Solemnidad de San Pedro y San Pablo

Tan atrás como en el siglo cuarto se celebraba una fiesta en memoria de los Santos Pedro y Pablo en el mismo día, aunque el día no era el mismo en Oriente que en Roma. El Martirologio Sirio de fines del siglo cuarto, que es un extracto de un catálogo Griego de santos del Asia Menor, indica las siguientes fiestas en conexión con la Navidad (25 de diciembre): 26 dic. San Estéban; 27 dic. Santos Santiago y Juan; 28 dic. Santos Pedro y Pablo.

La fiesta principal de los Santos Pedro y Pablo se mantuvo en Roma el 29 de junio tan atrás como en el tercero o cuarto siglo. La lista de fiestas de mártires en el Cronógrafo de Filócalo coloca esta nota en la fecha – «III. Kal. Jul. Petri in Catacumbas et Pauli Ostiense Tusco et Basso Cose.» (=el año 258) . El «Martyrologium Hieronyminanum» tiene, en el Berne MS., la siguiente nota para el 29 de junio: «Romae via Aurelia natale sanctorum Apostolorum Petri et Pauli, Petri in Vaticano, Pauli in via Ostiensi, utrumque in catacumbas, passi sub Nerone, Basso et Tusco consulibus» (ed. de Rossi–Duchesne, 84).

La fecha 258 en las notas revela que a parir de ese año se celebraba la memoria de los dos Apóstoles el 29 de junio en la Vía Apia ad Catacumbas (cerca de San Sebastiano fuori le mura), pues en esta fecha los restos de los Apóstoles fueron trasladado allí (ver arriba). Más tarde, quizá al construirse la iglesia sobre las tumbas en el Vaticano y en la Vía Ostiensis, los restos fueron restituidos a su anterior lugar de descanso: los de Pedro a la Basílica Vaticana y los de Pablo la iglesia en la Vía Ostiensis.

En el sitio Ad Catacumbas se construyó, tan atrás como en el siglo cuarto, una iglesia en honor de los dos Apóstoles. Desde el año 258 se guardó su fiesta principal el 29 de junio, fecha en la que desde tiempos antiguos se celebraba el Servicio Divino solemne en las tres iglesias arriba mencionadas (Duchesne, «Origines du culte chretien», 5ta ed., París, 1909, 271 sqq., 283 sqq.; Urbano, «Ein Martyrologium der christl. Gemeinde zu Rom an Anfang des 5. Jahrh.», Leipzig, 1901, 169 sqq.; Kellner, «Heortologie», 3ra ed., Freiburg, 1911, 210 sqq.). La leyenda procuró explicar que los Apóstoles ocupasen temporalmente el sepulcro Ad Catacumbas mediante la suposición que, enseguida de la muerte de ellos los Cristianos del Oriente deseaban robarse sus restos y llevarlos al Este. Toda esta historia es evidentemente producto de la leyenda popular.

Una tercera festividad de los Apóstoles tiene lugar el 1 de agosto: la fiesta de las Cadenas de San Pedro. Esta fiesta era originariamente la de dedicación de la iglesia del Apóstol, erigida en la Colina Esquilina en el siglo cuarto. Un sacerdote titular de la iglesia, Filipo, fue delegado papal al Concilio de Éfeso en el año 431. La iglesia fue reconstruida por Sixto II (432) a costa de la familia imperial Bizantina. La consagración solemne pudo haber sido el 1 de agosto, o este fue el día de la dedicación de la anterior iglesia. Quizá este día fue elegido para sustituir las fiestas paganas que se realizaban el 1 de agosto. En esta iglesia, aún en pié (S. Pietro en Vincoli), probablemente se preservaron desde el siglo cuarto las cadenas de San Pedro que eran muy grandemente veneradas, siendo considerados como reliquias apreciadas los pequeños trozos de su metal.

De tal modo, la iglesia desde muy antiguo recibió el nombre in Vinculis, convirtiéndose la fiesta del 1 de agosto en fiesta de las cadenas de San Pedro (Duchesne, op. cit., 286 sqq.; Kellner, loc. cit., 216 sqq.). El recuerdo de ambos Pedro y Pablo fue más tarde relacionado con dos lugares de la antigua Roma: la Vía Sacra, en las afueras del Foro, adonde se decía que fue arrojado al suelo el mago Simón ante la oración de Pedro y la cárcel Tullianum, o Carcer Mamertinus, adonde se supone que fueron mantenidos los Apóstoles hasta su ejecución.

También en ambos lugares se erigieron santuarios de los Apóstoles y el de la cárcel Mamertina aún permanece en casi su estado original desde la temprana época Romana. Estas conmemoraciones locales de los Apóstoles están basadas en leyendas y no hay celebraciones especiales en las dos iglesias. Sin embargo, no es imposible que Pedro y Pablo hayan sido confinados en la prisión principal de Roma en el fuerte del Capitolio, de la cual queda como un resto la actual Carcer Mamertinus.

fuente: aciprensa.com

El Papa: “Confesar la fe es identificar los «secreteos» del maligno”

Homilía del Papa Francisco en la Santa Misa con la Bendición de los Palios para los nuevos Arzobispos Metropolitanos, en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, Apóstoles.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Sigue latiendo en millones de rostros la pregunta: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Confesemos con nuestros labios y con nuestro corazón: «Jesucristo es Señor». Este es nuestro cantus firmus que todos los días estamos invitados a entonar”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía en la celebración Eucarística con la Bendición de los Palios para los nuevos Arzobispos Metropolitanos, en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, Apóstoles, este viernes 29 de junio de 2018.

