Reflexiones de San María de Ligorio sobre el Santísimo nombre de María.

1. María, nombre santo

El augusto nombre de María, dado a la Madre de Dios, no fue cosa terrenal, ni inventado por la mente humana o elegido por decisión humana, como sucede con todos los demás nombres que se imponen. Este nombre fue elegido por el cielo y se le impuso por divina disposición, como lo atestiguan san Jerónimo, san Epifanio, san Antonino y otros. “Del Tesoro de la divinidad –dice Ricardo de San Lorenzo– salió el nombre de María”. De él salió tu excelso nombre; porque las tres divinas personas, prosigue diciendo, te dieron ese nombre, superior a cualquier nombre, fuera del nombre de tu Hijo, y lo enriquecieron con tan grande poder y majestad, que al ser pronunciado tu nombre, quieren que, por reverenciarlo, todos doblen la rodilla, en el cielo, en la tierra y en el infierno. Pero entre otras prerrogativas que el Señor concedió al nombre de María, veamos cuán dulce lo ha hecho para los siervos de esta santísima Señora, tanto durante la vida como en la hora de la muerte.

2. María, nombre lleno de dulzura

En cuanto a lo primero, durante la vida, “el santo nombre de María –dice el monje Honorio– está lleno de divina dulzura”. De modo que el glorioso san Antonio de Papua, reconocía en el nombre de María la misma dulzura que san Bernardo en el nombre de Jesús. “El nombre de Jesús”, decía éste; “el nombre de María”, decía aquél, “es alegría para el corazón, miel en los labios y melodía para el oído de sus devotos”. Se cuenta del V. Juvenal Ancina, obispo de Saluzzo, que al pronunciar el nombre de María experimentaba una dulzura sensible tan grande, que se relamía los labios. También se refiere que una señora en la ciudad de colonia le dijo al obispo Marsilio que cuando pronunciaba el nombre de María, sentía un sabor más dulce que el de la miel. Y, tomando el obispo la misma costumbre, también experimentó la misma dulzura. Se lee en el Cantar de los Cantares que, en la Asunción de María, los ángeles preguntaron por tres veces: “¿Quién es ésta que sube del desierto como columnita de humo? ¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente? ¿Quién es ésta que sube del desierto rebosando en delicias?” (Ct 3, 6; 6, 9; 8, 5). Pregunta Ricardo de San Lorenzo: “¿Por qué los ángeles preguntan tantas veces el nombre de esta Reina?” Y él mismo responde: “Era tan dulce para los ángeles oír pronunciar el nombre de María, que por eso hacen tantas preguntas”.

Pero no quiero hablar de esta dulzura sensible, porque no se concede a todos de manera ordinaria; quiero hablar de la dulzura saludable, consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que da este nombre de María a los que lo pronuncian con fervor.

3. María, nombre que alegra e inspira amor

Dice el abad Francón que, después del sagrado nombre de Jesús, el nombre de María es tan rico de bienes, que ni en la tierra ni en el cielo resuena ningún nombre del que las almas devotas reciban tanta gracia de esperanza y de dulzura. El nombre de María –prosigue diciendo– contiene en sí un no sé qué de admirable, de dulce y de divino, que cuando es conveniente para los corazones que lo aman, produce en ellos un aroma de santa suavidad. Y la maravilla de este nombre –concluye el mismo autor– consiste en que aunque lo oigan mil veces los que aman a María, siempre les suena como nuevo, experimentando siempre la misma dulzura al oírlo pronunciar.

Hablando también de esta dulzura el B. Enrique Susón, decía que nombrando a María, sentía elevarse su confianza e inflamarse en amor con tanta dicha, que entre el gozo y las lágrimas, mientras pronunciaba el nombre amado, sentía como si se le fuera a salir del pecho el corazón; y decía que este nombre se le derretía en el alma como panal de miel. Por eso exclamaba: “¡Oh nombre suavísimo! Oh María ¿cómo serás tú misma si tu solo nombre es amable y gracioso!”.Contemplando a su buena Madre el enamorado san Bernardo le dice con ternura: “¡Oh excelsa, oh piadosa, oh digna de toda alabanza Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y amable, que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a ti y a Dios; y sólo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansias de amarte”. Dice Ricardo de San Lorenzo: “Si las riquezas consuelan a los pobres porque les sacan de la miseria, cuánto más tu nombre, oh María, mucho mejor que las riquezas de la tierra, nos alivia de las tristezas de la vida presente”.

Tu nombre, oh Madre de Dios –como dice san Metodio– está lleno de gracias y de bendiciones divinas. De modo que –como dice san Buenaventura– no se puede pronunciar tu nombre sin que aporte alguna gracia al que devotamente lo invoca. Búsquese un corazón empedernido lo más que se pueda imaginar y del todo desesperado; si éste te nombra, oh benignísima Virgen, es tal el poder de tu nombre –dice el Idiota– que él ablandará su dureza, porque eres la que conforta a los pecadores con la esperanza del perdón y de la gracia. Tu dulcísimo nombre –le dice san Ambrosio– es ungüento perfumado con aroma de gracia divina. Y el santo le ruega a la Madre de Dios diciéndole: “Descienda a lo íntimo de nuestras almas este ungüento de salvación”. Que es como decir: Haz Señora, que nos acordemos de nombrarte con frecuencia, llenos de amor y confianza, ya que nombrarte así es señal o de que ya se posee la gracia de Dios, o de que pronto se ha de recobrar.

