El Papa Francisco en Vigilia Pascual: “Ánimo, con Dios nada está perdido»

La noche del Sábado Santo, el Papa Francisco ha celebrado la Vigilia Pascual. Con esta fiesta litúrgica se rompe el silencio, el luto por la muerte de Jesús y se anuncia nuevamente el triunfo de la vida y de que la muerte no tiene la última palabra.

 

Manuel Cubías – Ciudad del Vaticano

La Vigilia Pascual es una celebración llena de símbolos. La luz, la Palabra de Dios, el agua, la renovación de las promesas bautismales y la recitación y aceptación de los rasgos fundamentales del Dios en quien creemos.

 

La hora más oscura

El Papa Francisco en su homilía se ha referido a la lectura del evangelio (Mt, 28,1-10) y refiriéndose a los primeros personajes que aparecen en el relato afirma: “Nos vemos reflejados en los sentimientos de las mujeres durante aquel día”. Y continúa: “Vieron la muerte y tenían la muerte en el corazón. Al dolor se unía el miedo, ¿tendrían también ellas el mismo fin que el Maestro?” (…) “La memoria herida, la esperanza sofocada. Para ellas, como para nosotros, era la hora más oscura”.

Ante esta escena, el Papa afirma con fuerza: “las mujeres no se quedaron paralizadas”. Por esta razón, “No renunciaron al amor: la misericordia iluminó la oscuridad del corazón”. Por eso, María “rezaba y esperaba”; las otras mujeres se preparaban para ir al sepulcro al día siguiente:” esas mujeres preparaban en la oscuridad de aquel sábado el amanecer del «primer día de la semana», día que cambiaría la historia”.

 

El anuncio pascual: ante una tumba escucharon palabras de vida

En ese contexto, ante el sepulcro, dice el Papa: “encontraron a Jesús, el autor de la esperanza, que confirmó el anuncio y les dijo: «No teman» (v. 10). No teman, no tengan miedoHe aquí el anuncio de la esperanza. Que es también para nosotros, hoy. Son las palabras que Dios nos repite en la noche que estamos atravesando”; y prosigue: “En esta noche conquistamos un derecho fundamental, que no nos será arrebatado: el derecho a la esperanza; es una esperanza nueva, viva, que viene de Dios”.

Las esperanzas superficiales se evaporan con el pasar de los días, por eso el Papa afirma: “La esperanza de Jesús es distinta, infunde en el corazón la certeza de que Dios conduce todo hacia el bien, porque incluso hace salir de la tumba la vida. El sepulcro es el lugar donde quien entra no sale. Pero Jesús salió por nosotros, resucitó por nosotros, para llevar vida donde había muerte, para comenzar una nueva historia que había sido clausurada, tapándola con una piedra”.

 

No depositemos la esperanza bajo una piedra

Francisco nos invita a no ceder a la resignación, a creer que todo está perdido: “no cedamos a la resignación, no depositemos la esperanza bajo una piedra. Podemos y debemos esperar, porque Dios es fiel, no nos ha dejado solos”; y reafirma con fuerza: “La oscuridad y la muerte no tienen la última palabra. Ánimo, con Dios nada está perdido”.

 

Si eres débil y caes, Dios te dice: ánimo

Francisco recordando el texto de Marcos, 10,49, afirma que tampoco son nuestras flaquezas las que tienen la última palabra: “Si en el camino eres débil y frágil, si caes, no temas, Dios te tiende la mano y te dice: «Ánimo” y nos invita a decirle a Jesús, para superar nuestros miedos: “Ven, Jesús, en medio de mis miedos, y dime también: Ánimo”. Contigo, Señor, seremos probados, pero no turbados” (…) “porque Tú estás con nosotros en la oscuridad de nuestras noches, eres certeza en nuestras incertidumbres, Palabra en nuestros silencios, y nada podrá nunca robarnos el amor que nos tienes”.

 

La segunda parte del anuncio pascual: el envío

El obispo de Roma cita Mt 28,10: “Comuniquen a mis hermanos que vayan a Galilea» y nos recuerda: “Es hermoso saber que camina delante de nosotros, que visitó nuestra vida y nuestra muerte para precedernos en Galilea; es decir, el lugar que para Él y para sus discípulos evocaba la vida cotidiana, la familia, el trabajo. Jesús desea que llevemos la esperanza allí, a la vida de cada día”.

Ir a Galilea, afirma el Papa es ir a donde todo comenzó, es el lugar de los recuerdos, el lugar de la llamada: “Volver a Galilea es acordarnos de que hemos sido amados y llamados por Dios. Necesitamos retomar el camino, recordando que nacemos y renacemos de una llamada de amor gratuita. Este es el punto de partida siempre, sobre todo en las crisis y en los tiempos de prueba» (…) «Cada uno tenemos nuestra propia Galilea».

Pero también, insiste el Papa, Galilea es el sitio más alejado de Jerusalén, sitio donde conviven otras creencias, la «Galilea de los gentiles» (Mt 4,15). Y nos dice: “¿Qué nos dice esto? Que el anuncio de la esperanza no se tiene que confinar en nuestros recintos sagrados, sino que hay que llevarlo a todos. Porque todos necesitan ser reconfortados” y prosigue: “Qué hermoso es ser cristianos que consuelan, que llevan las cargas de los demás, que animan, que son mensajeros de vida en tiempos de muerte. Llevemos el canto de la vida a cada Galilea, a cada región de esa humanidad a la que pertenecemos”.