«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»

Las lecturas de esta fiesta litúrgica, señaló el Papa Francisco, nos permiten tomar contacto con la tradición apostólica más rica y nos ofrecen las llaves del Reino de los cielos. Tradición perenne y siempre nueva que reaviva y refresca la alegría del Evangelio, y nos permite así poder confesar con nuestros labios y con nuestro corazón: «Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2,11). En este sentido, todo el Evangelio – afirmó el Santo Padre – busca responder a la pregunta que anidaba en el corazón del Pueblo de Israel y que tampoco hoy deja de estar en tantos rostros sedientos de vida: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» (Mt 11,3).

Pedro: «Tú eres el Mesías», el Ungido de Dios

Pedro – explicó el Papa Francisco – tomando la palabra en Cesarea de Filipo, le otorga a Jesús el título más grande con el que podía llamarlo: «Tú eres el Mesías», es decir, el Ungido de Dios. “Me gusta saber que fue el Padre quien inspiró esta respuesta a Pedro – precisó el Pontífice – que veía cómo Jesús ungía a su Pueblo. Jesús, el Ungido, que de poblado en poblado, camina con el único deseo de salvar y levantar lo que se consideraba perdido”.

En esa unción, subrayó el Papa, cada pecador, perdedor, enfermo, pagano —allí donde se encontraba— pudo sentirse miembro amado de la familia de Dios. “Con sus gestos, Jesús les decía de modo personal: tú me perteneces. Como Pedro, también nosotros podemos confesar con nuestros labios y con nuestro corazón no solo lo que hemos oído, sino también la realidad tangible de nuestras vidas: hemos sido resucitados, curados, reformados, esperanzados por la unción del Santo”. Por ello, afirmó el Pontífice, todo yugo de esclavitud es destruido a causa de su unción y no nos es lícito perder la alegría y la memoria de sabernos rescatados, esa alegría que nos lleva a confesar «tú eres el Hijo de Dios vivo».

El Ungido de Dios lleva el amor y la misericordia del Padre

Y es interesante, indicó el Obispo de Roma, prestar atención a la secuencia del pasaje del Evangelio de Mateo (16,21), en que Pedro confiesa la fe en Jesús. “El Ungido de Dios lleva el amor y la misericordia del Padre hasta sus últimas consecuencias. Tal amor misericordioso supone ir a todos los rincones de la vida para alcanzar a todos, aunque eso le costase el buen nombre, las comodidades, la posición… el martirio”.

Ante este anuncio tan inesperado – explicó el Papa Francisco – Pedro reacciona: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte» (Mt 16,22), y se transforma inmediatamente en piedra de tropiezo en el camino del Mesías; y creyendo defender los derechos de Dios, sin darse cuenta se transforma en su enemigo. “Contemplar la vida de Pedro y su confesión, es también aprender a conocer las tentaciones que acompañarán la vida del discípulo. Como Pedro, como Iglesia – subrayó el Pontífice – estaremos siempre tentados por esos ‘secreteos’ del maligno que serán piedra de tropiezo para la misión. Y digo ‘secreteos’ porque el demonio seduce a escondidas, procurando que no se conozca su intención, «se comporta como vano enamorado en querer mantenerse en secreto y no ser descubierto»”.

Confesar la fe exige identificar los ‘secreteos’ del maligno

En cambio, participar de la unción de Cristo es participar de su gloria, que es su Cruz – afirmó el Papa Francisco – Gloria y cruz en Jesucristo van de la mano y no pueden separarse; porque cuando se abandona la cruz, aunque nos introduzcamos en el esplendor deslumbrante de la gloria, nos engañaremos, ya que eso no será la gloria de Dios, sino la mofa del “adversario”.

No son pocas las veces que sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor – señaló el Papa Francisco – ya que, Jesús toca la miseria humana, invitándonos a estar con él y a tocar la carne sufriente de los demás. “Confesar la fe con nuestros labios y con nuestro corazón exige – como le exigió a Pedro, afirmó el Pontífice – identificar los ‘secreteos’ del maligno. Aprender a discernir y descubrir esos cobertizos personales o comunitarios que nos mantienen a distancia del nudo de la tormenta humana; que nos impiden entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y nos privan, en definitiva, de conocer la fuerza revolucionaria de la ternura de Dios”.

Contemplar y seguir a Cristo exige abrir el corazón a los demás

Al no separar la gloria de la cruz – subrayó el Santo Padre – Jesús quiere rescatar a sus discípulos, a su Iglesia, de triunfalismos vacíos: vacíos de amor, vacíos de servicio, vacíos de compasión, vacíos de pueblo. “La quiere rescatar de una imaginación sin límites que no sabe poner raíces en la vida del Pueblo fiel o, lo que sería peor, cree que el servicio a su Señor le pide desembarazarse de los caminos polvorientos de la historia”.  Contemplar y seguir a Cristo exige dejar que el corazón se abra al Padre y a todos aquellos con los que él mismo se quiso identificar, y esto con la certeza de saber que no abandona a su pueblo.

