Catequesis del Papa: “La confianza en Dios nos hace pedir lo que necesitamos”

«Santificado sea tu nombre», una de las primeras súplicas del Padre Nuestro: tema de la catequesis del Papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 27 de febrero de 2019.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Queridos hermanos y hermanas: la oración del Padrenuestro contiene siete peticiones. En las tres primeras, que se refieren al ‘Tú’ de Dios, Jesús nos une a él y a sus más profundas aspiraciones, motivadas por su infinito amor hacia el Padre. En cambio, en las últimas cuatro, que indican el ‘nosotros’ y nuestras necesidades humanas, es Jesús quien entra en nosotros y se hace intérprete ante el Padre de esas necesidades”, lo dijo el Papa Francisco en la Audiencia General del último miércoles de febrero de 2019, continuando con su ciclo de catequesis dedicadas a la oración del Padre Nuestro.

 

La primera invocación del Padre Nuestro

En su catequesis, el Santo Padre dijo que continuando en nuestro camino de re descubrir la oración del Padre Nuestro, hoy profundizaremos la primera de las siete invocaciones que contiene, es decir, “Sea santificado tu nombre”. “En la primera parte – de la oración afirma el Papa – Jesús nos hace entrar en sus deseos, todos dirigidos al Padre: santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad; en la segunda es Él quien entra en nosotros e interpreta nuestras necesidades: el pan de cada día, el perdón de los pecados, la ayuda en la tentación y la liberación del mal”.

 

El Papa Francisco explica que, aquí está la matriz de toda oración cristiana – diría de toda oración humana – que siempre está hecha, por un lado, de contemplación de Dios, de su misterio, de su belleza y bondad, y, por otro lado, de sincera y valiente petición de lo que necesitamos para vivir, y vivir bien. “Así, en su sencillez y esencialidad – señala el Pontífice – el Padre nuestro educa a los que le oran a que no multipliquen palabras vanas, porque – como dice el mismo Jesús – vuestro Padre sabe lo que necesitamos antes incluso de pedírselo”. Cuando hablamos con Dios, afirma el Papa, no lo hacemos para revelarle lo que tenemos en nuestro corazón, ¡Él lo conoce mucho mejor que nosotros! Si Dios es un misterio para nosotros, nosotros no somos un enigma a sus ojos. Dios es como aquellas madres que sólo necesitan una mirada para comprender todo sobre sus hijos: si son felices o tristes, si son sinceros o esconden algo.

 

Abandonarse a la providencia

En este sentido, el Santo Padre dijo que, el primer paso de la oración cristiana es la entrega de nosotros mismos a Dios, a su providencia. Es como decir: “Señor, tú lo sabes todo, no hay necesidad de hablarte de mi dolor, sólo te pido que estés aquí a mi lado: tú eres mi esperanza”. Es interesante notar que Jesús, en su discurso en la montaña, inmediatamente después de transmitir el texto del Padre Nuestro, nos exhorta a no preocuparnos y a no angustiarnos por las cosas. Parece una contradicción: primero nos enseña a pedir el pan de cada día y luego nos dice: “No se preocupen diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿Qué vamos a beber? ¿Qué nos vamos a poner?”. Pero la contradicción es sólo aparente: las peticiones del cristiano expresan confianza en el Padre; y es precisamente esta confianza la que nos hace pedir lo que necesitamos sin ansiedad y agitación.

 

“Santificado sea tu nombre”

El Papa Francisco dice que por eso rezamos, diciendo: “Santificado sea tu nombre”. En esta invocación se siente toda la admiración de Jesús por la belleza y grandeza del Padre, y el deseo de que todos lo reconozcan y lo amen por lo que realmente es. Y al mismo tiempo está la súplica que su nombre sea santificado en nosotros, en nuestra familia, en nuestra comunidad, en el mundo entero. Es Dios que santifica, que nos transforma por su amor, pero al mismo tiempo somos nosotros los que, con nuestro testimonio, manifestamos la santidad de Dios en el mundo, haciendo presente su nombre.

 

La oración expulsa todo temor

La santidad de Dios es una fuerza en expansión, afirma el Santo Padre y nosotros suplicamos que derribes las barreras de nuestro mundo rápidamente. Cuando Jesús comienza a predicar, el primero en sufrir las consecuencias es precisamente el mal que aflige al hombre. Los espíritus malignos injurian: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a arruinarnos? Sé quién eres: ¡el santo de Dios!”. Nunca antes se había visto una santidad como ésta: no preocupada por sí misma, sino extendida. Una santidad que se extiende en círculos concéntricos, como cuando se tira una piedra a un estanque. La oración expulsa todo temor. El Padre nos ama, el Hijo levanta sus brazos junto a los nuestros, el Espíritu trabaja en secreto para la redención del mundo. No vacilamos en la incertidumbre. Una cosa es cierta: es el mal el que tiene miedo.

 

Su amor redentor nunca nos abandona

Antes de concluir su catequesis, el Papa Francisco saludó cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica. “Pidamos al Señor que con la fuerza de su santidad destruya el mal que aflige a nuestro mundo, y nos conceda vivir con la convicción de que su amor redentor, que ha vencido al maligno, nunca nos abandona”.

fuente: vaticannews.va

Papa: No dejemos transcurrir en vano el tiempo de Cuaresma

A las 11.30 (hora Roma)  en la Sala de Prensa de la Santa Sede tuvo lugar la conferencia de presentación del Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma de este año cuyo título es: “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios” (Rm 8, 19).

María Fernanda Bernasconi – Ciudad del Vaticano

Intervinieron en la presentación el Cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson, Prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral; Monseñor Segundo Tejado Muñoz, Subsecretario del mismo Dicasterio y el Sr. Alberto Piatti, Vicepresidente de la Empresa Responsable y Sostenible ENI.

