de Nazaret no sólo personifica ante Dios y la Santa Iglesia la dignidad del trabajador esforzado, sino que también al custodio providente de vosotros y de vuestras familias».

 

«Papa José» no se puede

Cuatro años más tarde la Iglesia comenzó a ser conducida por un hombre al que le hubiera gustado llamarse «Papa José». Pero renunció a ello porque, dijo, «esto no es habitual entre los Papas», pero la explicación traiciona la nostalgia y revela el fuerte apego de Juan XXIII a san José. La ocasión fue la reunión que el Papa Roncalli celebró el 19 de marzo de 1959 con un grupo de personas a cargo de la limpieza urbana. Al año siguiente, en un mensaje de radio del 1 de mayo de 1960, el «Papa bueno» concluyó con una oración a san José Obrero:

“Haz también que tus protegidos comprendan que no están solos en su trabajo sino que vean a Jesús junto a ellos; acógelos con tu gracia, protégelos fielmente como tú hiciste. Y obtén que en cada familia, en cada oficina, en cada laboratorio, donde quiera que trabaje un cristiano, sea todo santificado en la caridad, en la paciencia, en la justicia, en la prosecución del bien obrar para que desciendan abundantes los dones de la celestial predilección”.

 

El hombre de los riesgos

Pablo VI tampoco tomó el nombre de José, pero de 1963 a 1969 no hubo año en que no celebrara una misa en la Solemnidad del 19 de marzo. Cada homilía se convirtió así en un trazo de un retrato personal en el que el Papa Montini se mostró fascinado por la «completa, sumisa dedicación» de José a su misión, por el hombre «quizás tímido», pero dotado «de una grandeza sobrehumana que encanta». Y eso no lo hizo retroceder a pesar de que aceptar una novia como María y un hijo como Jesús significaba ser un extraño entre los hombres de su tiempo. Decía en una homilía en 1969:

«Un hombre, por lo tanto, san José, “comprometido”, como se dice ahora, con María, la elegida entre todas las mujeres de la tierra y de la historia, siempre su esposa virgen, no ya físicamente su mujer, y con Jesús, en virtud de la descendencia legal, no natural, su prole. Para él las cargas, las responsabilidades, los riesgos, las preocupaciones de la pequeña y singular Sagrada Familia. Para él el servicio, para él el trabajo, para él el sacrificio, en la penumbra del cuadro evangélico, en el que nos gusta contemplarlo, y ciertamente corresponde, ahora que lo sabemos todo, llamarlo feliz, bendito. Esto es el Evangelio. En él los valores de la existencia humana toman una medida diferente a la que solemos apreciarlos: aquí lo pequeño se convierte en grande».

 

El esposo sublime

En 26 años de su pontificado, Juan Pablo II aprovechó una infinidad de ocasiones para hablar de san José, a quien, según relató, rezaba intensamente todos los días. Esta devoción se resume en el documento que le dedicó el 15 de agosto de 1989, día de la publicación de la Exhortación Apostólica Redemptoris Custos, escrita 100 años después de la Quamquam Pluries de León XIII. En el documento, el Papa Wojtyla examinó la vida de José en cada uno de sus actos y, sensible a los aspectos del matrimonio cristiano, ofreció una lectura profunda de la relación entre los dos cónyuges de Nazaret. Es decir, de la «gracia de vivir juntos el carisma de la virginidad y el don del matrimonio», que retomó en una audiencia general en 1996, revirtiendo un falso mito:

“La dificultad de acercarse al misterio sublime de su comunión esponsal ha inducido a algunos, ya desde el siglo II, a atribuir a José una edad avanzada y a considerarlo el custodio de María, más que su esposo. Es el caso de suponer, en cambio, que no fuese entonces un hombre anciano, sino que su perfección interior, fruto de la gracia, lo llevase a vivir con afecto virginal la relación esponsal con María”.