Queridos hermanos, concluyó el Papa Francisco, sigue latiendo en millones de rostros la pregunta: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». Confesemos con nuestros labios y con nuestro corazón: «Jesucristo es Señor». “Este es nuestro cantus firmusque todos los días estamos invitados a entonar. Con la sencillez, la certeza y la alegría de saber que «la Iglesia resplandece no con luz propia, sino con la de Cristo”.

fuente: vaticannews.va

El Papa crea 14 cardenales: «servir a Cristo es la mayor condecoración»

Durante el Consistorio ordinario público en la Basílica de San Pedro, el Santo Padre recordó a los nuevos miembros del Colegio cardenalicio que la máxima grandeza y ambición a la que pueden aspirar «es servir a Cristo y a su Iglesia».
Sofía Lobos – Ciudad del Vaticano

La tarde del jueves 28 de junio, el Papa Francisco presidió en la Basílica de San Pedro, un Consistorio ordinario público para la creación de 14 nuevos cardenales procedentes de 11 países, cuyos orígenes expresan la universalidad de la Iglesia que, tal y como ha subrayado el propio Pontífice, “continúa a anunciar el amor misericordioso de Dios a todos los hombres de la tierra”.

El Santo Padre dirigió un discurso claro y profundo a los nuevos miembros del Colegio cardenalacio recordándoles que la máxima grandeza y ambición a la que puede aspirar el cristiano es la del servicio al prójimo, siendo capaces de entregar la vida por los demás; siguiendo el modelo del Hijo de Dios.

Servir a Cristo es la mayor condecoración

«La única autoridad creíble es la que nace de ponerse a los pies de los otros para servir a Cristo. Es la que surge de no olvidarse que Jesús, antes de inclinar su cabeza en la cruz, no tuvo miedo ni reparo de inclinarse ante sus discípulos y lavarles los pies. Esa es la mayor condecoración que podemos obtener, la mayor promoción que se nos puede otorgar: servir a Cristo en el pueblo fiel de Dios», dijo Francisco, destacando que ese servicio cobra vida » en el hambriento, en el olvidado, en el encarcelado, en el enfermo, en el tóxico-dependiente, en el abandonado, en personas concretas con sus historias y esperanzas, con sus ilusiones y desilusiones, sus dolores y heridas».

Príncipes de la Iglesia humildes y siervos

Asimismo, el Pontífice reafirmó que sólo actuando de esta manera, «la autoridad del pastor tendrá sabor a Evangelio, y no será como «un metal que resuena o un címbalo que aturde» (1 Co 13,1).

Y en alusión a la humildad que debe prevalecer en el corazón de estos «Príncipes de la Iglesia», que en la práctica deben comportarse como «pastores que han sido llamados a servir a la Iglesia» bajo la distinción de cardenal; el Sucesor de Pedro los exhortó a no sentirse superiores a nadie: «Ninguno de nosotros debe mirar a los demás por encima del hombro, desde arriba. Únicamente nos es lícito mirar a una persona desde arriba hacia abajo, cuando la ayudamos a levantarse», dijo.

El peligro de la búsqueda del interés propio

En referencia al pasaje del Evangelio de San Marcos (10,32), leído en la ceremonia del consistorio; en el que dos discípulos, Santiago y Juan, piden a Jesús que les conceda puestos privilegiados cuando alcance la gloria eterna, (sin comprender verdaderamente a qué tipo de gloria se refería el Maestro); el Santo Padre puso en guardia sobre las ambiciones y «las encrucijadas de la existencia que nos interpelan» a lo largo de la vida y «logran sacar a la luz búsquedas y deseos no siempre transparentes del corazón humano».

Ante este dilema, la respuesta de Jesús es muy clara: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mc 10,43), ya que Él busca recentrar la mirada y el corazón de sus discípulos, «no permitiendo que las discusiones estériles y autorreferenciales ganen espacio en el seno de la comunidad», explicó el Obispo de Roma observando que «en la búsqueda de los propios intereses y seguridades, comienza a crecer el resentimiento, la tristeza y la desazón. Poco a poco queda menos espacio para los demás, para la comunidad eclesial, para los pobres, para escuchar la voz del Señor», y así, «se pierde la alegría, y se termina secando el corazón» (cf. Exhort. Ap. Evangelii Gaudium, 2).

La importancia de no olvidarse de la misión

Por otra parte, el Papa resaltó otra de las enseñanzas de Jesús que brota de este Evangelio:  «la conversión, la transformación del corazón y la reforma de la Iglesia siempre es y será en clave misionera, pues supone dejar de ver y velar por los propios intereses para mirar y velar por los intereses del Padre».

«Estemos bien dispuestos y disponibles, especialmente en los momentos de dificultad, para acompañar y recibir a todos y a cada uno, y no nos vayamos convirtiendo en exquisitos expulsivos, que por cuestiones de estrechez de miradas, se la pasan discutiendo y pensando entre nosotros quién será el más importante», dijo Francisco a los purpurados.