 

Acallar los gritos de muerte

Francisco insiste en que un servicio grande que todos los cristianos podemos hacer por la humanidad y enumera cuatro acciones a emprender: “Acallemos los gritos de muerte, que terminen las guerras. Que se acabe la producción y el comercio de armas, porque necesitamos pan y no fusiles. Que cesen los abortos, que matan la vida inocente. Que se abra el corazón del que tiene, para llenar las manos vacías del que carece de lo necesario”.

El Papa finalizó la homilía volviendo a los personajes con que comienza el relato evangélico de Mateo: las mujeres, “Abrazaron los pies que pisaron la muerte y abrieron el camino de la esperanza. Nosotros, peregrinos en busca de esperanza, hoy nos aferramos a Ti, Jesús Resucitado. Le damos la espalda a la muerte y te abrimos el corazón a Ti, que eres la Vida”.

fuente: vaticannews.va

La fe en el Resucitado que sabe cómo convertir todo en bien y nuestra tarea

El anuncio de la Pascua en la hora oscura por la que pasa el mundo. Así, Francisco nos acompaña con su homilía en la Vigilia y el mensaje Urbi et Orbi invitándonos a sentirnos parte de una familia.

 

Andrea Tornielli

 

En la homilía de la Vigilia Pascual, celebrada la noche del Sábado Santo en una basílica de San Pedro vacía, envuelta en una atmósfera surrealista, el Papa citó la frase que, especialmente en las primeras semanas de la pandemia, muchas personas utilizaron, expuesta en ventanas y balcones, reproducida en letreros y pancartas: «Todo irá bien». No es fácil de repetir para aquellos que han perdido a un ser querido. Aún menos pueden aceptarlo aquellos que han visto a sus familias destruidas por el virus. Ciertamente no es agradable escuchar ese eslogan repetido para aquellos que, debido a la emergencia y a la crisis, ya no tienen trabajo y no saben con qué alimentar a sus hijos. O aquellos que sienten como una roca la incertidumbre del más allá, del futuro que nos espera y que sabemos que será difícil. ¿Va a salir todo bien?

 

«Esta noche -el Papa dijo- conquistaremos un derecho fundamental, que no nos será arrebatado: el derecho a la esperanza. Es una nueva y viva esperanza, que viene de Dios. No es mero optimismo, no es una palmadita en la espalda o un estímulo de las circunstancias. Es un regalo del Cielo, que no podríamos obtener por nuestra cuenta». «Todo saldrá bien, decimos tenazmente en estas semanas – continuó Francisco – aferrándonos a la belleza de nuestra humanidad y haciendo que las palabras de aliento salgan del corazón. Pero, a medida que pasan los días y crecen los temores, incluso la esperanza más audaz puede evaporarse. La esperanza de Jesús es diferente. Lleva a nuestros corazones la certeza de que Dios sabe cómo convertir todo en bien, porque incluso desde la tumba saca la vida”.

 

No todo irá bien entonces, pero la certeza de que el Resucitado que salió vivo de la tumba es el Crucificado cuyo cuerpo, desgarrado por los azotes y sacrificado en la más infame de las torturas, contemplamos el Viernes Santo. Dios respondió a la pregunta de por qué el dolor y la muerte, del sufrimiento inocente, haciendo que su Hijo lo experimentara para que nunca más estuviéramos solos. «¡Cristo, mi esperanza, ha resucitado! – dijo el Papa en el mensaje Urbi et Orbi – No es una fórmula mágica, que hace desaparecer los problemas. No, la resurrección de Cristo no es eso. Es, en cambio, la victoria del amor sobre la raíz del mal, una victoria que no ‘evita’ el sufrimiento y la muerte, sino que los atraviesa abriendo un camino hacia el abismo, transformando el mal en bien: la marca exclusiva del poder de Dios».

 

Pero el mensaje de Pascua de Francisco nos llama con realismo a la responsabilidad que tenemos porque «no es el momento de la indiferencia, porque el mundo entero está sufriendo y debe encontrarse unido para hacer frente a la pandemia». Nos llama a todos a poner a disposición esos cinco panes y dos peces que han servido, gracias al milagro de la multiplicación y el reparto, para alimentar a la multitud. Porque «Este no es el momento para el egoísmo, porque el desafío que enfrentamos nos une a todos y no hace ninguna diferencia a la gente». Porque esta pandemia nos llama a ser valientes y a decir sí a la vida, como repitió el Papa en la Vigilia: «¡Silencio a los gritos de muerte, no más guerras! Detener la producción y el comercio de armas, porque necesitamos pan y no rifles. Cesar los abortos que matan vidas inocentes. Abramos los corazones de los que tienen, para llenar las manos vacías de los que no tienen lo necesario».

