“Jesús no nos deja solos” tuitea el Papa.

11 Agosto, 2017.

“Jesús no nos deja solos porque cada uno de nosotros es precioso para Él” es el último tweet del Santo Padre desde su cuenta oficial de Twitter en lengua españona: @Pontifex_es, la más seguida de las versiones oficiales de @Pontifex, el perfil del Vaticano.

En esta línea, el Santo Padre tuitea hoy, 11 de agosto de 2017 en todos los idiomas: “Cuando algo nos haga sufrir, escuchemos la voz del Señor en el corazón: “¡No tengas miedo, sigue adelante! ¡Yo estoy contigo!”.

El Papa Francisco manda mensajes a través de Twitter, el canal de comunicación más instantáneo en nuestro tiempo. La cuenta oficial del Vaticano @Pontifex, con más de 35 millones de seguidores, cuenta con 9 versiones en diferentes idiomas: español, inglés, italiano, portugués, polaco, francés, latín, alemán y árabe.

Los tweets del Papa Francisco reflejan misiones e intenciones muy concretas: “En el testimonio de la fe no cuentan los éxitos, sino la fidelidad a Cristo” o “El perdón libera el corazón y le permite recomenzar: el perdón da esperanza, sin perdón no se construye la Iglesia” son algunos de los tweets que se pueden leer en @Pontifex_es.

La cuenta en español @Pontifex_es es la más vista con 13,3 millones de seguidores. Le sigue la cuenta en inglés con 11,4 millones y luego la de italiano con 4,3 millones de usuarios. La cuenta en portugés cuenta con 2,8 millones, 894.000 en polaco, 854.000 en francés, 825.000 la cuenta en latín, 472.000 en alemán, y 378.000 segudiores tiene la cuenta en árabe.

Fue el 12 de diciembre de 2012 cuando se creó la cuenta oficial de Twitter del Vaticano, bajo el pontificado de Benedicto XVI.

tomado de: www.zenit.org

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

La fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María, se celebra en toda la Iglesia el 15 de agosto. Esta fiesta tiene un doble objetivo: La feliz partida de María de esta vida y la asunción de su cuerpo al cielo.

“En esta solemnidad de la Asunción contemplamos a María: ella nos abre a la esperanza, a un futuro lleno de alegría y nos enseña el camino para alcanzarlo: acoger en la fe a su Hijo; no perder nunca la amistad con él, sino dejarnos iluminar y guiar por su Palabra; seguirlo cada día, incluso en los momentos en que sentimos que nuestras cruces resultan pesadas. María, el arca de la alianza que está en el santuario del cielo, nos indica con claridad luminosa que estamos en camino hacia nuestra verdadera Casa, la comunión de alegría y de paz con Dios”. Homilía de Benedicto XVI (2010). 

¿Qué es el Dogma de la Asunción?

El dogma de la Asunción se refiere a que la Madre de Dios, luego de su vida terrena fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.

Este Dogma fue proclamado por el Papa Pío XII, el 1º de noviembre de 1950, en la Constitución Munificentisimus Deus:

«Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo».

Ahora bien, ¿por qué es importante que los católicos recordemos y profundicemos en el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo? El Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica responde a este interrogante:

«La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos» (#966).

La importancia de la Asunción para nosotros, hombres y mujeres de comienzos del Tercer Milenio de la Era Cristiana, radica en la relación que hay entre la Resurrección de Cristo y la nuestra. La presencia de María, mujer de nuestra raza, ser humano como nosotros, quien se halla en cuerpo y alma ya glorificada en el Cielo, es eso: una anticipación de nuestra propia resurrección.

Más aún, la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo es un Dogma de nuestra fe católica, expresamente definido por el Papa Pío XII hablando «ex-cathedra». Y … ¿qué es un Dogma? Puesto en los términos más sencillos, Dogma es una verdad de Fe, revelada por Dios (en la Sagrada Escritura o contenida en la Tradición), y que además es propuesta por la Iglesia como realmente revelada por Dios.

En este caso se dice que el Papa habla «ex-cathedra», es decir, que habla y determina algo en virtud de la autoridad suprema que tiene como Vicario de Cristo y Cabeza Visible de la Iglesia, Maestro Supremo de la Fe, con intención de proponer un asunto como creencia obligatoria de los fieles Católicos.

El Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (#966) nos lo explica así, citando a Lumen Gentium 59, que a la vez cita la Bula de la Proclamación del Dogma: «Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del Cielo y elevada al Trono del Señor como Reina del Universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte».

Y el Papa San Juan Pablo II, en una de sus Catequesis sobre la Asunción, explica esto mismo en los siguientes términos:

«El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio» (San Juan Pablo II, 2-julio-97).