Firmado en la Ciudad del Vaticano el pasado 4 de octubre, en la Fiesta de San Francisco de Asís, el Pontífice propone en su Mensaje una reflexión articulada en tres puntos:  La redención de la creación; La fuerza destructiva del pecado y La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón para destacar que la Cuaresma es signo sacramental de la conversión a la que están llamados constantemente todos los cristianos, a fin de encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en la vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.

 

Ayuno, oración y limosna

Es interesante destacar que ante el verbo “ayunar”, Francisco escriba que significa “aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas”, es decir, pasar “de la tentación de devorarlo todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón”. Mientras “orar” es necesario – escribe  – “para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia”. A la vez que “dar limosna” es un imperativo “para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece”.

De este modo el Papa Bergoglio afirma que es posible volver a encontrar la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarlo, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.

 

Amar a nuestros hermanos y al mundo entero

Hacia el final de su mensaje el Pontífice recuerda que la “Cuaresma del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original”. De ahí que manifieste su esperanza de que “nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios”.

 

Abandonar el egoísmo y la mirada fija en nosotros mismos

Por último el Santo Padre recomienda no dejar “transcurrir en vano este tiempo favorable”. E invita a pedir a Dios “que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión”; a la vez que exhorta a abandonar el egoísmo y la mirada fija en nosotros mismos, dirigiéndonos hacia la Pascua de Jesús haciéndonos “prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales”.

“Así – concluye el Mensaje pontificio para la Cuaresma de este año – acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación”.

fuente: vaticannews.va

El Papa al card. Brenes: “Les animo en esta nueva etapa. Que todo sea en beneficio del pueblo”

El cardenal arzobispo de Managua, ayer, último día en Roma antes de partir esta madrugada a Nicaragua, fue recibido en audiencia privada por el Papa Francisco. Quien le expresó su total apoyo y cariño al pueblo nicaragüense

Patricia Ynestroza-Ciudad del Vaticano

Este miércoles, se llevará a cabo el encuentro entre el gobierno y la sociedad civil, representado por la opositora Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia para superar la crisis que vive el país.

El Pontífice le dijo al cardenal Brenes que “está muy consciente de lo que está pasando en el país, les dio su bendición y espera que todo sea en beneficio de bien común de nuestro pueblo».

 

El trabajo de la Iglesia en Nicaragua

En primer lugar, dijo el purpurado, “le compartí nuestra problemática, le compartí el trabajo que los obispos de la Conferencia Episcopal, cada uno está haciendo, por ser puente, por ejercer su acción pastoral y profética, pero también en ser esa vía de comunicación. Al respecto me dijo el Papa es así como tiene que ser el obispo. Un pastor que esté creando puentes”.

Además el cardenal Brenes, le recordó al Papa el camino que está recorriendo su Iglesia en estos momentos, y que están muy cercanos al pueblo sufriente y animando a la reconciliación, una reconciliación que logre curar heridas, “porque una reconciliación que no cure las heridas del corazón va a ser muy difícil, estaba recordando las palabras del cardenal de Filipinas, arzobispo de Manila, Luis Antonio Tagle, que decía: «para curar las heridas hay que tocarlas”. Y creo que la conferencia Episcopal, junto con este presbiterio es lo que queremos hacer, y estamos haciendo”.

 

El Pastor conduce sus ovejas sin distinciones

La Iglesia está tocando las heridas de su pueblo, dijo el cardenal, acompañando a las personas, ya sea las cercanas al gobierno como también aquellas contrarias, porque el pastor no sólo conduce a algunas ovejas, sino que conduce a todas. Las que están sanas y las que están heridas.

Este martes está llegando a Nicaragua el cardenal, y sabe que ha sido invitado a este encuentro. Apenas llegue a su país, se pondrá al día sobre la situación, sobre lo que se hará y cuál es el papel que toca a la Iglesia en ese encuentro.

En otra entrevista a Vatican News, el purpurado refiriéndose al primer encuentro entre el gobierno y la empresa privada, dijo que esta fue una respuesta a las oraciones que han estado haciendo los obispos como pastores. Han tenido y tienen campañas de oración rezando por la paz en el país. Los empresarios propusieron una ruta de encuentros, afirmó el cardenal. Se están “barajando” como dijo, temas cruciales para el país, como los presos políticos, la libertad de prensa, entre otros.  Todos temas que deberán ser tratados en un nuevo ambiente. Además el purpurado, había dicho que es importante que la OEA haya regresado al país, y que acompañe las elecciones generales, cuando se lleven a cabo. De manera que puedan ser unas elecciones libres y transparentes, como lo pide la ciudadanía.

fuente: vaticannwes.va

El Papa: “El Pueblo de Dios espera medidas concretas y eficaces”

Con la oración inicial, un video testimonio y las palabras del Santo Padre inició la mañana de este jueves, 21 de febrero de 2019, el Encuentro sobre “La Protección de los menores en la Iglesia”.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Nuestro encuentro está cargado por el peso de la responsabilidad pastoral y eclesial que nos obliga a discutir juntos, de manera sinodal, sincera y profunda, cómo afrontar este mal que aflige a la Iglesia y a la humanidad. El santo pueblo de Dios nos mira y espera de nosotros no simples y obvias condenas, sino medidas concretas y eficaces por disponer”, lo dijo el Papa Francisco este jueves, 21 de febrero, al inicio del Encuentro sobre “La Protección de los menores en la Iglesia”, en el Aula Nueva del Sínodo, en el Vaticano.