 

En este contexto, también se hace un llamamiento a Europa para que en esta hora oscura no se reaviven las rivalidades, sino que todos «se reconozcan como parte de una familia y se apoyen mutuamente». Hoy, Francisco advirtió, «la Unión Europea tiene ante sí un desafío de época del que dependerá no sólo su futuro sino el del mundo entero. No pierda la oportunidad de dar más pruebas de solidaridad, incluso recurriendo a soluciones innovadoras. La alternativa es sólo el egoísmo de los intereses particulares y la tentación de volver al pasado, con el riesgo de poner a prueba la coexistencia pacífica y el desarrollo de las generaciones futuras».

fuente: vaticannews.va

Pasión del Señor: en esta pandemia «Dios es aliado nuestro, no del virus»

«Dios participa en nuestro dolor para vencerlo», y en medio de tanto sufrimiento causado por esta pandemia, «es aliado nuestro, no del virus». Son las palabras del Padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, en la homilía de la celebración de la Pasión del Señor, presidida por el Papa Francisco en la Basílica de San Pedro. El fraile capuchino lanzó un mensaje contundente: «No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Construyamos una vida más fraterna, más humana y más cristiana».

Sofía Lobos – Ciudad del Vaticano

La tarde del 10 de abril, Viernes Santo, día en el que la Iglesia recuerda la crucifixión y la muerte de Jesús, el Papa Francisco presidió la celebración de la Pasión del Señor en una solemne Basílica de San Pedro vacía, sin la presencia física de los fieles a causa de la pandemia del coronavirus que ha forzado el aislamiento de millones de personas en todo el mundo.

 

El encargado de pronunciar la homilía fue el padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, quien citando las palabras de San Gregorio Magno, «la Escritura crece con quienes la leen» (cum legentibus crescit), recordó que hoy todos los cristianos leemos el relato de la Pasión con una pregunta en el corazón, «más aún, con un grito», que se eleva por toda la tierra y que por lo tanto, «debemos tratar de captar la respuesta que la Palabra de Dios le da».

 

 

Dos perspectivas para mirar el relato «del mal más grande»

«Lo que acabamos de escuchar es el relato del mal objetivamente más grande jamás cometido en la tierra», dijo el padre Raniero sugiriendo que podemos mirarlo desde dos perspectivas diferentes: de frente o por detrás, es decir, por sus causas o por sus efectos:

“Si nos detenemos en las causas históricas de la muerte de Cristo nos confundimos y cada uno estará tentado de decir como Pilato: «Yo soy inocente de la sangre de este hombre» (Mt 27,24). Por lo tanto, la cruz se comprende mejor por sus efectos que por sus causas”

En este sentido, el fraile capuchino subrayó que uno de esos efectos que emanan del sacrificio de Jesús, es que su cruz «ha cambiado el sentido del dolor y del sufrimiento humano… de todo sufrimiento, físico y moral. Ya no es un castigo, ni una maldición. Ha sido redimida en raíz desde que el Hijo de Dios la ha tomado sobre sí».

Asimismo, el padre Raniero hizo hincapié en que Jesús murió por todos y no solo por los que tienen fe, con lo cual el plan de Salvación de Dios fue pensado para toda la humanidad, sin excluir a nadie.

 

 

La pandemia nos ha despertado del delirio de omnipotencia

En alusión al actual contexto de sufrimiento e incertidumbre que viven millones de personas en todo el mundo, recluidas en sus hogares cumpliendo con la cuarentena para evitar que se siga extendiendo el coronavirus, el Predicador de la Casa Pontificia lanza una pregunta: ¿Cuál es la luz que todo esto arroja sobre la situación dramática que está viviendo la humanidad?

“También aquí, más que a las causas, debemos mirar a los efectos. No solo los negativos, cuyo triste parte escuchamos cada día, sino también los positivos que solo una observación más atenta nos ayuda a captar. La pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia”

Ha bastado el más pequeño y deforme elemento de la naturaleza, un virus –continuó diciendo Cantalamessa– para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos. «El hombre en la prosperidad no comprende —dice un salmo de la Biblia—, es como los animales que perecen (Sal 49,21). ¡Qué gran verdad!».

 

 

Dios participa de nuestro dolor para vencerlo

Igualmente, en su homilía, el padre Raniero puntualizó que en medio de esta pandemia, «¡Dios es aliado nuestro, no del virus!»… «Tengo proyectos de paz, no de aflicción», nos dice Él mismo en la Biblia (Jer 29,11). 

El que lloró un día por la muerte de Lázaro llora hoy por el flagelo que ha caído sobre la humanidad. Sí, Dios «sufre», como cada padre y cada madre. Un día, nos avergonzaremos de todas las acusaciones que hicimos contra Él en la vida. Dios participa en nuestro dolor para vencerlo. «Dios —escribe san Agustín—, siendo supremamente bueno, no permitiría jamás que cualquier mal existiera en sus obras, si no fuera lo suficientemente poderoso y bueno, para sacar del mal mismo el bien».

 

 

Solidaridad: un fruto positivo de la crisis sanitaria

Otro fruto positivo de la presente crisis sanitaria que destacó el Predicador es el sentimiento de solidaridad.

“¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones se sintieron tan unidos, tan iguales, tan poco litigiosos, como en este momento de dolor? Nunca como ahora hemos percibido la verdad del grito de un nuestro poeta: «¡Hombres, paz! Sobre la tierra postrada demasiado es el misterio» . Nos hemos olvidado de los muros a construir. El virus no conoce fronteras. En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de censo, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado”

 

Un mundo más pobre de cosas pero más rico en humanidad

Al concluir, el Padre Raniero, recurriendo a la exhortación del Santo Padre Francisco, recordó que no debemos desaprovechar esta ocasión. No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. «Esta es la «recesión» que más debemos temer».