«Contemplando el misterio de la Asunción de la Virgen, es posible comprender el plan de la Providencia Divina con respecto a la humanidad: después de Cristo, Verbo encarnado, María es la primera criatura humana que realiza el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad, prometida a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos» (San Juan Pablo II , Audiencia General del 9-julio-97).

Continúa el Papa: «María Santísima nos muestra el destino final de quienes `oyen la Palabra de Dios y la cumplen’ (Lc. 11, 28). Nos estimula a elevar nuestra mirada a las alturas, donde se encuentra Cristo, sentado a la derecha del Padre, y donde está también la humilde esclava de Nazaret, ya en la gloria celestial» (San Juan Pablo II, 15-agosto-97)

Los hombres y mujeres de hoy vivimos pendientes del enigma de la muerte. Aunque lo enfoquemos de diversas formas, según la cultura y las creencias que tengamos, aunque lo evadamos en nuestro pensamiento, aunque tratemos de prolongar por todos los medios a nuestro alcance nuestros días en la tierra, todos tenemos una necesidad grande de esa esperanza cierta de inmortalidad contenida en la promesa de Cristo sobre nuestra futura resurrección.

Mucho bien haría a muchos cristianos oír y leer más sobre este misterio de la Asunción de María, el cual nos atañe tan directamente. ¿Por qué se ha logrado colar la creencia en el mito pagano de la re-encarnación entre nosotros? Si pensamos bien, estas ideas extrañas a nuestra fe cristiana se han ido metiendo en la medida que hemos dejado de pensar, de predicar y de recordar los misterios, que como el de la Asunción, tienen que ver con la otra vida, con la escatología, con las realidades últimas del ser humano.

El misterio de la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo nos invita a hacer una pausa en la agitada vida que llevamos para reflexionar sobre el sentido de nuestra vida aquí en la tierra, sobre nuestro fin último: la Vida Eterna, junto con la Santísima Trinidad, la Santísima Virgen María y los Angeles y Santos del Cielo. El saber que María ya está en el Cielo gloriosa en cuerpo y alma, como se nos ha prometido a aquéllos que hagamos la Voluntad de Dios, nos renueva la esperanza en nuestra futura inmortalidad y felicidad perfecta para siempre.

 fuente: www.aciprensa.com

Celebración de la Gritería Chiquita, 70 años de Penitencia y Devoción…

Historia

Entre julio y agosto de 1947 (hace 70 años) los leoneses sintieron mucho miedo por la fuerza de la erupción del volcán Cerro Negro. Se vivía una gran zozobra, porque el volcán retumbaba constantemente, lo que hacía pensar que haría una erupción mayor.

Monseñor Isidro Augusto Oviedo y Reyes, Obispo de la Diócesis, mandó a reunir a la población en la Catedral y les hizo jurar que debían celebrar todos los años —el 14 de agosto— una “Gritería de Penitencia”, en honor al Misterio de su Asunción a los Cielos. El Obispo pidió que se dieran estampas de la Virgen e imploró a María su intercesión ante Dios para que cesara el fenómeno y no hubiera graves consecuencias. Se dieron varias manifestaciones de fe, y todo volvió a la normalidad: el milagro se había cumplido. La devoción se ha extendido a muchas ciudades de todo el país en mayor o menor grado.

La Gritería Chiquita es una tradición propia de los leoneses por un favor recibido por intercesión de María Santísima y que se celebra el 14 de agosto de cada año en vísperas de la celebración de la Asunción de María a los Cielos. María fue Asunta al Cielo en Cuerpo y Alma, y está ahí para que nosotros tengamos como meta poder gozar del Reino Celestial. Aclaramos que no es lo mismo la Asunción de María (o sea que fue subida al Cielo con ayuda de los Ángeles), que la Ascensión del Señor (donde El mismo sin ayuda asciende (sube) al Cielo y estará ahí hasta cuando venga según su promesa a juzgar a vivos y muertos), ya que a veces algunas personas confunden éstos dos términos y creen que es lo mismo.

Nuestra Iglesia católica celebra la Fiesta de la Asunción de la Virgen María en Oriente desde el siglo VI, y en Roma desde el siglo VII. El emperador bizantino Mauricio decretó que la fiesta se celebrara el 15 de agosto en todo el Imperio, pero sólo fijó una fecha, no “inventó” la fiesta, ya que se celebraba desde mucho tiempo antes. Esta doctrina fue definida como Dogma (verdad de la que no puede dudarse) por el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950. En esa fecha se publicó la Bula Munificentissimus Deus en la cual el Papa declaraba como Dogma de Fe católica la doctrina de la Asunción de la Virgen María.