 

Interioridad robusta

Del hombre al que Mateo llama «justo» en el Evangelio, el Patrono de la Iglesia Universal, de los trabajadores y de una infinidad de ciudades y lugares, no se conocen palabras, sino sólo silencios. Estos, por lo tanto, deben ser entendidos como palabras y pensamientos. En esta aparente ausencia Benedicto XVI también se adentra y extrae la riqueza de una vida completa, de un hombre que desde el trasfondo -dice en un Angelus de 2005-, con su ejemplo sin aspavientos, afectará el crecimiento de Jesús el hombre-Dios:

“Un silencio gracias al cual san José, al unísono con María, guarda la palabra de Dios […] un silencio entretejido de oración constante, oración de bendición del Señor, de adoración de su santísima voluntad y de confianza sin reservas en su providencia. No se exagera si se piensa que, precisamente de su «padre» José, Jesús aprendió, en el plano humano, la fuerte interioridad que es presupuesto de la auténtica justicia, la «justicia superior», que él un día enseñará a sus discípulos”.

fuente: vaticannews.va

“Nuestro amor cotidiano”, Encuentro para iniciar el año dedicado a la familia

“Nuestro amor cotidiano”, es el título del evento online organizado para el 19 de marzo por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, la Diócesis de Roma y el Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para abrir el año dedicado a la familia con motivo del quinto aniversario de la publicación de Amoris Laetitia.

Ciudad del Vaticano

“Ofrecer una aportación capaz de unir pastoral y teología de cara al Encuentro Mundial de las Familias previsto en Roma en 2022”, es el objetivo del Encuentro en línea organizado para el 19 de marzo por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, la Diócesis de Roma y el Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para abrir el año dedicado a la familia, con motivo del quinto aniversario de la publicación de la Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia.

 

El inicio de un camino más que una celebración

La Exhortación Apostólica, según los promotores, posee de hecho una riqueza aún por descubrir y el acto del 19 de marzo – que se retransmitirá por Internet en los canales de las tres instituciones (https://www.youtube.com/channel/UCkI4OUXU7_LBguDrPZQKsng) – representa una convocatoria para el trabajo futuro. Por ello, el evento está dividido en dos momentos online abiertos a todo el mundo: a las 15:00 horas (En el quinto aniversario de Amoris Laetitia) y a las 16:30 horas (Perspectivas teológicas) transmitidos por streaming en directo en el canal de YouTube del Instituto Juan Pablo II y en las plataformas de los tres promotores.

 

Los ponentes y los encuentros

En el primer encuentro, que culminará con un mensaje del Papa Francisco, participarán el Cardenal Kevin Joseph Farrell, Prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, el Cardenal Angelo De Donatis, Vicario del Papa para la Diócesis de Roma y el Arzobispo Vincenzo Paglia, Gran Canciller del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II, con intervenciones de Pierangelo Sequeri, Presidente del Instituto, y del matrimonio Giuseppina De Simone y Franco Miano, que participaron en los Sínodos sobre la familia.

La segunda parte de la tarde tendrá un carácter más académico y contará con las intervenciones – coordinadas por el teólogo Giovanni Cesare Pagazzi – de Nuria Calduch-Benages, de la Universidad Gregoriana, Antonio Pitta, de la Universidad Lateranense, Vincenzo Rosito, del Instituto Juan Pablo II, y Monseñor Darío Gervasi, Obispo Auxiliar de Roma y delegado para la pastoral familiar.

 

En camino hacia el Encuentro Mundial de las Familias

El año dedicado a la familia en el quinto aniversario de Amoris Laetitia fue convocado por el Papa Francisco el 27 de diciembre de 2020 para madurar los frutos de la Exhortación Apostólica Postsinodal y hacer a la Iglesia más cercana a las familias de todo el mundo, puestas a prueba este último año por la pandemia. En este sentido, el año, coordinado por el Dicasterio, concluirá el 26 de junio de 2022, con el décimo Encuentro Mundial de las Familias. Las reflexiones que madurarán se pondrán a disposición de las comunidades eclesiales y de las familias, para acompañarlas en su camino.

fuente: vaticannews.va

El Papa: el pueblo iraquí tiene derecho a vivir en paz, el desafío es la fraternidad

A su regreso del histórico Viaje Apostólico a Iraq, el Papa Francisco recorrió nuevamente el camino realizado en la Audiencia General del miércoles 10 de marzo. El pueblo iraquí «tiene derecho a vivir en paz», aseveró el Papa, que repitió, una vez más, que «el desafío para tantas regiones de conflicto y para el mundo entero» es la fraternidad.

 

“El pueblo iraquí tiene derecho a vivir en paz, tiene derecho a encontrar la dignidad que le pertenece”. A su regreso del Viaje Apostólico en Iraq, tierra de Abrahán, padre de la fe, de las tres religiones monoteístas, quien escuchó la llamada de Dios hace cuatro mil años y partió de su tierra bajo la promesa de Dios de una descendencia, el Papa Francisco dedicó su catequesis a la histórica peregrinación en esa amada, martirizada y milenaria tierra, que ha vivido años de guerra y terrorismo. Un viaje que, como él mismo dijo en el inicio de su catequesis, fue realizar un proyecto de Juan Pablo II, quien deseaba, recordamos, recorrer el camino de la salvación, para el Jubileo del año 2000. Un proyecto que el santo polaco no pudo cumplir por la situación en Irak, pero que “la providencia” – como dijo Francisco hoy – “quiso que esto sucediera ahora, como signo de esperanza”, durante la pandemia.