«Es el momento de realizar algo de esta profecía de Isaías cuyo cumplimiento espera desde siempre la humanidad. Digamos basta a la trágica carrera de armamentos. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego. Destinemos los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación que venga, un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario, pero más rico en humanidad», concluyó.

 

fuente: vaticannews.va

Liturgias del Triduo y el Vía Crucis, la Pascua esencial del Papa

Las celebraciones del Jueves y Viernes Santo, la Misa de la Vigilia y el Domingo: todo ha sido rediseñado para acompañar a los fieles en tiempo de pandemia.

 

Vatican News

Todo será más sobrio y esencial. La Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice tuvo que organizar rápidamente las celebraciones que Francisco está a punto de presidir sin la presencia de los fieles, en una basílica de San Pedro medio vacía. Sin embargo, nunca antes tanta gente había mirado al Papa gracias a los medios de comunicación. De hecho, el Papa quiere estar cerca de las muchas personas que no pueden ir a misa y participar en las liturgias de este singular Triduo Pascual en tiempos de pandemia y aislamiento forzoso. El Crucifijo de San Marcelo y el icono de la Salus populi Romani que acompañó tanto la oración del 27 de marzo como la misa del Domingo de Ramos estarán siempre presentes.

El Jueves Santo, como ya se sabe, el Papa no presidirá la Misa Crismal con los sacerdotes de Roma: la celebración tendrá lugar cuando la crisis haya terminado. La misa en Coena Domini, que conmemora la institución de la Eucaristía, se celebrará a las 6:00 p.m. en el altar de la Cátedra sin el rito tradicional de lavar los pies (que puede ser omitido, en cualquier caso) y no terminará con la reposición del Santísimo Sacramento al final de la celebración.

El Viernes Santo habrá dos momentos. El primero es la Liturgia de la Pasión y la Adoración de la Cruz, a las 6 pm, en la Basílica de San Pedro. El Crucifijo de San Marcelo estará cubierto. Habrá una meditación del predicador de la Casa Papal, el Padre Raniero Cantalamessa, y luego se revelará el crucifijo. Habrá adoración, pero no el beso de la Cruz.

En la tarde del Viernes Santo, a las 21 horas, se hará el Vía Crucis en la Plaza de San Pedro, con las estaciones a lo largo de la columnata, alrededor del obelisco y finalmente a lo largo del camino que lleva al patio de la iglesia. Habrá dos grupos de portadores de la Cruz. Habrá prisioneros de la prisión de Due Palazzi en Padua (las meditaciones fueron escritas por algunos de ellos), y médicos y enfermeras del FAS. Los médicos y las enfermeras están en primera línea al servicio de los enfermos afectados por la pandemia.

Durante la Vigilia del Sábado Santo, a las 9 p.m., no se celebrarán bautismos. La ceremonia inicial con el fuego tendrá lugar detrás del altar de la confesión. No habrá velas para los presentes y el canto de las tres invocaciones de «lumen Christi» sólo tendrá lugar con la iluminación en secuencia de las luces de la Basílica durante la procesión al altar de la Silla. Las campanas de San Pedro sonarán en el momento en que el Gloria anuncie la resurrección.

La misma sobriedad caracterizará también la misa del Domingo de Pascua, que el Papa celebrará a las 11 de la mañana en el altar de la Cátedra. El Evangelio será proclamado en griego y en latín. Al final de la misa, Francisco irá a la sacristía para quitarse sus vestiduras, luego regresará a la Basílica frente al altar de la Confesión, desde donde pronunciará el mensaje Urbi et Orbi y dará la bendición pascual. Todo se llevará a cabo en el interior.

fuente: vaticannews.va

El Papa en la catequesis: en estos días santos, Crucifijo y Evangelio

¿Qué está haciendo Dios ante nuestro dolor? ¿Dónde está Él cuando todo sale mal? ¿Por qué no resuelve nuestros problemas rápidamente? A estas preguntas el Papa Francisco dedicó su catequesis en la audiencia general que tuvo lugar en la Biblioteca Apostólica. «Desde el corazón abierto del Crucificado, el amor de Dios llega a cada uno de nosotros», afirma el Papa. «Podemos cambiar nuestras historias acercándonos a Él».

Griselda Mutual – Ciudad del Vaticano

También este miércoles el Papa Francisco presidió la audiencia general desde la Biblioteca del Palacio Apostólico del Vaticano. Con el relato de la Pasión de Jesús, que nos acompaña en estos días santos, dedicó su catequesis a ayudar a interpretar este tiempo particular de pandemia.

 

¿Dónde está Dios?

En estas semanas de aprensión a causa de la pandemia que está haciendo sufrir tanto al mundo, entre las muchas preguntas que nos hacemos, también puede haber preguntas sobre Dios: ¿qué está haciendo ante nuestro dolor? ¿Dónde está Él cuando todo sale mal? ¿Por qué no resuelve nuestros problemas rápidamente? Son preguntas que nos hacemos sobre Dios.