Sí, porque recordar tu nombre, María, consuela al afligido, pone en camino de salvación al que de él se había apartado, y conforta a los pecadores para que no se entreguen a la desesperación; así piensa Landolfo de Sajonia. Y dice el P. Pelbarto que como Jesucristo con sus cinco llagas ha aportado al mundo el remedio de sus males, así, de modo parecido, María, con su nombre santísimo compuesto de cinco letras, confiere todos los días el perdón a los pecadores.

4. María, nombre que da fortaleza

Por eso, en los Sagrados cantares, el santo nombre de María es comparado al óleo: “Como aceite derramado es tu nombre” (Ct 1, 2). Comenta así este pasaje el B. Alano: “Su nombre glorioso es comparado al aceite derramado porque, así como el aceite sana a los enfermos, esparce fragancia, y alimenta la lámpara, así también el nombre de María, sana a los pecadores, recrea el corazón y lo inflama en el divino amor”. Por lo cual Ricardo de San Lorenzo anima a los pecadores a recurrir a este sublime nombre, porque eso sólo bastará para curarlos de todos sus males, pues no hay enfermedad tan maligna que no ceda al instante ante el poder del nombre de María”.

Por el contrario los demonios, afirma Tomás de Kempis, temen de tal manera a la Reina del cielo, que al oír su nombre, huyen de aquel que lo nombra como de fuego que los abrasara. La misma Virgen reveló a santa Brígida, que no hay pecador tan frío en el divino amor, que invocando su santo nombre con propósito de convertirse, no consiga que el demonio se aleje de él al instante. Y otra vez le declaró que todos los demonios sienten tal respeto y pavor a su nombre que en cuanto lo oyen pronunciar al punto sueltan al alma que tenían aprisionada entre sus garras.

Y así como se alejan de los pecadores los ángeles rebeldes al oír invocar el nombre de María, lo mismo –dijo la Señora a santa Brígida– acuden numerosos los ángeles buenos a las almas justas que devotamente la invocan.

Atestigua san Germán que como el respirar es señal de vida, así invocar con frecuencia el nombre de María es señal o de que se vive en gracia de Dios o de que pronto se conseguirá; porque este nombre poderoso tiene fuerza para conseguir la vida de la gracia a quien devotamente lo invoca. En suma, este admirable nombre, añade Ricardo de San Lorenzo es, como torre fortísima en que se verán libres de la muerte eterna, los pecadores que en él se refugien; por muy perdidos que hubieran sido, con ese nombre se verán defendidos y salvados.

Torre defensiva que no sólo libra a los pecadores del castigo, sino que defiende también a los justos de los asaltos del infierno. Así lo asegura el mismo Ricardo, que después del nombre de Jesús, no hay nombre que tanto ayude y que tanto sirva para la salvación de los hombres, como este incomparable nombre de María. Es cosa sabida y lo experimentan a diario los devotos de María, que este nombre formidable da fuerza para vencer todas las tentaciones contra la castidad. Reflexiona el mismo autor considerando las palabras del Evangelio: “Y el nombre de la Virgen era María” (Lc 1, 27), y dice que estos dos nombres de María y de Virgen los pone el Evangelista juntos, para que entendamos que el nombre de esta Virgen purísima no está nunca disociado de la castidad. Y añade san Pedro Crisólogo, que el nombre de María es indicio de castidad; queriendo decir que quien duda si habrá pecado en las tentaciones impuras, si recuerda haber invocado el nombre de María, tiene una señal cierta de no haber quebrantado la castidad.

5. María, nombre de bendición

Así que, aprovechemos siempre el hermoso consejo de san Bernardo: “En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María. Que no se te caiga de los labios, que no se te quite del corazón”. En todos los peligros de perder la gracia divina, pensemos en María, invoquemos a María junto con el nombre de Jesús, que siempre han de ir estos nombres inseparablemente unidos. No se aparten jamás de nuestro corazón y de nuestros labios estos nombres tan dulces y poderosos, porque estos nombres nos darán la fuerza para no ceder nunca jamás ante las tentaciones y para vencerlas todas. Son maravillosas las gracias prometidas por Jesucristo a los devotos del nombre de María, como lo dio a entender a santa Brígida hablando con su Madre santísima, revelándole que quien invoque el nombre de María con confianza y propósito de la enmienda, recibirá estas gracias especiales: un perfecto dolor de sus pecados, expiarlos cual conviene, la fortaleza para alcanzar la perfección y al fin la gloria del paraíso. Porque, añadió el divino Salvador, son para mí tan dulces y queridas tus palabras, oh María, que no puedo negarte lo que me pides.

En suma, llega a decir san Efrén, que el nombre de María es la llave que abre la puerta del cielo a quien lo invoca con devoción. Por eso tiene razón san Buenaventura al llamar a María “salvación de todos los que la invocan”, como si fuera lo mismo invocar el nombre de María que obtener la salvación eterna. También dice Ricardo de San Lorenzo que invocar este santo y dulce nombre lleva a conseguir gracias sobreabundantes en esta vida y una gloria sublime en la otra. Por tanto, concluye Tomás de Kempis: “Si buscáis, hermanos míos, ser consolados en todos vuestros trabajos, recurrid a María, invocad a María, obsequiad a María, encomendaos a María. Disfrutad con María, llorad con María, caminad con María, y con María buscad a Jesús. Finalmente desead vivir y morir con Jesús y María. Haciéndolo así siempre iréis adelante en los caminos del Señor, ya que María, gustosa rezará por vosotros, y el Hijo ciertamente atenderá a la Madre”.