Agradecer a Dios por la gracia de la pobreza

Por último, el Santo Padre concluyó recordando una palabras del testamento espiritual de san Juan XXIII, «que adelantándose en el camino» pudo decir:

«Nacido pobre, pero de honrada y humilde familia, estoy particularmente contento de morir pobre, habiendo distribuido según las diversas exigencias de mi vida sencilla y modesta, al servicio de los pobres y de la santa Iglesia que me ha alimentado, cuanto he tenido entre las manos —poca cosa por otra parte— durante los años de mi sacerdocio y de mi episcopado».

«Aparentes opulencias ocultaron con frecuencia espinas escondidas de dolorosa pobreza y me impidieron dar siempre con largueza lo que hubiera deseado. Doy gracias a Dios por esta gracia de la pobreza de la que hice voto en mi juventud, como sacerdote del Sagrado Corazón, pobreza de espíritu y pobreza real; que me ayudó a no pedir nunca nada, ni puestos, ni dinero, ni favores, nunca, ni para mí ni para mis parientes o amigos» (29 junio 1954)».

fuente: vaticannews.va

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro

«Pues del Perpetuo Socorro
Tierna Madre te aclamamos,
Haz, ¡oh Madre!, que sintamos
Tu perpetua protección».

 

Oración

¡Santísima Virgen María, que para inspirarme confianza habéis querido llamaros Madre del Perpetuo Socorro! Yo os suplico me socorráis en todo tiempo y en todo lugar; en mis tentaciones, después de mis caídas, en mis dificultades, en todas las miserias de la vida y, sobre todo, en el trance de la muerte. Concédeme, ¡oh amorosa Madre!, el pensamiento y la costumbre de recurrir siempre a Vos; porque estoy cierto de que, si soy fiel en invocaros, Vos seréis fiel en socorrerme. Alcanzadme, pues, la gracia de acudir a Vos sin cesar con la confianza de un hijo, a fin de que obtenga vuestro perpetuo socorro y la perseverancia final. Bendecidme y rogad por mí ahora y en la hora de mi muerte. Así sea.

¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Rogad a Jesús por mí, y salvadme.

Consistorio y cardenales: la historia retrocediendo en el tiempo

Debora Donnini ; de Radio Vaticano, explica los orígenes del Consistorio y de la figura de los cardenales, retrocediendo en el tiempo de la historia de la Iglesia para comprender mejor su gran valor en la actualidad.

Ciudad del Vaticano

El próximo jueves 28 de junio el Papa Francisco creará 14 nuevos cardenales en el Consistorio ordinario público. No obstante, la historia del cardenalato tiene orígenes lejanos.

El término «cardenal» deriva del latín cardo que se traduce como bisagra, lo cual sugiere el papel de fulcro (punto de apoyo) que desempeñan: ellos son las “bisagras” alrededor de las cuales gira toda la Institución de la Iglesia, en torno a su máximo dirigente: el Papa, el Sucesor de Pedro.

Por tanto, el papel fundamental de los cardenales, está estrechamente ligado, no sólo a la elección del Pontífice, sino a la colaboración con él en su función como Pastor de la Iglesia universal, tal y como explica al respecto el Código de Derecho Canónico.

Cómo nacen los cardenales

En la Iglesia primitiva, el Papa tenía como colaboradores algunos sacerdotes a cargo del cuidado de las iglesias más antiguas de Roma, diáconos que administraban el palacio de Letrán junto con los siete departamentos de Roma y los obispos suburbicarios, es decir, que conformaban la provincia eclesiástica de Roma.

De aquí proceden los orígenes de los cardenales y de sus tres órdenes: cardenales obispos, cardenales sacerdotes, cardenales diáconos.

Pero no fue hasta la llegada del Papa Nicolás II, en 1059, que se determinó que la elección del Sucesor de Pedro sea reservada sólo a los cardenales obispos romanos y no al clero de la Diócesis de Roma.

En 1179, el Papa Alejandro III extendió este derecho a todos los cardenales: precisamente en el siglo XII, comienzan a ser creados cardenales incluso prelados que residían fuera de Roma.

Quién puede ser nombrado cardenal

En el pasado, también los laicos podían recibir el título honorífico de cardenal y poco después realizaban la ordenación diaconal; pero en 1918, Benedicto XV decidió que todos los cardenales debían ser ordenados sacerdotes. Juan XXIII determinó que deberían también ser ordenados obispos.

Hoy los cardenales pueden ser libremente elegidos por el Papa entre los clérigos que han recibido al menos el presbiterado. Los últimos tres Papas, de hecho, han elevado a la dignidad cardenalicia a sacerdotes mayores de 80 años, pero que debido a la edad, no tienen derecho a votar en el Cónclave.

El consistorio

Los nuevos cardenales se crean en el Consistorio. Retrocediendo en el tiempo se puede ver cómo este término proviene de la antigua Roma: el «sacro consistorio» era el consejo privado del emperador compuesto por sus colaboradores más cercanos.