Después de esta visita, mi alma está llena de gratitud. Gratitud a Dios y a todos aquellos que la han hecho posible: al presidente de la República y al Gobierno de Irak; a los patriarcas y a los obispos del país, junto a todos los ministros y los fieles de las respectivas Iglesias; a las Autoridades religiosas, empezando por el Gran Ayatolá Al-Sistani, con quien tuve un encuentro inolvidable en su casa en Nayaf. 

 

El sentido penitencial de esta peregrinación

Francisco habló de la “fuerza” del sentido penitencial que sintió de esta peregrinación: “no podía acercarme a ese pueblo atormentado, a esa Iglesia mártir, sin tomar sobre mí, en nombre de la Iglesia católica, la cruz que ellos llevan desde hace años; una cruz grande, como esa colocada en la entrada de Qaraqosh”.

Lo sentí de forma particular viendo las heridas todavía abiertas de las destrucciones, y más todavía encontrando y escuchando a los testigos supervivientes de la violencia, la persecución, el exilio… Y al mismo tiempo vi en torno a mí la alegría de acoger al mensajero de Cristo; vi la esperanza de abrirse a un horizonte de paz y de fraternidad, resumido en las palabras de Jesús que eran el lema de la visita: «Vosotros sois todos hermanos» (Mt 23,8). Encontré esta esperanza en el discurso del presidente de la República, la encontré en muchos saludos y testimonios, en los cantos y en los gestos de la gente. La leí en los rostros luminosos de los jóvenes y en los ojos vivaces de los ancianos. La gente llevaba cinco horas esperando al Papa, de pie, incluso mujeres con niños en brazos: esperaban y en sus ojos había esperanza.

 

¿Quién vende las armas a los terroristas?

El pueblo iraquí – aseveró el Pontífice – tiene derecho a vivir en paz, tiene derecho a encontrar la dignidad que le pertenece. Y la respuesta a la guerra que destruyó tantos lugares de la Mesopotamia, cuyas «raíces religiosas y culturales son milenarias», “es la fraternidad”. “Pero, – quiere saber el Papa – ¿quién vende las armas a los terroristas?”

Mesopotamia es cuna de civilización; Bagdad ha sido en la historia una ciudad de importancia primordial, que albergó durante siglos la biblioteca más rica del mundo. ¿Y qué la destruyó? La guerra. La guerra siempre es el monstruo que, con el cambio de épocas, se transforma y continúa devorando a la humanidad. Pero la respuesta a la guerra no es otra guerra, la respuesta a las armas no son otras armas. Y me pregunté: ¿quién vendía las armas a los terroristas? ¿Quién vende ahora armas a los terroristas que están llevando a cabo masacres en otros lugares, en África por ejemplo? Esta es una pregunta que me gustaría que alguien respondiera. La respuesta no es la guerra, sino que la respuesta es la fraternidad. 

 

El desafío para el mundo entero es la fraternidad

La fraternidad, sí, de la que tanto nos habla el Papa Francisco, de la que lleva el titulo el Documento firmado en Abu Dabi y de la que nos habla en su carta encíclica Fratelli tutties el desafío para Iraq, pero también “es el desafío para tantas regiones de conflicto, y, en definitiva, es el desafío para el mundo entero”. ¿Seremos capaces – pregunta Francisco – de hacer que haya fraternidad entre nosotros, de hacer una cultura de hermanos? ¿O seguiremos con la lógica iniciada por Caín, la guerra?

Por esto nos hemos encontrado y hemos rezado, cristianos y musulmanes, con representantes de otras religiones, en Ur, donde Abrahán recibió la llamada de Dios hace unos cuatro mil años. Abrahán es padre en la fe porque escuchó la voz de Dios que le prometía una descendencia, dejó todo y partió. Dios es fiel a sus promesas y todavía hoy guía nuestros pasos de paz, guía los pasos de quien camina en la Tierra con la mirada dirigida al Cielo. Y en Ur, estando juntos bajo ese cielo luminoso, el mismo cielo en el cual nuestro padre Abrahán nos vio a nosotros, su descendencia, nos pareció que resonaba todavía en los corazones esa frase: Vosotros sois todos hermanos.