6. María, nombre consolador

Muy dulce es para sus devotos, durante la vida, el santísimo nombre de María, por las gracias supremas que les obtiene, como hemos vitos. Pero más consolador les resultará en la hora de la muerte, por la suave y santa muerte que les otorgará. El P. Sergio Caputo, jesuita, exhortaba a todos los que asistieran a un moribundo, que pronunciasen con frecuencia el nombre de María, dando como razón que este nombre de vida y esperanza, sólo con pronunciarlo en la hora de la muerte, basta para dispersar a los enemigos y para confortar al enfermo en todas sus angustias. De modo parecido, san Camilo de Lelis, recomendaba muy encarecidamente a sus religiosos que ayudasen a los moribundos con frecuencia a invocar los nombres de Jesús y de María como él mismo siempre lo había practicado; y mucho mejor lo practicó consigo mismo en la hora de la muerte, como se refiere en su biografía; repetía con tanta dulzura los nombres, tan amados por él, de Jesús y de María, que inflamaba en amor a todos los que le escuchaban. Y finalmente, con los ojos fijos en aquellas adoradas imágenes, con los brazos en cruz, pronunciando por última vez los dulcísimos nombres de Jesús y de María, expiró el santo con una paz celestial. Y es que esta breve oración, la de invocar los nombres de Jesús y de María, dice Tomás de Kempis, cuanto es fácil retenerla en la memoria, es agradable para meditar y fuerte para proteger al que la utiliza, contra todos los enemigos de su salvación.

7. María, nombre de buenaventura

¡Dichoso –decía san Buenaventura– el que ama tu dulce nombre, oh Madre de Dios! Es tan glorioso y admirable tu nombre, que todos los que se acuerdan de invocarlo en la hora de la muerte, no temen los asaltos de todo el infierno.

Quién tuviera la dicha de morir como murió fray Fulgencio de Ascoli, capuchino, que expiró cantando: “Oh María, oh María, la criatura más hermosa; quiero ir al cielo en tu compañía”. O como murió el B. Enrique, cisterciense, del que cuentan los anales de su Orden que murió pronunciando el dulcísimo nombre de María.

Roguemos pues, mi devoto lector, roguemos a Dios nos conceda esta gracia, que en la hora de la muerte, la última palabra que pronunciemos sea el nombre de María, como lo deseaba y pedía san Germán. ¡Oh muerte dulce, muerte segura, si está protegida y acompañada con este nombre salvador que Dios concede que lo pronuncien los que se salvan! ¡Oh mi dulce Madre y Señora, te amo con todo mi corazón.

fuente: aciprensa.com

Los Papas y el 11 de septiembre: el amor es más fuerte que el odio

Ante la barbarie del terrorismo, Juan Pablo II, Benedicto XVI y el Papa Francisco recordaron a la humanidad que debe recorrer el camino del amor, que vence toda forma de odio y violencia.

Alessandro Gisotti – Ciudad del Vaticano

Es el 12 de septiembre. Miércoles por la mañana. La Plaza de San Pedro está repleta de fieles, como ocurre cada vez que hay una audiencia general, pero el clima que se respira hoy no es de alegría, como pasa en estas ocasiones. En los ojos de la gente aún existen las imágenes de terror del día anterior: la caída de las torres Gemelas, el avión que se estrelló sobre el Pentágono, la gente desesperada que escapa de un escenario infernal, el polvo, la sangre, los muertos en las calles. Son las imágenes que Juan Pablo II, en la residencia de Castelgandolfo, ha visto con consternación y angustia.

Karol Wojtyla – como dirá su portavoz Joaquín Navarro-Valls – quiere contactar inmediatamente al presidente estadounidense para expresar su dolor y cercanía al pueblo de los EEUU, pero George W. Bush por motivos de seguridad no es localizable. Así que se le envía un telegrama en donde el Papa habla de “horror”, “ataques inhumanos” y asegura sus oraciones “en esta hora de sufrimiento y dura prueba”.
Un día tenebroso en la historia de la humanidad, pero el odio no vencerá.

Un locutor en la Plaza de San Pedro subraya que la audiencia está marcada por los “dramáticos eventos” del día antes. “Para crear un clima de recogimiento y oración -continúa- el Santo Padre desea que no se aplaude hoy”. La voz de Karol Wojtyla se rompe por la emoción cuando afirma que el 11 de septiembre “ha sido un día tenebroso en la historia de la humanidad, un terrible ataque a la dignidad del hombre”. El corazón del hombre, agrega, «Es un abismo del que a veces surgen dibujos de una ferocidad sin precedentes».

Y apropiándose de la pregunta que muchos tienen en sus corazones, se pregunta “cómo pueden ocurrir episodios de brutalidad tan salvaje». Sin embargo, el futuro Santo no deja espacio a una desesperación estéril. Incluso en el momento más tenebroso, recuerda que “el creyente sabe que el mal y la muerte no tienen la última palabra”, no obstante, pareciera que “la fuerza de las tinieblas prevaleciera”. El Papa Wojtyla ruega al Señor, “para que no prevalga la espiral del odio y de la violencia” y pide a la Virgen que suscite en todos “pensamientos de sabiduría y propósitos de paz”.