Francisco recordó la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, cuando el pueblo, que esperaba un Mesías poderoso y triunfador, se preguntaba si lo liberaría de sus enemigos. “En su lugar, llegó uno gentil y humilde de corazón, llamando a la conversión y a la misericordia”. Tal es así “que la multitud, que antes lo había alabado, la que grita: «¡Sea crucificado! (Mt 27:23)”. Mientras que “los que lo seguían, confundidos y asustados, lo abandonaron”.

Pensaban: si este es el destino de Jesús, el Mesías no es Él, porque Dios es fuerte, Dios es invencible.

 

La cruz es la cátedra de Dios

Más adelante en el relato, prosiguió el Papa, «el centurión romano», que “no era creyente, era un pagano”, pero que “había tocado con su propia mano” el amor sin medida de Cristo, dice lo contrario de los otros. Dice: “allí está Dios, que es Dios de verdad”.

Hoy podemos preguntarnos: ¿cuál es el verdadero rostro de Dios? Normalmente proyectamos en Él lo que somos, a la máxima potencia: nuestro éxito, nuestro sentido de la justicia, e incluso nuestra indignación. Pero el Evangelio nos dice que Dios no es así. Él es diferente y no podríamos conocerlo con nuestras fuerzas.

 

Miremos el crucifijo para ver a nuestro Señor

En la cruz, señala Francisco, «aprendemos los rasgos del rostro de Dios»: la cruz es la cátedra de Dios. Por eso en estos días “nos hará bien mirar al Crucifijo en silencio y ver quién es nuestro Señor”.

Es Aquel que no señala a nadie con el dedo, ni siquiera a aquellos que lo están crucificando, sino que abre los brazos a todos; el que no nos aplasta con su gloria, sino que se deja desnudar por nosotros; el que no nos ama con palabras, sino que nos da la vida en silencio; el que no nos obliga, sino que nos libera; el que no nos trata como a extraños, sino que toma sobre sí nuestro mal, toma sobre sí nuestros pecados.

 

Jesús no quiere ser malinterpretado

Por ese motivo el Pontífice invita a que en estos días miremos el crucifijo y abramos el Evangelio: “esto será para nosotros – digámoslo así – como una gran liturgia doméstica, porque no podemos ir a la iglesia en estos días. Crucifijo y Evangelio”.

En el Evangelio leemos que cuando la gente va a Jesús para hacerlo rey, por ejemplo después de la multiplicación de los panes, Él se va (cf. Jn 6:15). Y cuando los demonios quieren revelar su divina majestad, los silencia (cf. Mc 1, 24-25). ¿Por qué? Porque Jesús no quiere que se le malinterprete, no quiere que la gente confunda al verdadero Dios, que es el amor humilde, con un dios falso, un dios mundano que da espectáculo y se impone por la fuerza.

Jesús está hecho de Amor, Él es el Amor, afirma el Papa. Da testimonio de esto el centurión, cuando tan pronto como Cristo da su vida en la cruz dice: «Verdaderamente era el Hijo de Dios».

 

«No tengan miedo»

Y aunque se podría objetar, como la multitud que esperaba a Jesús triunfante y con la espada a la entrada de Jerusalén, «¿Qué hago con un Dios tan débil, que muere?”, el Papa subraya una vez más que “el poder de este mundo pasa, mientras que el amor permanece”.

Sólo el amor custodia la vida que tenemos, porque abraza nuestras debilidades y las transforma. Es el amor de Dios que en la Pascua sanó nuestro pecado con su perdón, que hizo de la muerte un pasaje de vida, que cambió nuestro miedo en confianza, nuestra angustia en esperanza. La Pascua nos dice que Dios puede convertir todo en bien. Por eso en la mañana de Pascua se nos dice: «¡No tengas miedo!» (cf. Mt 28,5).

 

Podemos cambiar nuestra historia acercándonos a Dios

Si bien las angustiosas preguntas sobre el mal “no se desvanecen de repente”, encuentran en el Resucitado “la base sólida que nos permite no naufragar”

Jesús cambió la historia al acercarse a nosotros y la convirtió, aunque todavía marcada por el mal, en una historia de salvación. Al ofrecer su vida en la Cruz, Jesús también conquistó la muerte. Desde el corazón abierto del Crucificado, el amor de Dios llega a cada uno de nosotros. Podemos cambiar nuestras historias acercándonos a Él, aceptando la salvación que nos ofrece.

 

En estos días santos, crucifijo y Evangelio

El Santo Padre concluyó la catequesis pidiendo aún que abramos nuestro corazón a  Dios esta semana, con el Crucifijo y Evangelio.

Dejando que su mirada se ponga sobre nosotros, comprenderemos que no estamos solos, sino que somos amados, porque el Señor no nos abandona y jamás se olvida de nosotros.

Al saludar a los fieles de lengua española que siguieron la catequesis a través de los medios de comunicación social, los invitó a pedir con fe a Jesús que “convierta nuestro miedo en confianza, nuestra angustia en esperanza y nos haga experimentar la cercanía de su amor infinito”.