 

Escuchemos el grito de los pequeños que piden justicia

Dirigiéndose a los Presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo y a los demás participantes en este Encuentro, el Santo Padre dijo que, “ante la plaga de abusos sexuales perpetrados por hombres de Iglesia contra los menores, he pensado en interpelarlos a ustedes, Patriarcas, Cardenales, Arzobispos, Obispos, Superiores Religiosos y Responsables, para que todos juntos nos pongamos a la escucha del Espíritu Santo y con docilidad a su guía escuchemos el grito de los pequeños que piden justicia”.

 

Discutamos de manera sinodal, sincera y profunda

“Nuestro encuentro – señaló el Pontífice – está cargado por el peso de la responsabilidad pastoral y eclesial que nos obliga a discutir juntos, de manera sinodal, sincera y profunda, cómo afrontar este mal que aflige a la Iglesia y a la humanidad. El santo pueblo de Dios nos mira y espera de nosotros no simples y obvias condenas, sino medidas concretas y eficaces por disponer. Es necesario ser concretos”.

 

Parresia, coraje y de concreción

Iniciamos, pues, nuestro camino armados de fe y del espíritu de máxima parresia, de coraje y de concreción, alentó el Papa Francisco a los participantes. “Como ayuda, quisiera compartir con ustedes algunos criterios importantes formulados por las diversas Comisiones y Conferencias Episcopales – los han enviado ustedes, dijo el Papa, y yo los he enumerado un poco – son líneas guías para ayudarnos en nuestra reflexión que les serán entregadas a ustedes. Son un simple punto de partida, que viene de ustedes y regresa a ustedes, y que no quita la creatividad que debe existir en este encuentro”.

 

Sanemos las graves heridas de este escándalo

Antes de concluir sus palabras introductorias, el Papa Francisco agradeció en nombre de todos a la Comisión Pontificia para la Protección de los Menores, a la Congregación para la Doctrina de la Fe y a los miembros del Comité Organizador por el excelente trabajo realizado con gran compromiso en la preparación de este encuentro. “Finalmente – concluyó el Papa – le pido al Espíritu Santo que nos sostenga en estos días y que nos ayude a transformar este mal en una oportunidad para la conciencia y la purificación. Que la Virgen María nos ilumine para buscar curar las graves heridas que el escándalo de la pedofilia ha causado tanto en los pequeños como en los creyentes”.

fuente: vaticannews.va

Francisco y Jacinta Marto, Santos

Los santos, no mártires, más jóvenes y videntes de la Virgen de Fátima.

Santos Jacinta y Francisco Marto, quienes junto a su prima Lucía, vieron a la Virgen en varias ocasiones entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917 en Cova de Iría, cerca de Ajustrel y de Fátima, en Portugal,

Fecha de beatificación 13 de mayo de 2000 por el papa Juan Pablo II.
Fecha de canonización: 13 de mayo de 2017 por el Papa Francisco

 

Breve semblanza:

En Aljustrel, pequeño pueblo situado a unos ochocientos metros de Fátima, Portugal, nacieron los pastorcitos que vieron a la Virgen María: Francisco y Jacinta, hijos de Manuel Pedro Marto y de Olimpia de Jesús Marto. También nació allí la mayor de los videntes, Lucía Dos Santos, quien murió el 13 de Febrero de 2005.

  • Francisco nació el día 11 de junio, de 1908.
  • Jacinta nació el día 11 de marzo, de 1910.

Desde muy temprana edad, Jacinta y Francisco aprendieron a cuidarse de las malas relaciones, y por tanto preferían la compañía de Lucía, prima de ellos, quien les hablaba de Jesucristo. Los tres pasaban el día juntos, cuidando de las ovejas, rezando y jugando.

Entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917, a Jacinta, Francisco y Lucía, les fue concedido el privilegio de ver a la Virgen María en el Cova de Iría. A partir de está experiencia sobrenatural, los tres se vieron cada vez más inflamados por el amor de Dios y de las almas, que llegaron a tener una sola aspiración: rezar y sufrir de acuerdo con la petición de la Virgen María. Si fue extraordinaria la medida de la benevolencia divina para con ellos, extraordinario fue también la manera como ellos quisieron corresponder a la gracia divina.

Los niños no se limitaron únicamente a ser mensajeros del anuncio de la penitencia y de la oración, sino que dedicaron todas sus fuerzas para ser de sus vidas un anuncio, mas con sus obras que con sus palabras. Durante las apariciones, soportaron con espíritu inalterable y con admirable fortaleza las calumnias, las malas interpretaciones, las injurias, las persecuciones y hasta algunos días de prisión. Durante aquel momento tan angustioso en que fue amenazado de muerte por las autoridades de gobierno si no declaraban falsas las apariciones, Francisco se mantuvo firme por no traicionar a la Virgen, infundiendo este valor a su prima y a su hermana. Cuantas veces les amenazaban con la muerte ellos respondían: «Si nos matan no importa; vamos al cielo.» Por su parte, cuando a Jacinta se la llevaban supuestamente para matarla, con espíritu de mártir, les indicó a sus compañeros, «No se preocupen, no les diré nada; prefiero morir antes que eso.»

 San Francisco Marto (6-11-1908 / 4-4-1919)

Francisco era de carácter dócil y condescendiente. Le gustaba pasar el tiempo ayudando al necesitado. Todos lo reconocían como un muchacho sincero, justo, obediente y diligente.

Las palabras del Ángel en su tercera aparición: «Consolad a vuestro Dios», hicieron profunda impresión en el alma del pequeño pastorcito.

El deseaba consolar a Nuestro Señor y a la Virgen, que le había parecido estaban tan tristes.

En su enfermedad, Francisco confió a su prima: «¿Nuestro Señor aún estará triste? Tengo tanta pena de que El este así. Le ofrezco cuanto sacrificio yo puedo.»