Que jamás la religión sea usada como motivo de conflicto
Algunos días más tarde, está programada la visita de Juan Pablo II a Kazajistán​​, país de mayoría musulmana. Son muchos los que desaconsejan al Papa de ir. Demasiado peligroso, mientras tanto, la casa Blanca ha iniciado un ataque bélico: el 7 de octubre atacará Afganistán, tras el rechazo de parte de los talibanes de entregar a Osama Bin Laden. Wojtyla teme una escalada sin precedentes y hace todo lo posible para asegurar que lo que muchos ya llaman «un choque de civilizaciones» no prevalezca.

El Papa va igualmente a Kazajistán y desde la capital Astaná y lanza un llamamiento para que todos, cristianos y fieles de otras religiones, “cooperemos para edificar un mundo libre de violencia, un mundo que ame la vida y se desarrolle en la justicia y en la solidaridad”. “La religión – dice con palabras sinceras, llenas de sentimiento – no debe ser jamás utilizada como motivo de conflicto”. E invita “que tanto cristianos como musulmanes roguemos intensamente al Único Dios Omnipotente que nos ha creado a todos, para que pueda reinar en el mundo el bien fundamental de la paz”. Un compromiso por el cual Juan Pablo II, anciano y enfermo, no ahorra energías, convocando en enero del 2002 un nuevo encuentro de las religiones por la paz en Asís recordando el primer encuentro en 1986.

Trabajamos por un mundo en donde reine la paz y el amor
Siete años después de aquel terrible martes de septiembre, el 20 de abril del 2008, un Papa se dirige al Ground Zero. Benedicto XVI decide no pronunciar ningún discurso. Encuentra a los parientes de las víctimas y a los socorristas, los héroes de aquel día. Enciende una vela en recuerdo de todas las víctimas de New York, de Washington y del vuelo de la United 93. Se recoge en oración en el centro del inmenso agujero donde antes estaban las Twin Towers. Bajo un cielo gris, que contrasta con la imagen del cielo despejado en el día de los ataques, el Papa de rodillas –en un silencio casi surreal, roto solamente por el sonido de las gaitas de los Bomberos de New York – invoca al Dios “del amor, de la compasión y de la reconciliación”.

Benedicto XVI le pide al Señor que conceda su paz “en nuestro mundo violento”, “paz en los corazones de todos los hombres y mujeres y paz entre las naciones de la tierra”. “Danos fuerza y consuelo, fortalécenos en la esperanza –concluye el Papa, teniendo al lado al arzobispo de New York, Edward Egan – y concédenos la sabiduría y el valor de trabajar incansablemente por un mundo en donde la paz y el amor auténticos reinen entre las naciones y en los corazones de todos”.

En Ground Zero, una rosa blanca sobre los nombres de las víctimas
Pasan otros siete años y esta vez es el Papa Francisco que se dirige a New York. Allí encuentra un escenario completamente diverso respecto a su predecesor. Donde había un cráter del Ground Zero ahora está el Memorial del 11 de septiembre, dos inmensas piscinas de las dimensiones de las que cubrían las torres gemelas. En los bordes, están escritos los nombres de las 2974 víctimas de 90 nacionalidades diferentes. Aquí el 25 de septiembre del 2015, Francisco, visiblemente conmovido, deposita una rosa blanca momentos antes de recogerse en oración. El cielo esta vez recuerda el de aquella mañana de hace 14 años, pero ya no dan sombra las torres gemelas, sino que la Torre de la libertad, Freedom Tower, el más alto rascacielos de los EEUU, inaugurado algunos meses antes de la visita papal. Como hizo Benedicto XVI, Francisco encuentra a los parientes de las víctimas, a los socorristas, acompañado por el arzobispo de la ciudad esta vez, Timothy Dolan. También esta visita se distingue por el silencio. Único sonido: el caer del agua de las grandes fuentes del memorial.

Que sean las religiones fuerza de paz, justicia y reconciliación
Al conmemorar a las víctimas, Francisco quiere lanzar –desde un lugar tan simbólico- un llamamiento para que las religiones trabajen juntas por la paz y contra toda instrumentalización del nombre de Dios. Se revive el espíritu de la iniciativa que san Juan Pablo II había promovido pocos meses después del 11 de septiembre con el encuentro de los líderes religiosos en Asís. La imagen no podía ser más elocuente: el Papa junto a un imán y un rabino, orando juntos contra el terrorismo y contra la guerra. Le siguen meditaciones hindúes, budista, sikh, cristiana y musulmana sobre la paz. Y luego, la oración judía por los difuntos. “Espero – dice Francisco- que nuestra presencia aquí sea un signo potente de nuestra voluntad de compartir y reafirmar el deseo de ser fuerza de reconciliación, fuerza de paz y de justicia en esta comunidad y en todas partes del mundo”. El Papa nos insta a desterrar los sentimientos de «odio, venganza, rencor». Solo de esta manera, dice, podemos «pedirle al cielo el don de comprometernos con la causa de la paz».

fuente: www.vaticannews.va

El Papa en Santa Marta: la novedad del Evangelio no admite una doble vida

“Hay una diferencia entre la novedad del mundo y la novedad traída por Cristo”, lo ha señalado el Papa Francisco en la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa Santa Marta.

Adriana Masotti – Ciudad del Vaticano

“Hermanos, por todas partes oímos hablar de la inmoralidad entre ustedes, y de una inmoralidad que ni siquiera se encuentra entre los paganos. ¿Pero ustedes son cristianos y viven así?”. Con esta pregunta y las duras palabras de reproche, tomadas de la Primera Carta de San Pablo Apóstol a los Corintios, el Papa Francisco exhortó en su homilía en la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa Santa Marta.