 Que el Crucificado nos conceda ser cada vez más hermanos y nos sostenga con su presencia.

fuente: vaticannews.va

Oración para colocar en el hogar las palmas benditas del Domingo de Ramos

Este domingo inicia la Semana Santa con la celebración del Domingo de Ramos, donde recordamos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén entre palmas y ramos de olivo. La liturgia de las palmas anticipa el triunfo de la resurrección.

A continuación, una oración para colocar las palmas benditas en casa:

Bendice, Señor, nuestro hogar.
Que tu Hijo Jesús y la Virgen María reinen en él.
Danos paz, amor y respeto,
para que respetándonos y amándonos
los sepamos honrar en nuestra vida familiar,
sé Tú, el Rey en nuestro hogar.
Amén.

 

fuente; aciprensa.com

 

Esta Semana Santa celebremos juntos cada uno en su casa

El sacerdote Quique Bianchi comparte con Vatican News una reflexión sobre el sentido de la Semana Santa en el actual ambiente dominado por la pandemia del coronavirus. Sus pensamientos nos llevan a responder a la pregunta ¿Cómo animarnos, fieles y sacerdotes, para celebrar esta Semana Santa?

Quique Bianchi

Estamos a pocos horas de comenzar una Semana Santa que va a pasar a la historia como una de las más singulares de la historia moderna. Las celebraciones litúrgicas, siempre tan ricas y concurridas, tendrán que celebrarse a puertas cerradas y sin la presencia del pueblo. Esta extraña modalidad lleva implícita una pregunta pastoral: ¿cómo animar a los fieles para celebrar esta Semana Santa?

Visto desde la vida pastoral de las parroquias sabemos que las celebraciones del Domingo de Ramos y el Triduo Pascual son momentos fuertes. En Semana Santa la gente está con una tendencia interior a la contemplación del misterio pascual. Todas las celebraciones se viven de un modo muy especial. Esto tiene su raíz en el hecho de que el misterio pascual es el corazón de nuestra fe: en la muerte de Jesucristo en la cruz y en su resurrección se cifra el sentido último de nuestra vida.

En Semana Santa penetramos con nuestra vida en ese ámbito de misterio que brota de la entrega de Cristo por amor a nosotros. Es un tiempo para concentrar nuestra mirada en Jesús y su amor redentor. Las celebraciones son la ocasión para que contemplemos su Pasión, no como simples espectadores, sino como actores de ese drama. Son nuestros pecados los que carga camino al Calvario. La cruz que lleva con la infinita fuerza de su amor es también la nuestra. La mujer fuerte al pie de la cruz nos es dada ese día y para siempre como nuestra Madre y compañera. Y también, cuando al amanecer de Domingo de Pascua, la creación entera se estremece por la resurrección de Cristo, llega un eco a nuestro corazón que lo inunda de alegría.

Lo vivido en esa semana nos ayudan a entrar en contemplación y participación del misterio pascual ¿Cómo hacerlo este año? ¿Qué podemos hacer que esta Semana Santa no pase desapercibida? ¿Qué puede hacer un párroco -solo y encuarentenado en su parroquia- para ayudar a los fieles a configurar sus vidas con la Pasión salvadora de Jesucristo?

 

 

Este momento es para nosotros

Lo primero -en el caso de un sacerdote- es resistir a la tentación de desentenderse de la situación. La excusa está servida en bandeja: “no se puede hacer nada”. La caridad pastoral no puede conformarse con eso. En el fondo de un corazón de pastor siempre hay un llamado a buscar lo que Dios hace en su pueblo y colaborar con esa obra. El que ama siempre encuentra caminos.

Además, no podemos ser indiferentes a todas las zozobras que está pasando la gente en estos momentos. Los noticieros están llenos de muertos y peligros por el avance del virus. El aislamiento no es fácil para ninguna familia. Sobre todo, para las que no tienen todo resuelto para quedarse en la casa y necesitan salir a ganarse el pan del día. Los cristianos llevamos en el ADN el reclamo de hacernos hermanos del que sufre. En ese sentido, esta situación abre un gran campo de trabajo pastoral en las parroquias ayudando a los que más necesitan. Pero en el fondo, lo que todos precisamos ante esta epidemia de miedo y soledad es un consuelo. Y nada más consolador que la certeza de la presencia amorosa de Dios en nuestras vidas. Eso necesita hoy nuestro pueblo y la Semana Santa nos ofrece una ocasión inmejorable de sembrarlo.

 

 

Rezar juntos, pero cada uno en su casa

Una idea sencilla me resulta una brújula en estos momentos: “invitar a rezar juntos pero cada uno en su casa”. Buscar caminos para animar la oración de las familias en aislamiento en esta Semana Santa. Esto aprovechando los senderos de oración que recorre el pueblo fiel. Dios es quien está en búsqueda de su pueblo y suscita siempre formas de encuentro más allá de lo que proponemos los pastores.

En esta ocasión, una línea de acción puede ser animar la oración del pueblo de Dios ayudando a que se sientan parte de un cuerpo en oración. Por ejemplo, desde las parroquias se podría buscar que cada familia en sus casas sienta que verdaderamente están participando de las celebraciones que se hagan en las parroquias. El decreto de la Santa Sede del 25 de marzo recomienda avisar los horarios de las celebraciones y -en lo posible- transmitirlas en directo.