Los Consistorios son, por tanto, reuniones del Colegio cardenalicio y se dividen en ordinarios y extraordinarios: el primero con los cardenales que residen en Roma, en cambio, en el segundo, deben participar todos.

El de la creación de los cardenales es un Consistorio ordinario público. En este aspecto, cabe destacar que no todos los nombres de los cardenales se conocen antes de ser creados, ya que hay casos particulares en los que el nombre del cardenal no se revela, por determinadas razones de peligro que pueden poner en riesgo su seguridad, por lo que se intenta protegerlo.

El Cónclave

En el Cónclave, sin embargo, los cardenales eligen al Papa. Y mientras que en los primeros siglos el número de purpurados electores oscilaba entre los 20 y 40, llegó a establecerse en 70 con Sixto V en 1586 y, finalmente, Pablo VI lo elevó a 120.

Hasta la fecha, es decir hasta antes del Consistorio del 28 de junio de 2018, los cardenales son 212, de los cuales 114 son electores y 98 no electores. Mañana serán creados 14 nuevos cardenales, incluidos 3 no electores.

Fue el mismo Pablo VI con la Carta Apostólica Ingravescentem Aetatem quien estableció el límite de los 80 años para los cardenales que pueden eligir al Papa.

En la actualidad los cardenales provienen de los cinco continentes, precisamente de 83 países.

Entre ellos, está el Decano del Colegio cardenalicio, que preside el Colegio de Cardenales y el Cónclave.

Luego está el camarlengo que administra los bienes de la Santa Sede, rige durante el período de la “sede vacante” y convoca el Cónclave. Por otra parte, el primero de los cardenales diáconos se llama Protodiacono y debe anunciar al pueblo cristiano la elección del nuevo Papa con el conocido “Habemus Papam”.

Los signos

Los signos que distinguen el nombramiento cardenalicio son la asignación de una Iglesia de Roma (título o diaconía); el anillo, en uso desde el siglo XII, y la birreta roja púrpura. Un color que caracteriza la ropa de los cardenales y hace referencia a su disponibilidad al martirio.

Papa Francisco y los cardenales

En los Consistorios llevados a cabo a lo largo de su Pontificado, el Papa Francisco ha recordado a los nuevos cardenales su vocación de servicio.

«Él no los ha llamado a ser ‘príncipes’ de la Iglesia, para sentarse a su derecha o a su izquierda, sino que los llama a servir como Él y con Él. Para servir al Padre y a los hermanos «, dijo, en particular, en el Consistorio Público Ordinario del 28 de junio de 2017.

Con frecuencia, también los invita a entregar sus vidas por la gente como «signos de reconciliación».

«Querido hermano neo cardenal – dijo Francisco en 2016 – el viaje al cielo comienza en la sencillez, en la cotidianidad de una vida partida y compartida, de una vida gastada y dada. En el don diario y silencioso de lo que somos. Nuestra máxima es esta calidad de amor; nuestra meta y aspiración es buscar en la sencillez de la vida, junto con el Pueblo de Dios, transformarnos en personas capaces de practicar el perdón y la reconciliación «.

Y también en 2015, el Santo Padre recordó a los neo cardenales su llamada a ser hombres de esperanza y caridad, haciendo hincapié en que “la Iglesia los necesita, necesita de su cooperación, y más aún, de la comunión, conmigo y entre ustedes.

La Iglesia necesita su coraje, para anunciar el Evangelio en cada ocasión, oportuna y no oportuna, y para dar testimonio de la verdad», concluyó.

fuente: vaticannews.va

El Sagrado Palio: símbolo de comunión con el Papa

El 29 de junio, en el curso de la Misa por la Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, Patrones de la Iglesia de Roma, el Papa Francisco impondrá el palio a 29 nuevos metropolitas, como signo de comunión con el Obispo de Roma y de compromiso a ser instrumentos de comunión.

Ciudad del Vaticano

El Sagrado Palio es el ornamento litúrgico de honor y de jurisdicción, símbolo de la oveja perdida y del Buen Pastor que da la vida por su rebaño, constituido en su forma actual por una faja de lana blanca ancha 4-6 cm. adornada por 6 cruces y dos orlas de seda negra cuyas extremidades se apoyan sobre el pecho y sobre los hombros.

El palio gira entorno a los hombros en forma de anillo, está cocido sobre el hombro izquierdo y con dos extremos que descienden hacia atrás y adelante. Está adornado sobre el pecho, sobre la espalda y sobre el hombro izquierdo por un agujón (acícula) que antiguamente servía para mantener firme el ornamento en los tres puntos precisados.

La bendición de la lana el día de Santa Inés

Los Sagrados Palios son confeccionados con la lana de dos corderos blancos criados por las religiosas del convento romano de San Lorenzo en Panisperna, que luego es ofrecida al Papa por los religiosos de la Orden de los Canónigos Regulares Lateranenses, que sirven en la Basílica de Santa Inés Extramuros, en cuya cripta están custodiadas las reliquias de la Santa junto a aquellas de Santa Emerenciana.