En la víspera de su muerte se confesó y comulgó con los mas santos sentimientos. Después de 5 meses de casi continuo sufrimiento, el 4 de abril de 1919, primer viernes, a las 10:00 a.m., murió santamente el consolador de Jesús.

 Santa Jacinta Marto (3-10-1910/ 2-20-1920)

Jacinta era de clara inteligencia; ligera y alegre. Siempre estaba corriendo, saltando o bailando. Vivía apasionada por el ideal de convertir pecadores, a fin de arrebatarlos del suplicio del infierno, cuya pavorosa visión tanto le impresionó.

Una vez exclamó: ¡Qué pena tengo de los pecadores! !Si yo pudiera mostrarles el infierno!

Murió santamente el 20 de febrero, de 1920. Su cuerpo reposa junto con el de su hermano, San Francisco, en el crucero de la Basílica, en Fátima.

Jacinta y Francisco siguieron su vida normal después de las apariciones. Lucia empezó a ir a la escuela tal como la Virgen se lo había pedido, y Jacinta y Francisco iban también para acompañarla. Cuando llegaban al colegio, pasaban primero por la Iglesia para saludar al Señor. Mas cuando era tiempo de empezar las clases, Francisco, conociendo que no habría de vivir mucho en la tierra, le decía a Lucia, «Vayan ustedes al colegio, yo me quedaré aquí con Jesús Escondido. ¿Qué provecho me hará aprender a leer si pronto estaré en el Cielo?» Dicho esto, Francisco se iba tan cerca como era posible del Tabernáculo.

Cuando Lucia y Jacinta regresaban por la tarde, encontraban a Francisco en el mismo lugar, en profunda oración y adoración.

De los tres niños, Francisco era el contemplativo y fue tal vez el que más se distinguió en su amor reparador a Jesús en la Eucaristía. Después de la comunión recibida de manos del Ángel, decía: «Yo sentía que Dios estaba en mi pero no sabia como era.» En su vida se resalta la verdadera y apropiada devoción católica a los ángeles, a los santos y a María Santísima. Él quedó asombrado por la belleza y la bondad del ángel y de la Madre de Dios, pero él no se quedó ahí. Ello lo llevó a encontrarse con Jesús. Francisco quería ante todo consolar a Dios, tan ofendido por los pecados de la humanidad. Durante las apariciones, era esto lo que impresionó al joven.

Mas que nada Francisco quería ofrecer su vida para aliviar al Señor quien el había visto tan triste, tan ofendido. Incluso, sus ansias de ir al cielo fueron motivadas únicamente por el deseo de poder mejor consolar a Dios. Con firme propósito de hacer aquello que agradase a Dios, evitaba cualquier especie de pecado y con siete años de edad, comenzó a aproximarse, frecuentemente al Sacramento de la Penitencia.

Una vez Lucia le preguntó, «Francisco, ¿qué prefieres más, consolar al Señor o convertir a los pecadores?» Y el respondió: «Yo prefiero consolar al Señor. ¿No viste que triste estaba Nuestra Señora cuando nos dijo que los hombres no deben ofender mas al Señor, que está ya tan ofendido? A mi me gustaría consolar al Señor y después, convertir a los pecadores para que ellos no ofendan mas al Señor.» Y siguió, «Pronto estaré en el cielo. Y cuando llegue, voy a consolar mucho a Nuestro Señor y a Nuestra Señora.»

A través de la gracia que había recibido y con la ayuda de la Virgen, Jacinta, tan ferviente en su amor a Dios y su deseo de las almas, fue consumida por una sed insaciable de salvar a las pobres almas en peligro del infierno. La gloria de Dios, la salvación de las almas, la importancia del Papa y de los sacerdotes, la necesidad y el amor por los sacramentos – todo esto era de primer orden en su vida. Ella vivió el mensaje de Fátima para la salvación de las almas alrededor del mundo, demostrando un gran espíritu misionero.

Jacinta tenía una devoción muy profunda que la llevo a estar muy cerca del Corazón Inmaculado de María. Este amor la dirigía siempre y de una manera profunda alSagrado Corazón de Jesús. Jacinta asistía a la Santa Misa diariamente y tenía un gran deseo de recibir a Jesús en la Santa Comunión en reparación por los pobres pecadores. Nada le atraía mas que el pasar tiempo en la Presencia Real de Jesús Eucarístico. Decía con frecuencia, «Cuánto amo el estar aquí, es tanto lo que le tengo que decir a Jesús.»

Con un celo inmenso, Jacinta se separaba de las cosas del mundo para dar toda su atención a las cosas del cielo. Buscaba el silencio y la soledad para darse a la contemplación. «Cuánto amo a nuestro Señor,» decía Jacinta a Lucia, «a veces siento que tengo fuego en el corazón pero que no me quema.»

Desde la primera aparición, los niños buscaban como multiplicar sus mortificaciones

No se cansaban de buscar nuevas maneras de ofrecer sacrificios por los pecadores. Un día, poco después de la cuarta aparición, mientras que caminaban, Jacinta encontró una cuerda y propuso el ceñir la cuerda a la cintura como sacrificio. Estando de acuerdo, cortaron la cuerda en tres pedazos y se la ataron a la cintura sobre la carne. Lucia cuenta después que este fue un sacrificio que los hacia sufrir terriblemente, tanto así que Jacinta apenas podía contener las lágrimas. Pero si se le hablaba de quitársela, respondía enseguida que de ninguna manera pues esto servía para la conversión de muchos pecadores. Al principio llevaban la cuerda de día y de noche pero en una aparición, la Virgen les dijo: «Nuestro Señor está muy contento de vuestros sacrificios pero no quiere que durmáis con la cuerda. Llevarla solamente durante el día.» Ellos obedecieron y con mayor fervor perseveraron en esta dura penitencia, pues sabían que agradaban a Dios y a la Virgen. Francisco y Jacinta llevaron la cuerda hasta en la ultima enfermedad, durante la cual aparecía manchada en sangre.