 

Los mensajes que partieron hacia el mundo

Y fueron muchos los mensajes de fraternidad que partieron de la cuna de la civilización al mundo entero. El Papa los recorre uno a uno: el encuentro en la catedral siro católica de Bagdad, donde fueron asesinados 48 personas cuya causa de beatificación está en curso, el mensaje lanzado desde Mosul y Qaraqosh, donde la furia del autodenominado Estado Islámico azotó con fuerza la misma identidad de estas ciudades, el mensaje que partió de las celebraciones eucarísticas en rito caldeo en Bagdad y aquella en Erbil, capital de la Región Autónoma del Kurdistán iraquí:

Un mensaje de fraternidad llegó desde el encuentro en la catedral siro-católica de Bagdad, donde en 2010 fueron asesinados cuarenta y ocho personas, entre las cuales dos sacerdotes, durante la celebración de la misa. La Iglesia en Irak es una Iglesia mártir y en ese templo, que lleva inscrito en la piedra el recuerdo de esos mártires, resonó la alegría del encuentro: mi asombro de estar en medio de ellos se fusionaba con su alegría de tener al Papa con ellos.

Lanzamos un mensaje de fraternidad desde Mosul y desde Qaraqosh, sobre el río Tigris, en las ruinas de la antigua Nínive. La ocupación del Isis causó la fuga de miles y miles de habitantes, entre los cuales muchos cristianos de diferentes confesiones y otras minorías perseguidas, especialmente los yazidíes. Se ha arruinado la antigua identidad de estas ciudades. Ahora se está tratando de reconstruir con mucho esfuerzo; los musulmanes invitan a los cristianos a volver, y juntos restauran iglesias y mezquitas: la fraternidad está allí. Y sigamos, por favor, rezando por estos hermanos y hermanas nuestros tan probados, para que tengan fuerza de volver a comenzar. Y pensando en tantos iraquíes emigrados quisiera decirles: habéis dejado todo, como Abrahán: como él, custodiad la fe y la esperanza, y sed creadores de amistad allá donde estéis, y si pueden, regresen.

Un mensaje de fraternidad vino de las dos Celebraciones eucarísticas: la de Bagdad, en rito caldeo, y la de Erbil, ciudad donde fui recibido por el presidente de la región y su primer ministro, por las autoridades, – que agradezco tanto que hayan ido a recibirme – y también fui recibido el pueblo. La esperanza de Abrahán y de su descendencia se ha realizado en el misterio que hemos celebrado, en Jesús, el Hijo que Dios Padre no escatimó, sino que donó para la salvación de todos: Él, con su muerte y resurrección, nos ha abierto el paso a la tierra prometida, a la vida nueva donde las lágrimas son secadas, las heridas sanadas, los hermanos reconciliados. 

 

Dios, que es paz, conceda un futuro de fraternidad 

«Alabemos a Dios por esta histórica visita», exhorta el Sumo Pontífice a todos los fieles, que pide seguir rezando por esa tierra y por Oriente Medio, porque “a pesar del fragor de la destrucción y de las armas”, en esa árida tierra, “las palmas, símbolo del país y de su esperanza, han seguido creciendo y dando fruto”:

Así sucede con la fraternidad: como el fruto de las palmas no hace ruido, pero es fructífera y nos hace crecer. ¡Dios, que es paz, conceda un futuro de fraternidad a Irak, a Oriente Medio y al mundo entero!

 

fuente: vaticannews.va

El Papa reza en Santa María la Mayor por su Viaje a Iraq

Francisco, como es tradición antes de realizar un viaje apostólico, visita la basílica de Santa María la Mayor y se detiene unos minutos ante el icono de la Salus Popoli Romani, y confía su peregrinación de tres días en Iraq a la Virgen María. El viaje apostólico comenzará el viernes 5 de marzo. En un tuit, Francisco pide oraciones para que el encuentro con el pueblo iraquí «pueda desarrollarse de la mejor manera posible y dar los frutos esperados»

Ciudad del Vaticano

La víspera de su partida hacia Bagdad, Francisco se dirigió a la Basílica de Santa María la Mayor para rezar ante el icono de la Virgen Salus Populi Romani. Es el acto de encomienda con el que el Papa «entrega» el 33º viaje apostólico, del 5 al 8 de marzo, a la custodia de la Madre Celestial. Como es habitual, el Pontífice, nunca renuncia antes y después de sus viajes al extranjero, su vista a la bas´silica y detenerse unos minutos ante el icono de la Virgen.