Y precisamente los corderos acompañan a menudo en la iconografía tradicional la figura de la Santa romana. Los corderos son bendecidos en la Basílica de Santa Inés el 21 de enero, día en el cual se conmemora la muerte cruenta de la mártir romana, sucedida alrededor del 350 en el Circus Agonalis, actual Plaza Navona, lugar donde hoy surge la cripta dedicada a ella, y donde fue expuesta y luego atravesada por una espada, como se mataban los corderos. El Papa Francisco ha bendecido los corderos, tradicional símbolo de la Santa, cuya lana servirá para confeccionar el Palio en la casa Santa Marta. Las religiosas de Santa Cecilia en el barrio romano de Trastevere tejen los Palios con la lana de los corderos apenas esquilados.

El Papa bendice los nuevos Palios en las Primeras Vísperas de los Santos Pedro y Pablo

Cada año, en las Primeras Vísperas de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo del 29 de junio, el Papa bendice los nuevos Sagrados Palios que son custodiados, hasta el año siguiente, en una caja de plata dorada, donde Benedicto XIV, conservada en el llamado “nicho de los palios” en la Tumba de San Pedro, debajo del Altar de la Confesión, de donde se toman para ser impuestos a los metropolitas, o entregados a sus procuradores, por el cardenal protodiácono en nombre del Romano Pontífice.

En la ceremonia de bendición de los Sagrados Palios, que tiene lugar en los departamentos privados del Papa, participan dos padres trapenses, dos canónigos del capítulo de San Juan, el decano del Tribunal de la Rota Romana, dos integrantes del personal de la antecámara pontificia y dos oficiales de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice.

La historia de los Palios

En un primer momento, el Palio fue un ornamento exclusivo del Sumo Pontífice pero, a partir del siglo VI, el Papa lo concedió también a aquellos obispos que hubieran recibido una especial jurisdicción de la Sede Apostólica. En efecto, el Papa Símaco lo concedió en el 513 a Cesario, obispo de Arles. Según una costumbre que remonta a la mitad del siglo IX, los metropolitas deben pedir el Palio al Papa.

Los metropolitas son obispos que presiden una provincia eclesiástica y desarrollan funciones de vigilancia y de suplencia sobre los demás obispos de la provincia, llamados “sufragáneos”, del sufragio o voto al cual ellos tienen derecho en el Concilio provincial. Los metropolitas deben pedir el palio personalmente o a través del procurador, dentro de los primeros tres meses de su consagración episcopal, o bien, si ha ya sido consagrado, en los sucesivos tres meses desde el nombramiento.

El Sagrado Palio en las antiguas representaciones

Ya las más antiguas representaciones del Sagrado Palio en el famoso marfil de Tréveris, en una procesión con reliquias de la mitad del siglo V, y más claramente en la figura del obispo Maximiano en el mosaico de San Vitale de Ravena de la primera mitad del siglo VI, lo muestran en forma de bufanda entorno a los hombros, las dos partes pendientes del hombro izquierdo.

Desde la mitad del siglo IX los dos extremos comienzan a pender, agarrados con dos agujones, exactamente en el medio del pecho y de la espalda. Un tercer hombro lo fija sobre el hombro derecho. Seguidamente en lugar de dos agujones hay una costura fija y los 3 agujones quedan como decoración. Los dos extremos, antes de un considerable largo hasta la rodilla, se acortan después del siglo XV hasta la forma actual (del siglo XVII). La decoración del Palio con la cruz, iniciado ya en el mosaico ravenés, aumenta en la época carolingia. En el medioevo, con Inocencio III es de color rojo. El Palio del arzobispo de Colonia, Clemente Augusto, fallecido en el 1761, tenía 2 cruces negras y 6 rojas.

fuente: vaticannews.va

Papa: el cristiano reza por su enemigo y lo ama

“Amen a sus enemigos y recen por sus persecutores”: es el “misterio” ante el que los cristianos deben conformarse para ser perfectos como el Padre. Es cuanto destacó el Pontífice en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta, el tercer martes de junio.

Gabriella Ceraso – Ciudad del Vaticano

El perdón, la oración, el amor por quien nos “quiere destruir”, por nuestro enemigo: Sólo la Palabra de Jesús puede tanto. Al reflexionar sobre el capítulo V, versículo 43, del Evangelio de Mateo propuesto por la liturgia del día, el Pontífice admitió la dificultad humana de seguir el modelo de nuestro Padre celestial que tiene un amor “universal”. De ahí que haya destacado el desafío del cristiano de pedir al Señor la “gracia” de saber “bendecir a nuestros enemigos” y comprometernos a amarlos.

Perdonamos para ser perdonados

En  su reflexión Francisco afirmó que comprendemos que “debemos perdonar a los enemigos”, “lo decimos todos los días en el Padrenuestro; pedimos perdón como nosotros perdonamos: es una condición…, si bien no fácil”. De este modo también “rezar por los demás”, por “aquellos que nos causan dificultades”, “que nos ponen a prueba: también esto es difícil, pero lo hacemos. O, al menos, tantas veces hemos logrado hacerlo”:

“Pero rezar por aquellos que quieren destruirme, por los enemigos, para que Dios los bendiga: es algo verdaderamente difícil de entender. Pensemos en el siglo pasado, en los pobres cristianos rusos que por el sólo hecho de ser cristianos eran enviados a Siberia a morir de frío: ¿Y ellos debían rezar por el gobernante verdugo que los mandaba allá? Pero, ¿cómo? Y tantos lo han hecho: han rezado. Pensemos en Auschwitz y en otros campos de concentración: ellos debían rezar por este dictador que quería la raza pura y mataba sin escrúpulos, ¡y rezar para que Dios lo bendijera! Y tantos lo han hecho”.