El Pontífice señaló que, Pablo se dirige a los cristianos constatando que muchos de ellos llevan “una doble vida” y está muy enfadado con ellos, que se jactaban de ser “cristianos abiertos” y en la cual “la confesión de Jesucristo iba de la mano de una inmoralidad tolerada”. Paolo recuerda que la levadura fermenta toda la masa y que se necesita una nueva levadura para obtener una nueva masa.

El Evangelio transforma a toda la persona
Jesús había recomendado a sus discípulos: “Vinos nuevos, odres nuevos”.

“La novedad del Evangelio, la novedad de Cristo – afirmó el Papa – no es solamente transformar nuestra alma; es transformar a todos nosotros: alma, espíritu y cuerpo, todos, todo, es decir, transformando el vino – la levadura – en odres nuevos, incluso todo. La novedad del Evangelio es absoluta, es total; nos lleva a todos, porque nos transforma desde dentro hacia fuera: el espíritu, el cuerpo y la vida cotidiana”.

“La novedad” del Evangelio y “las novedades” del mundo
El Papa Francisco observa que los cristianos de Corinto no habían comprendido la novedad totalizante del Evangelio, que no es una ideología o una forma de vida social que coexista con los hábitos paganos. La novedad del Evangelio es la resurrección de Cristo, es el Espíritu quien nos ha enviado “para acompañarnos en la vida”. Los cristianos somos hombres y mujeres de novedad, afirma el Papa, no de las novedades.

“Y mucha gente intenta vivir su cristianismo ‘de las novedades’: ‘Pero hoy, se puede hacer así; no, hoy se puede vivir así…’ ‘Y estas personas que viven de las novedades propuestas por el mundo son mundanas, no aceptan toda la novedad. Hay una confrontación entre ‘la novedad’ de Jesucristo y ‘las novedades’ que el mundo nos propone para vivir”.

Ser débil sí, pero no hipócrita
Las personas que Pablo condena, continúa el Papa, “son personas tibias, inmorales, (…) son personas que simulan, son personas formales, son personas hipócritas”. Y reitera: “La llamada de Jesús es una llamada a la novedad”.
“Alguien puede decir: ‘Pero, padre, somos débiles, somos pecadores…’ – Ah, eso es otra cosa. Si tu aceptas que eres pecador y débil, Él te perdona, porque parte de la novedad del Evangelio es confesar que Jesucristo vino para el perdón de los pecados. Pero si tú, que dices ser cristiano, convives con estas novedades mundanas, no, esto es hipocresía. Esa es la diferencia. Y Jesús nos había dicho en el Evangelio: ‘Tengan cuidado cuando les digan: el Cristo está allí, está allí, está allí….’. Las novedades son estas: no hay salvación con esto, con esto…». Cristo es uno solo. Y Cristo es claro en su mensaje”.

El camino de los que siguen a Cristo es el del martirio
Jesús, sin embargo, no engaña a los que quieren seguirlo y el Pontífice responde a la pregunta: Pero, ¿cómo es el camino para los que viven la novedad y no quieren vivir las novedades? Recordando cómo termina el Evangelio que la liturgia presenta hoy, es decir con la decisión de los escribas y doctores de la Ley de asesinar a Jesús.
“El camino de los que toman la novedad de Jesucristo es el mismo que el de Jesús: el camino del martirio, advierte el Papa. Martirio no siempre cruento, sino el martirio cotidiano”. Nosotros estamos en la calle y somos observados por el gran acusador que suscita a los acusadores de hoy para llevarnos a la contradicción. Pero, concluye el Pontífice, no debemos negociar con “las novedades”, no debemos “diluir el anuncio del Evangelio”.

fuente: www.vaticannews.va

Ángelus del Papa: «Jesús enseña a hacer el bien sin clamores ni ostentación»

El Santo Padre reflexionó sobre el Evangelio Dominical (cf. Mc 7,31-37) que relata la milagrosa curación de Jesús a un sordomudo, y explicó que el modo de actuar del Maestro, «siempre discreto», es el estilo que todos los cristianos estamos llamados a imitar.

Sofía Lobos – Ciudad del Vaticano

En la soleada mañana del 9 de septiembre, XXIII Domingo del tiempo ordinario, el Papa Francisco rezó la oración mariana del Ángelus junto a miles de fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.

Actuar como Jesús: hacer el bien con discreción
Reflexionando sobre el Evangelio Dominical (cf. Mc 7,31-37), que relata la milagrosa curación de Jesús a un sordomudo entre la multitud que lo seguía en las proximidades del mar de Galilea, el Santo Padre destaca la forma de actuar que caracteriza al Señor:

«Siempre con discreción. No quiere impresionar a la gente, no está en la búsqueda de popularidad o éxito, sino que sólo quiere hacer el bien a las personas. Con esta actitud, Él nos enseña que el bien debe hacerse sin clamores y sin ostentación, sin hacer sonar la trompeta, va realizado en silencio».