 

El regalo de flores a María

Antes de detenerse en oración en el interior de la capilla Borghese -donde se encuentra el icono- el Papa depositó un ramo de flores en el altar, ante la imagen sagrada de la Salus populi romani, es decir, la Salvación del pueblo romano. En el icono de la Virgen con el Niño en brazos, el Pontífice ve la fe del pueblo de Dios que desde hace siglos se reúne en torno a la Virgen en momentos de necesidad para implorar una señal de gracia del cielo, porque «lo que es imposible para los hombres no es imposible para Dios».

 

Una peregrinación penitente

El viaje a esta «tierra, antigua y extraordinaria cuna de la civilización», es para Francisco una peregrinación penitente de paz y «para implorar del Señor el perdón y la reconciliación tras años de guerra y terrorismo, para pedir a Dios el consuelo de los corazones y la curación de las heridas».

fuente: vaticannews.va

El Papa a Iraq: en el camino de la esperanza, como Abraham

En un vídeo mensaje dirigido al pueblo iraquí, difundido la víspera de su partida hacia Bagdad, el Papa Francisco invita a los cristianos, pero también a todos los «hermanos y hermanas de toda tradición religiosa», a «reforzar la fraternidad, para construir juntos un futuro de paz». E implora al Señor «el perdón y la reconciliación tras años de guerra y terrorismo».

Alessandro Di Bussolo – Ciudad del Vaticano

Un peregrino penitente, un peregrino de la paz que invita a los iraquíes a seguir el camino de Abraham, «en la esperanza», sin quitar nunca los ojos de las estrellas. En un sentido video mensaje dirigido al pueblo iraquí, publicado en vísperas del inicio de su 33º Viaje Apostólico, del 5 al 8 de marzo, el Papa Francisco explica que va a visitar» su tierra, antigua y extraordinaria cuna de la civilización», en primer lugar como «peregrino penitente».

Implorar al Señor el perdón y la reconciliación tras años de guerra y terrorismo, a pedir a Dios consuelo para los corazones y curación para las heridas.

 

Peregrino de paz en busca de fraternidad

Pero también «como peregrino de paz, para repetir» como lo hizo Jesús en el Evangelio de Mateo: «Todos ustedes son hermanos»…

En busca de la fraternidad, animados por el deseo de rezar juntos y de caminar juntos, también con los hermanos y hermanas de otras tradiciones religiosas, en el signo del padre Abrahán, que une a musulmanes, judíos y cristianos en una sola familia.

 

El encuentro con una Iglesia mártir

El Papa se dirige en primer lugar a los cristianos iraquíes, que han “dado testimonio de la fe en Jesús en medio de las pruebas más difíciles”, con emoción espera verlos y dijo que se sentía «honrado de encontrarse con una Iglesia mártir: gracias por vuestro testimonio». Los numerosos mártires, demasiados, que ustedes han conocido “nos ayuden a perseverar en la fuerza humilde del amor”. Y recuerda «las imágenes de casas destruidas y de iglesias profanadas» que los iraquíes que huyeron de la furia del Isis aún tienen en sus ojos, y en sus corazones «las heridas por los afectos perdidos y los hogares abandonados».

Deseo llevarles la caricia afectuosa de toda la Iglesia, que está cerca de ustedes y del atormentado Oriente Medio, y que los anima a seguir adelante. No permitamos que los terribles sufrimientos que han experimentado, y que tanto me apenan, prevalezcan.

 

Como Abraham, miremos a las estrellas

“No nos rindamos ante la propagación del mal”, es el llamamiento del Pontífice, porque “las antiguas fuentes de sabiduría de vuestras tierras nos guían hacia otra parte, a hacer como Abrahán que, aun dejándolo todo, nunca perdió la esperanza”. Confiando en Dios, Abrahán “dio vida a una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo”. “Dirijamos nuestra mirada hacia las estrellas – es su invitación – allí está nuestra promesa”.

 

Fortalecer la fraternidad, en tiempos de pandemia

Luego el Papa Francisco se dirige a todos los iraquíes «que han sufrido tanto, pero no se han desalentado». A los cristianos, a los musulmanes, pero también a los yazidíes «que han sufrido tanto» llamándolos «todos hermanos». Como «peregrino de esperanza», recuerda que «en vuestra casa, en Nínive, resonó la profecía de Jonás, que evitó la destrucción y trajo una nueva esperanza, la esperanza de Dios».