Jacinta sentía además una gran necesidad de ofrecer sacrificios por el Santo Padre. A ella se le había concedido el ver en una visión los sufrimientos tan duros del Sumo Pontífice. Ella cuenta: «Yo lo he visto en una casa muy grande, arrodillado, con el rostro entre las manos, y lloraba. Afuera había mucha gente; algunos tiraban piedras, otros decían imprecaciones y palabrotas.» En otra ocasión, mientras que en la cueva del monte rezaban la oración del Ángel, Jacinta se levantó precipitadamente y llamó a su prima: «¡Mira! ¿No ves muchos caminos, senderos y campos llenos de gente que llora de hambre y no tienen nada para comer… Y al Santo Padre, en una iglesia al lado del Corazón de María, rezando?» Desde estos acontecimientos, los niños llevaban en sus corazones al Santo Padre, y rezaban constantemente por el. Incluso, tomaron la costumbre de ofrecer tres Ave Marías por él después de cada rosario que rezaban.

La Virgen María no dejaba de escuchar los ferviente súplicas de estos niños, respondiéndoles a menudo de manera visiblemente. Tanto Francisco como Jacinta fueron testigos de hechos extraordinarios:

En un pueblo vecino, a una familia le había caído la desgracia del arresto de un hijo por una denuncia que le llevaría a la cárcel si no demostrase su inocencia. Sus padres, afligidísimos, mandaron a Teresa, la hermana mayor de Lucia, para que le suplicara a los niños que les obtuvieran de la Virgen la liberación de su hijo. Lucía, al ir a la escuela, contó a sus primos lo sucedido. Dijo Francisco, «Vosotras vais a la escuela y yo me quedaré aquí con Jesús para pedirle esta gracia.» En la tarde Francisco le dice a Lucia, «Puedes decirle a Teresa que haga saber que dentro de pocos días el muchacho estará en casa.» En efecto, el 13 del mes siguiente, el joven se encontraba de nuevo en casa.

En otra ocasión, había una familia cuyo hijo había desaparecido como prodigo sin que nadie tuviera noticia de él. Su madre le rogó a Jacinta que lo recomendará a la Virgen. Algunos días después, el joven regresó a casa, pidió perdón a sus padres y les contó su trágica aventura. Después de haber gastado cuanto había robado, había sido arrestado y metido en la cárcel. Logró evadirse y huyó a unos bosques desconocidos, y, poco después, se halló completamente perdido. No sabiendo a qué punto dirigirse, llorando se arrodilló y rezó. Vio entonces a Jacinta que le tomó de una mano y le condujo hasta un camino, donde le dejo, indicándole que lo siguiese. De esta forma, el joven pudo llegar hasta su casa. Cuando después interrogaron a Jacinta si realmente había ido a encontrase con el joven, repuso que no pero que si había rogado mucho a la Virgen por él.

Ciertamente que los prodigiosos acontecimientos de los que estos niños fueron protagonistas hicieron que todo el mundo se volvieran hacia ellos, pero ellos se mantenían sencillos y humildes. Cuanto mas buscados eran por la gente, tanto mas procuraban ocultarse.

Un día que se dirigían tranquilamente hacia la carretera, vieron que se paraba un gran auto delante de ellos con un grupo de señoras y señores, elegantemente vestidos. «Mira, vendrán a visitarnos…» empezó Francisco. «¿Nos vamos?» pregunta Jacinta. «Imposible sin que lo noten,» responde Lucía: «Sigamos andando y veréis cómo no nos conocen.» Pero los visitantes los paran: «¿Sois de Aljustrel?» «Si, señores» responde Lucia. «¿Conocéis a los tres pastores a los cuales se les ha aparecido la Virgen?» «Si los conocemos» «¿Sabrías decirnos dónde viven?» «Tomen ustedes este camino y allí abajo tuerzan hacia la izquierda» les contesta Lucía, describiéndoles sus casas. Los visitantes marcharon, dándoles las gracias y ellos contentos, corrieron a esconderse.

Ciertamente, Francisco y Jacinta fueron muy dóciles a los preceptos del Señor y a las palabras de la Santísima Virgen María. Progresaron constantemente en el camino de la santidad y, en breve tiempo, alcanzaron una gran y sólida perfección cristiana. Al saber por la Virgen María que sus vidas iban a ser breves, pasaban los días en ardiente expectativa de entrar en el cielo. Y de hecho, su espera no se prolongó.

El 23 de diciembre de 1918, Francisco y Jacinta cayeron gravemente enfermos por la terrible epidemia de bronco-neumonía. Pero a pesar de que se encontraban enfermos, no disminuyeron en nada el fervor en hacer sacrificios.

Hacia el final de febrero de 1919, Francisco desmejoró visiblemente y del lecho en que se vio postrado no volvió a levantarse. Sufrió con íntima alegría su enfermedad y sus grandísimos dolores, en sacrificio a Dios. Como Lucía le preguntaba si sufría. Respondía: «Bastante, pero no me importa. Sufro para consolar a Nuestro Señor y en breve iré al cielo.»