Aprender de la lógica de Jesús y de los mártires

Es la “lógica difícil” de Jesús que, en el Evangelio, está contenida en la oración y en la justificación de aquellos que “lo  mataban” en la Cruz: “Perdónalos, Padre, no saben lo que hacen”. Jesús pide perdón por ellos, como también lo hace en el momento del martirio, Santo Esteban:

“Pero cuánta distancia, una infinita distancia entre nosotros que tantas veces no perdonamos pequeñas cositas, y esto que nos pide el Señor y de lo que nos ha dado ejemplo: perdonar a los que tratan de destruirnos. En las familias es tan difícil, a veces, para los esposos, perdonarse después de alguna disputa, o perdonar a la suegra: no es fácil. Para el hijo, pedir perdón al papá, es difícil. Pero perdonar a aquellos que te están matando, que quieren destruirte… No sólo perdonar: rezar por ellos, ¡para que Dios los custodie! Es más, amarlos. Sólo la palabra de Jesús puede explicar esto. Yo no logro ir más allá”.

Pedir la gracia de ser perfectos como el Padre

De manera que el Papa Bergoglio subrayó que es “una gracia” que hay que pedir, esa de “comprender algo de este misterio cristiano y ser perfectos como el Padre que da todos sus bienes a los buenos y a los malos”. Nos hará bien – concluyó diciendo Francisco – pensar en nuestros enemigos. “Creo – añadió – que todos nosotros tengamos alguno”:

“Nos hará bien, hoy, pensar en un enemigo – creo que todos nosotros tengamos alguno – en uno que nos ha hecho el mal o que nos quiere hacer el mal o que trata de hacer el mal: en éste. La oración mafiosa es: “Me la pagarás”. La oración cristiana es: “Señor, dale tu bendición y enséñame a amarlo”. Pensemos en uno: todos nosotros tenemos uno. Pensemos en él. Recemos por él. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de amarlo”.

fuente: vaticannews.va

Lágrimas, Milagroso Aviso

La Señora de Fátima
atravesó victoriosa un siglo,
y hoy nos vuelve a hablar,
ya no con palabras que puedan ser escondidas,
sino mediante el elocuente lenguaje
de las lágrimas.

“Lágrimas, milagroso aviso”, era el título que Plinio Corrêa de Oliviera le colocara a un artículo del 6 de agosto de 1972 en el prestigioso matutino “La Folha de São Paulo”, comentando una de las lacrimaciones ocurridas con la Imagen Peregrina Internacional de Nuestra Señora de Fátima en Nueva Orleans.  Afirmaba: “El misterioso llanto nos muestra a la Virgen de Fátima llorando sobre el mundo contemporáneo, como otrora Nuestro Señor lloró sobre Jerusalén. Lágrimas de afecto tiernísimo, lágrimas de profundo dolor”.

 

Era una invitación a los hombres del siglo XX, continuaba, “para que renuncien a la impiedad y a la corrupción”. Fenómeno similar ocurrió en Siracusa (Sicilia, Italia, 29-8-1953) con una imagen, medio busto de yeso, del Inmaculado Corazón de María, reconocido – después de estudios realizados – por los Obispos de Sicilia (13-12-53), y citado en un mensaje radiofónico del Papa Pío XII al Congreso Mariano Regional realizado el 17 de octubre de 1954. Expandía su corazón el Santo Padre diciendo: “¡Oh las lágrimas de María! ¿Comprenderán los hombres el misterioso lenguaje de aquellas lágrimas? ¿Llora por tantos hijos, en los cuales el error y la culpa han apagado la vida de la gracia, y que gravemente ofenden la majestad Divina? ¿O son lágrimas de espera por la tardanza en el retorno de otros hijos, otrora fieles, y ahora arrastrados por falsos espejismos salidos dentro de las hileras de los enemigos de Dios?”. Hoy en día, el busto de la ahora llamada Nuestra Señora de las Lágrimas, se encuentra en un gran Santuario de la ciudad del acontecimiento. San Juan Pablo II llegó a visitar el lugar cuando era joven obispo en 1964.

 

Esta introducción me lleva ahora a referirme al impresionante fenómeno ocurrido, entre el 21 y el 26 de abril de este año, con imágenes peregrinas de Nuestra Señora de Fátima que son veneradas en casas de los Heraldos del Evangelio de Costa Rica y Guatemala, y llevadas en diversas actividades evangelizadoras. Imágenes que presentan a la Virgen María tal como se manifestó en Cova da Iría a los tres pastorcitos, unas con las manos puestas en actitud de oración, otras mostrando su Inmaculado Corazón rodeado de espinas. Numerosos testigos constataron la veracidad de los hechos. El inicio de una de las lacrimaciones fue contemplado por siete personas adultas, entre ellas un juez letrado, que dejaron su testimonio escrito de puño y letra.