En esta situación el uso de las redes sociales puede ser un camino providencial. Personalmente, hasta antes de este aislamiento, tenía mis reparos con estas redes y el modo en que frecuentemente se usan. Sin negar sus innumerables posibilidades de ponernos en contacto con los demás, siempre me pareció que su ritmo interno tiende a establecer una relacionalidad más superficial que vital. Un ámbito más propio para vivir una lógica de consumo que una relación verdaderamente humana. Cualquiera sabe que no es lo mismo un “amigo” de las redes que un amigo en la vida. Sin embargo, creo que esta pandemia nos está mostrando a todos que las redes pueden también generar un vínculo profundamente humano. Ante la imposibilidad de la presencia física de nuestros seres queridos hemos aprendido a percibir en nuestro espíritu un nuevo modo de presencia, mediada por una pantalla. Esa densidad humana que puede llegar a tomar una presencia virtual es lo que tenemos que aprovechar en la evangelización, especialmente en esta Semana Santa. (Estos modos de presencia es algo que la teología tendría que ayudarnos a pensar).

Desde ahí podríamos pensar las celebraciones en la parroquia. No se trata sólo de “transmitir la misa por internet”. No podemos hacer de la misa un “contenido viralizable” para el entretenimiento de los ocasionales espectadores (en este sentido parece ir la indicación del decreto de la Santa Sede cuando habla de transmisión en directo, no grabada).

Lo que hay que buscar es fomentar en la gente una verdadera participación desde sus hogares. Rezar juntos, cada uno en su casa. La asamblea convocada en torno al altar es signo de la comunión de los santos. Esta vez es imposible la reunión física. Apenas se puede intentar una especie de reunión mediatizada por las pantallas. Aun así, nada impide que esa asamblea dispersa físicamente -pero unida en un mismo espíritu- también pueda significar, de un modo análogo, la comunión de los santos.

En el terreno práctico, si la transmisión se hace por Youtube (cosa muy sencilla y económica), esta plataforma ofrece la posibilidad de ver la celebración en el televisor. Se puede invitar a la familia a que disponga el hogar para la celebración armando un altar debajo del televisor, con las imágenes religiosas de la casa, con una vela encendida. Preparando el ambiente para asistir a la misa del modo más parecido posible a la presencia en el templo. Después de todo, las primeras celebraciones cristianas eran en las casas.

También, la imposibilidad de la comunión sacramental puede dejarnos una enseñanza. Entrar en verdadera comunión con Cristo es mucho más que comer el pan sacramentado. Comulgar con Cristo es formar en Él un cuerpo de hermanos. La Eucaristía, fuente de la vida cristiana, es una gracia que nos transforma configurándonos a una existencia fraterna, como la de Jesús. Nos lleva a sentirnos hermanos de cada uno, especialmente de los débiles y sufrientes. La misa es un envío (missio) a construir la hermandad de la familia humana.  Un genuino fervor eucarístico nos llevaría más a tenderle nuestra mano a esos hermanos que a extrañar el pan y el vino consagrados.

Por último, sabemos que muchos mantienen la saludable costumbre de confesarse en Semana Santa. En esta oportunidad el sacramento de la reconciliación va a resulta inaccesible. Pero en la doctrina de la Iglesia existe la posibilidad de un -si se me permite la expresión- “perdón sin sacerdote”. Es algo de lo que poco hablamos en la Iglesia y que se lo conoce como “contrición perfecta” (Catecismo 1451-1452). En este punto el papa Francisco -verdadero párroco del mundo- nos dio una lección de cómo explicarlo su misa en Santa Marta del 20 de marzo:

“Es muy claro: si no encuentras un sacerdote para confesarte, habla con Dios, que es tu Padre, y dile la verdad: ‘Señor, he hecho esto, esto, esto… Perdóname’, y pídele perdón con todo mi corazón, con el Acto de Dolor, y prométele: ‘Me confesaré más tarde, pero perdóname ahora’. Y de inmediato, volverás a la gracia de Dios. Tú mismo puedes acercarte, como nos enseña el Catecismo, al perdón de Dios sin tener un sacerdote a mano. Piensa en ello: ¡es la hora!  Y este es el momento adecuado, el momento oportuno. Un acto de dolor bien hecho, y así nuestra alma se volverá blanca como la nieve”.

En definitiva, más allá de los miedos, más allá del dolor y de la muerte que parecen campearse triunfantes estos días, tenemos una certeza que estamos llamados a contemplar y compartir en esta Semana Santa más que nunca: el amor de Cristo -entregado en la cruz- es más fuerte que todos los males y nos sostiene cada día. ¡No dejemos que un virus nos robe la Semana Santa!

 

fuente: vaticannews.va

El Papa reza por los sin techo, sufrientes escondidos en este tiempo de dolor

En la misa en Santa Marta, Francisco dirige sus pensamientos a los que están pagando las consecuencias de la pandemia del coronavirus, especialmente quienes no tienen casa.