El Hijo de Dios comprende el dolor humano e interviene
En cuanto al gesto sanador perpetrado por el Maestro, quien «pone sus dedos en los oídos del sordomudo y con su saliva le toca la lengua»; el Pontífice explica que hace referencia a la Encarnación:

«El Hijo de Dios es un hombre plenamente integrado en la realidad humana, por lo tanto, puede comprender la condición dolorosa de otro hombre e interviene con un gesto en el que está implicada toda su propia humanidad», asegura Francisco haciendo hincapié en que, al mismo tiempo, Jesús quiere hacer entender que el milagro se produce por su unión con el Padre:

«Por esta razón, levantó su mirada al cielo. Luego suspiró y pronunció la palabra resolutiva: «Effatá», que significa «Ábrete». Y al instante el hombre fue sanado: sus oídos se abieron, su lengua se soltó. La sanación era para él una «apertura» a los demás y al mundo».

El ser humano necesita una doble curación: del cuerpo y del alma
Por otra parte, el Obispo de Roma señala que esta historia refleja además, la necesidad que tenemos de una doble curación.

«En primer lugar, la curación de la enfermedad y el sufrimiento físico, para restaurar la salud del cuerpo, si bien este objetivo no es plenamente alcanzable en el horizonte terrenal, a pesar de los esfuerzos de la ciencia y la medicina».

«Pero hay una segunda sanación, quizás más difícil, – dice el Papa- y es la sanación del miedo que nos empuja a marginar a los enfermos, a los que sufren, a los discapacitados».

Al respecto, el Santo Padre advierte que hay muchas maneras de marginar, incluso a través de una «pseudo lástima» que experimentamos por el otro, o con la tendencia directa a eliminar el problema:

«Nos quedamos sordos y mudos ante los dolores de las personas marcadas por enfermedades, angustias y dificultades. Demasiadas veces el enfermo y el sufriente se convierten en un problema, mientras que deberían ser una oportunidad para mostrar la preocupación y la solidaridad de una sociedad hacia los más débiles», añadió.

El milagro de»Effatá»: vivir en comunión con Dios y los hermanos
De esta manera, «Jesús nos reveló el secreto de un milagro que también nosotros podemos repetir, convirtiéndonos en protagonistas de «Effatá», de esa palabra «Ábrete» con la que Él devolvió la voz y el oído al sordomundo», afirma el Sucesor de Pedro, asegurando que se trata de abrirnos a las necesidades de nuestros hermanos y hermanas que sufren y necesitan ayuda, evitando el egoísmo y el cierre del corazón.

«Es precisamente el corazón, es decir, el núcleo profundo de la persona, lo que Jesús vino a «abrir», a liberar, a hacernos capaces de vivir plenamente nuestra relación con Dios y con los demás. Él se hizo hombre para que el hombre, sordomudo interiormente por el pecado, pueda escuchar la voz de Dios, la voz del Amor que habla a su corazón, y así aprenda a hablar, a su vez, el lenguaje del amor, traduciéndolo en gestos de generosidad y entrega», concluye el Pontífice alentando a todos a encomendarse a la Virgen María «que estuvo totalmente «abierta» al amor del Señor»; para que ella «nos ayude a experimentar cada día en la fe, el milagro de «Effatá», y vivir así en comunión con Dios y con nuestros hermanos».

fuente www.vaticannews.va

Fiesta de la Natividad de la Virgen María

Según la Tradición, la Virgen Madre de Dios nació en Jerusalén, junto a la piscina de Bezatha. La Liturgia Oriental celebra su nacimiento cantando poéticamente que este día es el preludio de la alegría universal, en el que han comenzado a soplar los vientos que anuncian la salvación. Por eso nuestra liturgia nos invita a celebrar con alegría el nacimiento de María, pues de ella nació el sol de justicia, Cristo Nuestro Señor.

Hoy nace una clara estrella,

tan divina y celestial,

que, con ser estrella, es tal,

que el mismo Sol nace de ella.

En la plenitud de los tiempos, María se convirtió en el vehículo de la eterna fidelidad de Dios. Hoy celebramos el aniversario de su nacimiento como una nueva manifestación de esa fidelidad de Dios con los hombres.

NADA EN LA ESCRITURA

Nada nos dice el Nuevo Testamento sobre el nacimiento de María. Ni siquiera nos da la fecha o el nombre de sus padres, aunque según la leyenda se llamaban Joaquín y Ana. Éste nacimiento es superior a Creación, porque es la condición de la Redención. Y, sin embargo, la Iglesia celebra su nacimiento. Con él celebramos la fidelidad de Dios. “Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien” Romanos 8,28. Y es motivo de alegría gozosa y permanente de todos y cada uno de los llamados. No sabemos cómo se cumplirá, pero tampoco sabemos como nace el trigo, y cómo se forja la perla en la ostra. Pero nacen y crecen y se forjan. La inteligencia humana, por aguda que sea, tiene su límite y ya no puede alcanzar más. Cerrar los ojos ante el misterio, sabiéndonos llamados por Dios, y “desbordar de gozo en el Señor, confiando en su misericordia” Salmo 12, 6. Son las palabras inspiradas del salmo de la misa.

Todo lo que sabemos del nacimiento de María es legendario y se encuentra en el evangelio apócrifo de Santiago, según el cual Ana, su madre, se casó con un propietario rural llamado Joaquín, galileo de Nazaret. Su nombre significa «el hombre a quien Dios levanta», y, según san Epifanio, «preparación del Señor». Descendía de la familia real de David. Llevaban ya veinte años de matrimonio y el hijo tan ansiado no llegaba. Los hebreos consideraban la esterilidad como un oprobio y un castigo del cielo. Eran los tales menospreciados y en la calle se les negaba el saludo. En el templo, Joaquín oía murmurar sobre ellos, como indignos de entrar en la casa de Dios. Esta conducta se ve celebrada en Mallorca, en una montaña que se llama Randa, donde existe una iglesia con una capilla dedicada a la Virgen. En los azulejos que cubren las paredes, antiquísimos, el Sumo Sacerdote riñe con el gesto a San Joaquín, esposo de Santa Ana, quien, sumiso y resignado, parece decir: No puede ser, no he podido tener hijos.