El día 2 de abril, su estado era tal que se creyó conveniente llamar al párroco. No había hecho todavía la Primera Comunión y temía no poder recibir al Señor antes de morir. Habiéndose confesado en la tarde, quiso guardar ayuno hasta recibir la comunión. El siguiente día, recibió la comunión con gran lucidez de espíritu y piedad, y apenas hubo salido el sacerdote cuando preguntó a su madre si no podía recibir al Señor nuevamente. Después de esto, pidió perdón a todos por cualquier disgusto que les hubiese ocasionado. A Lucia y Jacinta les añadió: «Yo me voy al Paraíso; pero desde allí pediré mucho a Jesús y a la Virgen para que os lleve también pronto allá arriba.» Al día siguiente, el 4 de abril, con una sonrisa angelical, sin agonía, sin un gemido, expiró dulcemente. No tenía aún once años.

Jacinta sufrió mucho por la muerte de su hermano. Poco después de esto, como resultado de la bronconeumonía, se le declaró una pleuresía purulenta, acompañada por otras complicaciones. Un día le declara a Lucia: «La Virgen ha venido a verme y me preguntó si quería seguir convirtiendo pecadores. Respondí que si y Ella añadió que iré pronto a un hospital y que sufriré mucho, pero que lo padezca todo por la conversión de los pecadores, en reparación de las ofensas cometidas contra Su Corazón y por amor de Jesús. Dijo que mamá me acompañará, pero que luego me quedaré sola.» Y así fue.

Por orden del médico fue llevada al hospital de Vila Nova donde fue sometida a un tratamiento por dos meses. Al regresar a su casa, volvió como había partido pero con una gran llaga en el pecho que necesitaba ser medicada diariamente. Mas, por falta de higiene, le sobrevino a la llaga una infección progresiva que le resultó a Jacinta un tormento. Era un martirio continuo, que sufría siempre sin quejarse. Intentaba ocultar todos estos sufrimientos a los ojos de su madre para no hacerla padecer mas. Y aun le consolaba diciéndole que estaba muy bien.

Durante su enfermedad confió a su prima: «Sufro mucho; pero ofrezco todo por la conversión de los pecadores y para desagraviar al Corazón Inmaculado de María»

En enero de 1920, un doctor especialista le insiste a la mamá de Jacinta a que la llevasen al Hospital de Lisboa, para atenderla. Esta partida fue desgarradora para Jacinta, sobre todo el tener que separarse de Lucía.

Al despedirse de Lucía le hace estas recomendaciones: ´Ya falta poco para irme al cielo. Tu quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al I.C. de María. Cuando vayas a decirlo, no te escondas. Di a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del I.C. de María. Que las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a su lado se venere el I.C. de María, que pidan la paz al Inmaculado Corazón, que Dios la confió a Ella. Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la luz que tengo aquí dentro en el pecho, que me está abrazando y me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María.»

Su mamá pudo acompañarla al hospital, pero después de varios días tuvo ella que regresar a casa y Jacinta se quedó sola. Fue admitida en el hospital y el 10 de febrero tuvo lugar la operación. Le quitaron dos costillas del lado izquierdo, donde quedó una llaga ancha como una mano. Los dolores eran espantosos, sobre todo en el momento de la cura. Pero la paciencia de Jacinta fue la de un mártir. Sus únicas palabras eran para llamar a la Virgen y para ofrecer sus dolores por la conversión de los pecadores.

Tres días antes de morir le dice a la enfermera, «La Santísima Virgen se me ha aparecido asegurándome que pronto vendría a buscarme, y desde aquel momento me ha quitado los dolores. El 20 de febrero de 1920, hacia las seis de la tarde ella declaró que se encontraba mal y pidió los últimos Sacramentos. Esa noche hizo su ultima confesión y rogó que le llevaran pronto el Viático porque moriría muy pronto. El sacerdote no vio la urgencia y prometió llevársela al día siguiente. Pero poco después, murió. Tenía diez años.

Tanto Jacinta como Francisco fueron trasladados al Santuario de Fátima. Los milagros que fueron parte de sus vidas, también lo fueron de su muerte. Cuando abrieron el sepulcro de Francisco, encontraron que el rosario que le habían colocado sobre su pecho, estaba enredado entre los dedos de su manos. Y a Jacinta, cuando 15 años después de su muerte, la iban a trasladar hacia el Santuario, encontraron que su cuerpo estaba incorrupto.

El 18 de abril de 1989, el Santo Padre, Juan Pablo II, declaró a Francisco y Jacinta Venerables.

Fuente: Corazones.org

Catequesis del Papa: “Mendicantes del amor, busquemos un amor fiel y total”

“El primer paso de toda oración cristiana es el de introducirnos en el misterio de la paternidad de Dios”: tema de la catequesis del Papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 20 de febrero de 2019.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Queridos hermanos y hermanas: siguiendo la catequesis sobre el Padrenuestro, hoy vemos cómo el primer paso de toda oración cristiana es el de introducirnos en el misterio de la paternidad de Dios. Aunque hayamos tenido unos buenos padres nuestra experiencia familiar no es suficiente para entender esta paternidad, porque sabemos que todo lo humano, también el amor, es imperfecto ya que está sujeto al egoísmo personal y a los límites propios de nuestra condición de hombres y mujeres”, lo dijo el Papa Francisco en la Audiencia General del tercer miércoles de febrero de 2019, continuando con su ciclo de catequesis dedicadas a la oración del Padre Nuestro.

 

El misterio de la paternidad de Dios

En su catequesis, el Santo Padre dijo que para comprender el misterio de la paternidad de Dios, y saber hasta qué punto Dios es nuestro Padre, debemos partir de la figura de nuestros padres, pero al mismo tiempo, debemos purificar esta figura. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 2279: “La purificación del corazón concierne a las imágenes paternas y maternas, tal como han sido configuradas en nuestra historia personal y cultural, y que influyen en nuestra relación con Dios”.