VATICAN NEWS

La antífona de entrada del jueves de la quinta semana de Cuaresma, que el Papa lee al comienzo de la misa de hoy en Santa Marta, es una invitación a tenerla mirada fija en Jesús, una esperanza que no defrauda: «Cristo es mediador de una Nueva Alianza entre Dios y los hombres, a fin de que, habiendo muerto para redención de los pecados cometidos en la primera Alianza, los que son llamados reciban la herencia eterna que ha sido prometida». (Heb 9,15). Francisco, al introducir la celebración, reza especialmente por los sin techo:
Estos días de dolor y tristeza ponen de manifiesto tantos problemas ocultos. En el periódico, hoy, hay una foto que golpea el corazón: tantas personas sin hogar en una ciudad tiradas en un estacionamiento, bajo observación… hay tantas personas sin hogar hoy. Pidamos a Santa Teresa de Calcuta que despierte en nosotros un sentido de cercanía a tantas personas que en la sociedad, en la vida normal, viven escondidas pero, como los sin techo, en el momento de la crisis, se destacan de esta manera.

En su homilía, Francisco comenta las lecturas de hoy, tomadas del libro del Génesis (Gn 17, 3-9) y del Evangelio de Juan (Jn 8, 51-59) que tienen como centro la figura de Abraham, la alianza con Dios y el nuevo anuncio de Jesús que viene a «rehacer» la creación perdonando nuestros pecados. Nosotros somos cristianos», dijo, «porque hemos sido elegidos, escogidos y hemos recibido una promesa de fecundidad, a la que debemos responder con fidelidad a la alianza. Nuestros pecados están en contra de estas tres dimensiones: no aceptar la elección adorando ídolos, no esperar en la promesa y olvidar la alianza. Que el camino del cristiano, concluyó, sea aquel de ser consciente de la elección, de la alegría de ir hacia una promesa y de la fidelidad en el cumplir la alianza.

A continuación, el texto de la homilía según una transcripción nuestra:
El Señor siempre ha recordado su alianza. Lo repetimos en el Salmo Responsorial. El Señor no olvida, nunca olvida. Sí, sólo olvida en un caso, cuando perdona los pecados. Después de perdonar pierde la memoria, no recuerda sus pecados. En otros casos Dios no olvida. Su fidelidad es memoria. Su fidelidad a su pueblo. Su fidelidad a Abraham es el recuerdo de las promesas que hizo. Dios eligió a Abraham para hacer un camino. Abraham es un elegido, era un elegido. Dios lo eligió. Luego en esa elección le prometió una herencia y hoy, en el pasaje del Libro del Génesis, hay un paso más. En cuanto a ti, mi alianza es contigo. La alianza. Una alianza que le hace ver a lo lejos su fecundidad: te convertirás en el padre de una multitud de naciones. La elección, la promesa y la alianza son las tres dimensiones de la vida de fe, las tres dimensiones de la vida cristiana.

Cada uno de nosotros es un elegido, nadie elige ser cristiano entre todas las posibilidades que le ofrece el «mercado» religioso. Somos cristianos porque hemos sido elegidos. En esta elección hay una promesa, hay una promesa de esperanza, el signo es la fecundidad: «Abraham serás padre de una multitud de naciones y serás fecundo en la fe». Tu fe florecerá en las obras, en las buenas obras, en las obras de fecundidad también, una fe fecunda. Pero debes – el tercer paso – observar la alianza conmigo». Y la alianza es fidelidad, ser fiel. Hemos sido elegidos, el Señor nos ha dado una promesa, ahora nos pide una alianza. Una alianza de fidelidad.

Jesús dice que Abraham se regocijó pensando, viendo su día, el día de la gran fecundidad, aquel hijo suyo – Jesús era el hijo de Abraham – que vino a rehacer la creación, que es más difícil que hacerla, dice la liturgia – vino a redimir nuestros pecados, a liberarnos.
El cristiano es cristiano no para que pueda hacer ver la fe del bautismo: la fe del bautismo es un papel. Tú eres cristiano si dices que sí a la elección que Dios ha hecho de ti, si vas detrás de las promesas que el Señor te ha hecho y si vives una alianza con el Señor: esta es la vida cristiana. Los pecados del camino están siempre en contra de estas tres dimensiones: no aceptar la elección y nosotros «elegir» tantos ídolos, tantas cosas que no son de Dios. No aceptar la esperanza en la promesa, ir, mirar de lejos las promesas, incluso muchas veces, como dice la Carta a los Hebreos, saludándolas de lejos y hacer que las promesas estén hoy con los pequeños ídolos que nosotros hacemos, y olvidar la alianza, vivir sin alianza, como si estuviéramos sin alianza.

La fecundidad es la alegría, esa alegría de Abraham que vio el día de Jesús y se llenó de alegría. Esta es la revelación que la palabra de Dios nos da hoy sobre nuestra existencia cristiana. Que sea como aquella de nuestro Padre: consciente de ser elegido, gozoso de ir hacia una promesa y fiel en el cumplimento de la alianza.
El Papa terminó la celebración con la adoración y la bendición eucarística, invitando a hacer la comunión espiritual.

He aquí la oración recitada por el Papa:
“Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén”.

Antes de salir de la capilla dedicada al Espíritu Santo, se cantó la antigua antífona mariana Ave Regina Caelorum («Ave Reina del Cielo»):
“Salve, Reina de los cielos, y Señora de los ángeles; salve, raíz; salve, puerta que dio paso a nuestra luz. Alégrate, virgen gloriosa, entre todas la más bella; salve, oh hermosa doncella, ruega a Cristo por nosotros”.