 

Acontecimientos cargados de simbolismo ante los cuales alguno podrá exigir “pruebas científicas”. A estos, le dispensamos la lectura de este artículo, extraído en la mayoría de sus partes de la revista Heraldos del Evangelio del mes de junio de este año. Quienes sean escépticos, positivistas y racionalistas, no pierdan su tiempo, como nosotros no lo perderemos en probar que las
lacrimaciones no son producto de una farsa. Tan aberrante nos es la hipótesis de simular un milagro que no nos ocuparemos de refutarla. Basta contemplar el sereno rostro de María, regado por dulces lágrimas, para infundir en los corazones de sus hijos la certeza de que la Madre de Dios y de los hombres nos trae algún recado. El artículo de la citada revista “Lágrimas de María: un mensaje del Cielo” nos va llevando, con claridad, profundidad y espíritu filial, a interpretar el mensaje de la Virgen. “Muchas son las razones que pueden llevar a alguien a llorar. Miedo, tristeza, dolor, indignación, emoción o alegría, suelen ser las más frecuentes”. . ¿Cuáles son los sentimientos que pueden estar en la causa del llanto de la Señora de Fátima?

“Ciertamente -continúa- no llora de miedo. Pues, aunque los potentados del mundo y de los infiernos se conjugaran para combatirla, una sola gota de sus lágrimas sería suficiente para vencer todas las armas y bombas atómicas de la faz de la tierra”.

 

Se interroga después si habrá sido de tristeza, a lo que responde: “Sí que puede llorar, porque hace cien años les reveló a los hombres el camino de la felicidad, de la tranquilidad y de la paz y no fue oída. ¡Ah, si hubiéramos escuchado los mensajes de Cova da Iría, cuán diferente sería el mundo!”. “Pero ¿no habrá en ese llanto de la Madre de Dios algo similar al dolor de Nuestro Señor Jesucristo ante la Ciudad Santa?: ¡Si reconocieras hoy lo que conduce a la paz!” (Lc 19, 41-44).

 

Otra hipótesis levanta el artículo, que podría parecer absurda, de que las lágrimas de la Reina de los Ángeles hayan sido de indignación. Razones tendría; reflexionemos…: “La Virgen se digna aparecer en Fátima y, rebosando de afecto y bondad, les trasmite un mensaje a sus hijos. Pues bien, hubo quien sofocó sus palabras e incluso quien transformó su mensaje en un secreto. ¿Qué madre no se indignaría contra el que saboteara su intento de salvar un hijo en peligro? Imaginemos entonces el sentimiento de la Madre, de las madres al ver a sus hijos e hijas rumbo a la perdición a causa del silencio y omisión de aquellos que deberían haber predicado al mundo su mensaje de salvación”. Todo esto, sin duda, hace llorar a María. Aunque el motivo principal de sus lágrimas parece ser otro.

 

Quien ha tenido la oportunidad de detenerse ante cualquiera de las imágenes que lagrimearon, llega a la conclusión, sin dificultad, de que: ¡María llora de alegría! “Si, ¡de alegría! Pues a pesar de todos los intentos de los infiernos en ocultar sus avisos, la Señora de Fátima atravesó victoriosa un siglo, y hoy nos vuelve a hablar, ya no con palabras que puedan ser escondidas, sino mediante el elocuente lenguaje de las lágrimas, las cuales no serán puestas en secreto”.

 

Termina el artículo con la afirmación de la misión que nos toca en estos momentos: “Queremos proclamar encima de todos los tejados, en lo alto de todas las torres, a cuatro vientos: ¡Hombres y mujeres, prestad atención, el Mensaje de Fátima no está escondido! Por el contrario, brilla más que nunca, pues hubo en el mundo quien asumió la misión de encarnarlo, recordándole a
la humanidad las advertencias de la Madre de Dios y pregonando la victoria de María”.

 

Con ese llanto es como si la Virgen nos sonriera diciéndonos con maternal afecto: “¡Hijos e hijas mías, unamos nuestras lágrimas! ¡Lloremos juntos por la triste situación de este mundo que mi Divino Hijo y yo tanto amamos!  ¡Lamentemos los innumerables pecados constantemente cometidos contra el Buen Dios! Pero, sobre todo, ¡tened confianza! Y tratad de ver en mis lágrimas no el llanto de la derrota, sino la emoción y el júbilo de confirmaros y repetir mi promesa: ‘Puede parecer que el mal está venciendo sobre la tierra y que el bien aparente ya no tiene fuerzas. ¡No desaniméis! ¡Confiad, confiad, confiad, pues en breve, mi Inmaculado Corazón triunfará!’”, concluye con elocuencia.

 

Es lo que les quería trasmitir. Que la foto de la lacrimación de una de las imágenes peregrinas de Fátima les abra los horizontes de un futuro promisor, en el mundo convulsionado y desesperanzado que vivimos.

La Prensa Gráfica, 17 de junio de 2018.

P. Fernando Gioia, EP.                                                                                                                                                       Heraldos del Evangelio.

fuente: www.reflexionando.org