Ninguno de nosotros, precisa el Pontífice, ha tenido padres perfectos, ya que nosotros, a su vez, nunca seremos padres o pastores perfectos. “Vivimos siempre nuestras relaciones de amor bajo el signo de nuestros límites y también de nuestro egoísmo – subraya el Papa – por lo que a menudo están contaminadas por deseos de posesión o manipulación del otro. Por esta razón, a veces las declaraciones de amor se transforman en sentimientos de ira y hostilidad”.

 

Hombres y mujeres, eternamente mendigos del amor

Por eso, el Papa Francisco señala que, cuando hablamos de Dios como “padre”, cuando pensamos en la imagen de nuestros padres, especialmente si nos aman, al mismo tiempo debemos ir más allá. “El amor de Dios es el del Padre ‘que está en los cielos’, según la expresión que nos invita a usar Jesús: es el amor total que en esta vida sólo saboreamos de manera imperfecta. Los hombres y las mujeres son eternamente mendigos del amor, buscando un lugar donde finalmente puedan ser amados, pero no lo encuentran. ¡Cuántas amistades y cuantos amores decepcionados hay en nuestro mundo!

 

La naturaleza ambivalente del amor humano

El Santo Padre explicando la naturaleza ambivalente del amor humano recuerda que, el dios griego del amor es el más trágico de todos: no está claro si es un ser angelical o un demonio. La mitología, precisa el Papa, dice que es hijo de Poros y Penía, es decir, de la astucia y la pobreza, destinado a llevar en sí mismo parte de la fisonomía de estos padres. “Desde aquí podemos pensar en la naturaleza ambivalente del amor humano – afirma el Pontífice citando el Simposio de Platón – capaz de florecer y de vivir poderosamente en una hora del día, e inmediatamente después marchitarse y morir; lo que alcanza, siempre se le escapa”. Hay una expresión del profeta Oseas (6,4), recuerda el Papa, que enmarca sin piedad la debilidad congénita de nuestro amor: “Tu amor es como una nube matutina, como el rocío que se desvanece al amanecer”.

“El amor humano: una promesa que es difícil de cumplir, un intento que pronto se seca y se evapora, un poco como cuando por la mañana sale el sol y se lleva el rocío de la noche”

Incapaces de cumplir una promesa

“¿Cuántas veces hemos amado los hombres de esta manera tan débil e intermitente?”, se pregunta el Papa Francisco, ansiosos por amar, nos encontramos con nuestros límites, con la pobreza de nuestras fuerzas: incapaces de cumplir una promesa que en los días de gracia nos parecía fácil de realizar. Después de todo, incluso el apóstol Pedro tuvo miedo y tuvo que huir. Somos mendigos que en el camino arriesgamos de no encontrar jamás completamente ese tesoro que han estado buscando desde el primer día de su vida: el amor.

El amor del Padre que está en los cielos

Ante esto, el Santo Padre indica que existe otro amor, el del Padre “que está en los cielos”. Nadie debe dudar que es destinatario de este amor. Citando al profeta Isaías, el Pontífice explica que, si nuestro padre y nuestra madre no nos hubieran amado, hay un Dios en los cielos que nos ama como nadie en esta tierra lo ha hecho y puede hacerlo. Si aunque todos nuestros amores terrenales se desmoronan, y sólo quedara polvo en nuestras manos, siempre hay para todos nosotros, ardientes, el amor único y fiel de Dios. En el hambre de amor que todos sentimos, no buscamos algo que no existe, sino la invitación a conocer a Dios que es Padre.

“La expresión “en el cielo” no quiere expresar una distancia, sino una diversidad radical, otra dimensión”

Nada en esta vida puede apartarnos del amor del Padre

Antes de concluir su catequesis, el Papa Francisco saludó cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica, en particular a los seminaristas de la Diócesis de Getafe acompañados por su Obispo, Mons. Ginés García Beltrán, quienes celebran 25 años de la creación de ese centro de formación. “Que el Señor nos conceda la gracia de no tener miedo y de saber que no estamos solos, porque no hay nada en esta vida que pueda apartarnos de su amor de Padre”.

fuente: vaticannews.va

Encuentro Protección de Menores: cuatro días que dejarán su huella

Del 21 al 24 de febrero, el encuentro en el Vaticano para la protección de los menores: sensibilización, escucha de las víctimas, responsabilidad de los obispos y transparencia

Andrea Tornielli

El encuentro sobre la protección de los menores que se celebra en el Vaticano está destinado a dejar su huella. Incluso antes de que se examinen a fondo las indicaciones concretas necesarias sobre lo que se debe hacer frente al flagelo de los abusos, será la conciencia en toda la Iglesia de las consecuencias dramáticas e indelebles causadas a los menores que los han padecido lo que dejará su impronta.

Las voces de los niños, niñas y jóvenes que son víctimas indefensas de estos horrendos actos de violencia no dejarán de escucharse. Su grito está destinado a romper la barrera del silencio que durante demasiado tiempo ha impedido la comprensión.

El primer objetivo, tras el testimonio personal de los dos últimos Papas, que sistemáticamente se encontraron con los supervivientes, los escucharon, lloraron y rezaron con ellos, es por tanto la conciencia de que el abuso de menores por parte de clérigos y religiosos es un acto abominable. Un acto que traspasa para siempre las almas de los niños confiados por sus padres a los sacerdotes para educarlos en la fe. No se trata principalmente de una cuestión de leyes y normas, ni de objeciones burocráticas o incluso de estadísticas. Se trata de escuchar a las víctimas, de intentar compartir su doloroso drama, de hacer suyas sus heridas devastadoras. Es un cambio de mentalidad que se requiere, para que nadie pretenda nunca más no ver, encubrir, minimizar.