Sabemos que su esterilidad dará paso a María. Joaquín, muy dolorido, se retira al desierto, para obtener con penitencias y oraciones la ansiada paternidad. Ana intensificó sus ruegos, implorando como otras veces la gracia de un hijo. Recordó a la otra Ana de las Escrituras, de que habla el libro de los Reyes: habiendo orado tanto al Señor, fue escuchada, y así llegó su hijo Samuel, quien más tarde sería un gran profeta. Y así también Joaquín y Ana vieron premiada su constante oración con el nacimiento de una hija singular, María, concebida sin pecado original, y predestinada a ser la madre de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado.

De Ana y de Joaquín, oriente

de aquella estrella divina,

sale su luz clara y digna

de ser pura eternamente:

el alba más clara y bella

no le puede ser igual,

que, con ser estrella, es tal,

que el mismo Sol nace de ella.

No le iguala lumbre alguna

de cuantas bordan el cielo,

porque es el humilde suelo

de sus pies la blanca luna:

nace en el suelo tan bella

y con luz tan celestial,

que, con ser estrella, es tal,

que el mismo Sol nace de ella.

UNA NIÑA SANTA

Nace María. Nace una niña santa. Nada se nota en ella hasta que crece y comienza a hablar, a expresar sus sentimientos, a manifestar su vida interior. A través de sus palabras se conoce el espíritu que la anima. Se dan cuenta sus padres: esta niña es una criatura excepcional. Se dan cuenta sus compañeras: que se sienten atraídas por el candor de la niña y, a la vez, sienten ante ella recelo, respeto reverencial. Sus padres no saben si alegrarse o entristecerse. Para conocer lo sobrenatural hace falta tiempo y distancia. No ha habido nunca ningún genio contemporáneo; al contrario, siempre es considerado como un loco, un ambicioso o un soberbio.

Los niños hacen lo que ven hacer a los mayores. La niña santa no imita los defectos de los mayores y obra según sus convicciones. Cuando nació Juan Bautista, la gente se preguntaba «¿qué va a ser este niño?» (Lc 1,79). De María se preguntarían lo mismo. Ella comprende que, aunque quisiera hablar de lo mucho que lleva dentro, debe callar. Y tiene que vivir en completa soledad, de la que es un reflejo, el aislamiento del niño que crece entre gente mayor.

María, llena de gracia, vivía como perfectísima hija de Dios, entre hombres que habían perdido la filiación divina, habían pecado, y sentían la tentación y sus inclinaciones al pecado. El hombre conoce la diferencia que hay entre lo bueno y lo malo, y cuando obra el mal, percibe la voz de la conciencia. Antes de pecar, la percibe y la desatiende, durante el pecado, la acalla con el gozo del pecado, después de pecar, la oye y quisiera no oírla. Este es el conocimiento del mal, que no procede de Dios, sino de haberse separado de El. María no conoce el mal por experiencia, sino por infusión de Dios. No había pecado nunca. Por eso no entendía a la gente y se sentía sola. Experimentaba que sólo ella era así. Si hubiera vivido en un desierto, no hubiera padecido tanto, pero en Nazaret, aldea pequeña, con fama de pendenciera y poca caritativa, es tenida por orgullosa, la que era la más humilde. Como los niños viven su mundo aparte de los mayores, así tiene que vivir María entre su gente.

Y una mujer así, ¿nos puede comprender?, ¿puede ser nuestra madre? Sí porque María es una mujer comprometida con todo el género humano. María fue la pobre de Yahvé. Los pobres de Dios nunca preguntan, nunca protestan. Se abandonan en silencio y depositan su confianza en las manos del Señor y Padre.

Con el Concilio Vaticano II hemos recuperado la Biblia, libro prohibido en mis años de juventud. También la Liturgia en castellano. También la Iglesia, no como una pirámide, sino como pueblo de Dios. De la misma manera hemos de recuperar a María, como Hermana en la fe, Madre en la fe. María peregrinó en la fe como todos los cristianos. Se abandonó a Dios. Pudo ser lapidada, al quedarse encinta, pudo ser repudiada… Es la pobre de Yahvé.

Querríamos saber más cosas de María. El evangelio nos dice muy poco de Ella. Pero, si bien lo miramos, implícitamente nos dice mucho, todo. Porque Jesús predicó el Evangelio que, desde que abrió los ojos, vio cumplido por su Madre. Los hijos se parecen a sus padres. Jesús sólo a su Madre. Era su puro retrato, no sólo en lo físico, en lo biológico, sino también en lo psíquico y en lo espiritual.