Dejémonos contagiar por esa esperanza, que nos anima a reconstruir y a empezar de nuevo. Y en estos duros tiempos de pandemia, ayudémonos a fortalecer la fraternidad, para construir juntos un futuro de paz. Juntos, hermanos y hermanas de cada tradición religiosa.

 

Continuar por el camino de Abraham, recorriendo vías de paz

El Papa concluyó recordando a los iraquíes que «desde vuestra tierra, hace miles de años, Abrahán emprendió su camino», y hoy «nos corresponde a nosotros continuarlo, con el mismo espíritu, recorriendo juntos los senderos de la paz». Y, como Abraham, «que caminen en la esperanza y nunca dejen de mirar a las estrellas».

fuente: vaticannews.va

http://https://youtu.be/GlLDauF_InI

En marzo, el Papa invita a pasar de la miseria a la misericordia con la confesión

En el video con la intención de oración para el mes de marzo, Francisco invita a rezar para “vivir el sacramento de la reconciliación con renovada profundidad y para saborear el perdón y la infinita misericordia de Dios”.

Cecilia Mutual – Ciudad del Vaticano

“Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, para curar mi alma. Para salir con más salud espiritual. Para pasar de la miseria a la misericordia. El centro de la confesión no son los pecados que decimos, sino el amor divino que recibimos y que siempre necesitamos. El centro de la confesión es Jesús que nos espera, nos escucha y nos perdona”. Es el mensaje lleno de esperanza  del Papa Francisco en El Video del Papa de mes de marzo, publicado hoy con la intención de oración que el Santo Padre confía a toda la Iglesia Católica a través de la Red Mundial de Oración del Papa. El video de este mes se abre con el ejemplo del pontífice que va a confesarse, “para sanarme, para curar mi alma” – dice – e invita a redescubrir la fuerza de renovación personal que tiene el sacramento de la confesión en nuestra vida:

“Recemos para que vivamos el sacramento de la Reconciliación con renovada profundidad y para saborear el perdón y la infinita misericordia de Dios”

“Jesús nos espera, nos escucha y nos perdona”

“En el corazón de Dios estamos nosotros antes que nuestras equivocaciones», asegura también el Santo Padre, destacando una vez más la fuerza que tiene el amor de Dios sobre nuestro ser y nuestro actuar. Recibir este sacramento no se trata de erigirse ante un juez, sino de acudir a un encuentro de amor ante un Padre que nos recibe y nos perdona siempre. “El centro de la confesión no son los pecados que decimos, sino el amor divino que recibimos y que siempre necesitamos”, agrega Francisco. Y ese amor está antes que todo, antes que los errores, las reglas, los juicios y las caídas.

Sacerdotes misericordiosos

El P. Frédéric Fornos S.J., Director Internacional de la Red Mundial de Oración del Papa, recordó las últimas palabras de Francisco: “Recemos para que Dios dé a su Iglesia sacerdotes misericordiosos y no torturadores”. Y precisó que “no es la primera vez que el Papa pide esta gracia. Como el buen pastor conoce el sufrimiento de la gente, sus pecados, su necesidad de encontrar ‘ministros de la misericordia’. Es el tiempo de la misericordia. En su carta apostólica Misericordia et misera, al concluir el Jubileo extraordinario de la misericordia, invitó a los sacerdotes a ser como Jesús, llenos de compasión y pacientes. Es un camino de conversión para cada sacerdote, ‘ser testigos de la ternura paterna’, ‘prudentes en el discernimiento’, y ‘generosos para dispensar el perdón de Dios’. Pide que el corazón sea cercano al corazón de Jesús, y es una gracia”.

En el Ángelus del pasado 14 de febrero, Francisco dirigió palabras especiales por tantos “buenos sacerdotes confesores” que atraen a la gente y lo hacen con ternura, con compasión, “no están con el látigo en la mano, sino que están sólo para recibir, para escuchar y para decir que Dios es bueno y que Dios siempre perdona, que Dios no se cansa de perdonar”. Además, pidió a los fieles presentes en la Plaza de San Pedro un aplauso para estos «confesores misericordiosos».

El Obispo de Roma concluye su video con la intención de oración para el mes de marzo, diciendo:

“Recuerden esto: en el corazón de Dios estamos nosotros antes que nuestras equivocaciones. Y recemos para que vivamos el sacramento de la reconciliación con renovada profundidad y para saborear el perdón y la infinita misericordia de Dios. Y recemos para que Dios dé a su Iglesia sacerdotes misericordiosos y no torturadores.”

 

fuente: vaticannews.va