Por primera vez, el tema se tratará en clave global, según las diferentes experiencias y culturas. El primer día el tema principal será la responsabilidad de los obispos en su tarea pastoral, espiritual y jurídica. El segundo día se tratará sobre todo de la «rendición de cuentas», discutiendo las soluciones que deben adoptarse de acuerdo con el Derecho Canónico para evaluar los casos en los que los pastores han fracasado en su tarea y han actuado con negligencia. Finalmente, el tercer día se dedicará al compromiso de transparencia, en los procedimientos internos de la Iglesia, hacia las autoridades civiles, pero sobre todo hacia el pueblo de Dios, cuya contribución a la seguridad de los lugares frecuentados por los menores es indispensable. La conclusión de los trabajos, el domingo, después de la Misa celebrada en la Sala Regia, es confiada al Papa Francisco.

Lo que se celebra en el Vaticano es sobre todo un acontecimiento eclesial, un diálogo entre pastores en comunión con el Sucesor de Pedro. Por eso la oración, acompañada de la escucha de las víctimas, marcará cada cita. Los tres primeros días de trabajo culminarán en la liturgia penitencial precisamente porque, ante el abismo del pecado y de un pecado tan grave y abominable, los creyentes están llamados a pedir humildemente perdón por la herida infligida al cuerpo eclesial y su posibilidad de testimonio evangélico.

Este nuevo paso es para la Iglesia el último en el orden del tiempo de una larga serie que comenzó hace poco menos de veinte años con la introducción de leyes cada vez más estrictas y eficaces para combatir el flagelo del abuso. Procedimientos que han permitido reducir drásticamente el número de casos, como demuestran todos los informes publicados recientemente: las quejas que surgen se refieren, de hecho, en su gran mayoría, a casos que datan de hace muchos años y que se produjeron antes de la entrada en vigor de las nuevas normas.

Con el encuentro que se abre en el Vaticano, la Iglesia no sólo señala el camino a sus propias jerarquías y comunidades, sino que también ofrece un testimonio doloroso y un compromiso preciso con toda la sociedad. Porque la protección de los menores es una cuestión que concierne a todos, como lo demuestran las impresionantes cifras de menores maltratados en el mundo.

fuente: vaticannews.va

El Papa en el Ángelus advierte del peligro de la idolatría, substituyendo a Dios por un ídolo

Durante el Ángelus del VI domingo del tiempo ordinario, el Pontífice reflexiona sobre las Bienaventuranzas de Jesús asegurando que Él nos alienta a no depositar nuestra confianza en las cosas materiales sino a sanar la miopía crónica que el espíritu mundano nos contagia.

Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano

“Las Bienaventuranzas de Jesús nos alientan a no depositar nuestra confianza en las cosas materiales y a no buscar la felicidad siguiendo a los vendedores de humo”. Es la enseñanza que ha expresado el Papa Francisco este domingo 17 de febrero, VI del tiempo ordinario, desde la ventana del Palacio Apostólico a la hora del rezo del Ángelus.

Reflexionando sobre el Evangelio del día según San Lucas, que presenta cuatro bienaventuranzas bajo la expresión “¡ay de ti!”, el Santo Padre asegura que en ellas “Jesús nos abre los ojos, nos hace ver con su mirada, más allá de las apariencias, más allá de la superficie, y nos enseña a discernir las situaciones con fe”.

El ser humano siempre ha estado en la búsqueda constante de la felicidad y desde siempre, en el mundo, el tener más riquezas y un mayor poder, ha supuesto tener mayor bienestar. En contraste a este concepto, el Papa Francisco explica que la página del Evangelio de hoy “nos invita a reflexionar sobre el sentido profundo de tener fe”, que consiste – ha puntualizado – “en confiar totalmente en el Señor”: “Se trata de romper los ídolos mundanos para abrir nuestros corazones al Dios vivo y verdadero; sólo Él puede dar a nuestra existencia la plenitud tan deseada, pero difícil de alcanzar”. Además, Francisco ha advertido que incluso en nuestros días, “hay muchos que se proponen como dispensadores de felicidad: prometen éxito a corto plazo, grandes beneficios a la mano y soluciones mágicas a todos los problemas”; un peligro que puede llevarnos a caer en el pecado del primer mandamiento: “la idolatría, substituyendo a Dios por un ídolo” ha dicho el Santo Padre.

Jesús abre nuestros ojos a la realidad

Desde el Balcón del Palacio Apostólico el Papa también ha explicado que la razón de estas paradójicas bienaventuranzas está en el hecho de que “Dios está cerca de los que sufren e interviene para liberarlos de su esclavitud; Jesús ve esto, ve la bienaventuranza más allá de la realidad negativa”. Y del mismo modo – continúa el Papa – “el «ay de ti», dirigido a los que hoy están bien, sirve para «despertarlos» del peligroso engaño del egoísmo y abrirlos a la lógica del amor, mientras están a tiempo”.

Somos felices cuando nos ponemos del lado de Dios

Por último, el Pontífice ha subrayado que estamos llamados a la felicidad, pero sólo somos felices cuando nos ponemos del lado de Dios, de Su Reino y de lo que no es efímero sino que dura para la vida eterna: “Somos felices si nos reconocemos necesitados ante Dios y si, como Él y con Él, estamos cerca de los pobres, de los afligidos y de los hambrientos”. Ante esto, el Papa recuerda que las Bienaventuranzas de Jesús son un “mensaje decisivo”, que nos alienta a no depositar nuestra confianza en las cosas materiales y pasajeras, a no buscar la felicidad siguiendo a los vendedores de humo, a los profesionales de la ilusión, sino que es El Señor quien nos ayuda “a abrir los ojos, a adquirir una mirada más penetrante de la realidad, a sanar de la miopía crónica que el espíritu mundano nos contagia”.

fuente: vaticannews.va