LA HERENCIA

Cada hombre, según las leyes mendelianas de los cromosomas y los genes, hereda de su padre y de su madre. Decía un sacerdote que su padre decía: «mi hijo es treballaor com yo y listo com sa mare». Cuando Jesús pronuncia el sermón de las Bienaventuranzas, está pintando a su Madre: Pobres de espíritu, Mansos, Pacientes, Humildes, Misericordiosos, Trabajadores de la Paz. Nos ha dado su Retrato. Sus actitudes vitales son idénticas las de la Madre y el Hijo: en el momento decisivo de su vida María le dice al Ángel: «Hágase en mi»… En el momento de comenzar su Hora, Jesús dice lo mismo «Hágase». Cuando nos enseña su carné de identidad, María nos dice que es «la esclava del Señor» Cuando Jesús nos presenta el suyo, nos dice que es «manso y humilde de corazón». Jesús predicó las bienaventuranzas porque las había vivido. Y las vivió porque las había visto vivir a su Madre. Por eso la quiso y la hizo Inmaculada, porque tenía que ser su madre y su educadora en la fe.

Por: Jesús Martí Ballester | Fuente: Catholic.net

El Papa en Santa Marta: Acusarnos a nosotros mismos y no a los demás

La salvación de Jesús no es «cosmética» sino que transforma. Para hacerle lugar es necesario reconocerse pecadores y acusarse a sí mismo, no a los demás. El Papa habló de ello esta mañana en la Misa en la Casa Santa Marta.

Debora Donnini – Ciudad del Vaticano

Hay que reconocerse pecador: sin aprender a acusarse, no se puede caminar en la vida cristiana. Es el corazón del mensaje del Papa Francisco expresado hoy en la homilía de la Misa en Casa Santa Marta. Las celebraciones eucarísticas matutinas en la capilla de Santa Marta se reanudaron el lunes después de las vacaciones de verano. La reflexión de Francisco hoy se desarrolla a partir del Evangelio hodierno de Lucas (Lc 5, 1-11), en el que Jesús pide a Pedro subir a la barca y, después de predicar, le invita a echar las redes y se realiza una pesca milagrosa.

Un episodio que nos recuerda la otra pesca milagrosa, aquella sucedida después de la Resurrección, cuando Jesús pregunta a los discípulos si tenían algo de comer. En ambos casos – observa el Papa – «hay una unción de Pedro»: primero como pescador de hombres, luego como pastor. Jesús entonces cambia su nombre de Simón a Pedro y de «buen israelita» Pedro sabía que un cambio de nombre significaba un cambio de misión. Pedro «se sentía orgulloso porque realmente amaba a Jesús» y esta pesca milagrosa representa un paso adelante en su vida.

Primer paso: reconocerse a sí mismo como pecador
Después de ver que las redes casi se rompían a causa del gran número de peces, se arrojó a las rodillas de Jesús y le dijo: «Señor, aléjate de mí porque soy un pecador».

Éste es el primer paso decisivo de Pedro en el camino del discipulado, como discípulo de Jesús, acusarse a sí mismo: «Yo soy un pecador». El primer paso de Pedro es éste y también es el primer paso de cada uno de nosotros, si se quiere entrar en la vida espiritual, en la vida de Jesús, servir a Jesús, seguir a Jesús, debe ser éste, acusarse a sí mismo: sin acusarse a sí mismo no se puede caminar en la vida cristiana.

La salvación de Jesús no es cosmética sino que transforma
Pero hay un riesgo. Todos «sabemos que somos pecadores» pero «no es fácil» acusarnos de ser concretamente pecadores. «Estamos tan acostumbrados a decir: «Soy un pecador» – observa el Papa – pero de la misma manera que decimos: “Soy humano” o “soy un ciudadano italiano”. Acusarse a sí mismo es más bien sentir la propia miseria: «sentirse miserable», “mísero”, ante el Señor. Se trata de sentir vergüenza. Y es algo que no se hace con palabras sino con el corazón, es decir, es una experiencia concreta como cuando Pedro le dice a Jesús que se aleje de él, pecador: «se sentía verdaderamente pecador» y luego se sintió salvado. La salvación que «Jesús nos trae» necesita esta confesión sincera porque «no es una cosa cosmética», que cambia un poco tu rostro con «dos pinceladas»: transforma pero, para que entre, hay que hacerle lugar con la confesión sincera de tus pecados, para que experimentes la maravilla de Pedro.

No hablar de los demás
El primer paso de la conversión es, por lo tanto, acusarse a sí mismo con vergüenza y sentir la maravilla de sentirse salvado. «Debemos convertirnos», «debemos hacer penitencia», exhorta al Papa invitando a reflexionar sobre la tentación de acusar a los demás:
“Hay personas que viven hablando de los demás, acusando a los demás y nunca pensando en sí mismos y cuando voy a confesarme, cómo me confieso, ¿como los loros? «Bla, bla, bla,… Yo hice esto, esto…». ¿Pero tu corazón toca lo que has hecho? Tantas veces, no. Vas allí para hacer cosmética, a maquillarte un poco para salir bello. Pero no entró completamente en tu corazón, porque no hiciste lugar, porque no fuiste capaz de acusarte a ti mismo”.

La gracia de sentirse como pecadores concretos
El primer paso es, pues, una gracia: que cada uno aprenda a acusarse a sí mismo y no a los demás:
“Una señal de que una persona no sabe, de que un cristiano no sabe cómo acusarse a sí mismo es cuando está acostumbrado a acusar a los demás, a hablar de los demás, a poner su nariz en la vida de los demás. Eso es una mala señal. ¿Yo hago esto? Es una buena pregunta para llegar al corazón. Pidamos hoy al Señor la gracia, la gracia de encontrarnos ante Él con este estupor que da su presencia y la gracia de sentirnos pecadores, pero concretos y decir como Pedro: «Aléjate de mí porque soy un pecador».

fuente: www.vaticannews.va