La Asunción es la Victoria de Dios confirmada en María y asegurada para nosotros. La Asunción es una señal y promesa de la Gloria que nos espera cuando en el fin del mundo nuestros cuerpos resuciten y sean reunidos con nuestras almas. María es una obra maravillosa de Dios, concebida sin pecado original. Es totalmente pura. Su alma nunca se corrompió. La maternidad divina de María fue el mayor milagro y la fuente de su grandeza, además de su caridad, humildad, pureza, y paciencia. Ella es nuestra Madre del Cielo y está dispuesta a ayudarnos en todo lo que le pidamos.

Roguemos a María este (14 y 15) para que podamos gozar de la promesa del Cielo, guiados por su inmenso amor que es una luz que nos guía en nuestro andar…

…Y gritemos a todo pulmón: ¡Quién causa tanta alegría!…. ¡¡¡La Asunción de María!!!

La Dormición de la Madre de Dios

Los últimos años de María sobre la tierra —los que transcurrieron desde Pentecostés a la Asunción, han permanecido envueltos en una neblina tan espesa que casi no es posible entreverlos con la mirada, y mucho menos penetrarlos. La Escritura calla, y la Tradición nos hace llegar solamente ecos lejanos e inciertos. Su existencia transcurrió callada y laboriosa: como fuente escondida que da aroma a las flores y frescura a los frutos. Hortus conclusus, fons signatus Ct 4, 12), le llama la liturgia con palabras de la Sagrada Escritura: huerto cerrado, fuente sellada. Y también: manantial de aguas vivas, arroyos que bajan del LíbanoIbid ., 15). Como cuando estaba junto a Jesús, pasó inadvertida, velando por la Iglesia en sus comienzos.

Es cosa clara que vivió, sin duda alguna, junto a San Juan, pues había sido confiada a sus cuidados filiales. Y San Juan, en los años que siguieron a Pentecostés, moró habitualmente en Jerusalén; allí lo hallamos constantemente al lado de San Pedro. En la época del viaje de San Pablo, en vísperas del Concilio de Jerusalén, hacia el año 50 (cfr. Hch , 15, 1-34), el discípulo amado figura entre las columnas de la Iglesia Gal 2, 9). Si María estaba aún a su lado, debería rondar los 70 años, como afirman algunas tradiciones: la edad en que la Sagrada Escritura cifra la madurez de la vida humana (cfr. Sal 89, 10).

Pero el puesto de María estaba en el Cielo, donde su Hijo la esperaba. Y así, un día que permanece desconocido para nosotros, Jesús se la llevó consigo a la gloria celestial. Al declarar el dogma de la Asunción de María, en 1950, el Papa Pío XII no quiso dirimir si la Virgen murió y resucitó enseguida, o si marchó directamente al cielo sin pasar por el trance de la muerte. Hoy día, como en los primeros siglos de la Iglesia, la mayor parte de los teólogos piensan que también Ella murió, pero —al igual que Cristo— su muerte no fue un tributo al pecado —¡era la Inmaculada!—, sino para asemejarse más completamente a Jesús. Y así, desde el siglo VI, comenzó a celebrarse en Oriente la fiesta de la Dormición de la Virgen: un modo de expresar que se trató de un tránsito más parecido al sueño que a la muerte. Dejó esta tierra —como afirman algunos santos— en un transporte de amor.

Los escritos de los Padres y escritores sagrados, sobre todo a partir de los siglos IV y V, refieren detalles sobre la Dormición y la Asunción de la Virgen basados en algunos relatos que se remontan al siglo II. Según estas tradiciones, cuando María estaba a punto de abandonar este mundo, todos los Apóstoles —excepto Santiago el Mayor, que había sufrido martirio, y Tomás, que se hallaba en la India— se congregaron en Jerusalén para acompañarla en sus últimos momentos. Y una tarde serena y blanca cerraron sus ojos y depositaron su cuerpo en un sepulcro. A los pocos días, cuando Tomás, llegado con retraso, insistió en ver el cuerpo de la Virgen, encontraron la tumba vacía, mientras se escuchaban cantos celestiales.

Al margen de los elementos de verdad contenidos en estas narraciones, lo que es absolutamente cierto es que la Virgen María, por un privilegio especial de Dios Omnipotente, no experimentó la corrupción: su cuerpo, glorificado por la Santísima Trinidad, fue unido al alma, y María fue asunta al cielo, donde reina viva y gloriosa, junto a Jesús, para glorificar a Dios e interceder por nosotros. Así lo definió el Papa Pío XII como dogma de fe.

A pesar del silencio de la Escritura, un pasaje del Apocalipsis deja entrever ese final glorioso de Nuestra Señora. Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas Ap 12, 1). El Magisterio ve en esta escena, no sólo una descripción del triunfo final de la Iglesia, sino también una afirmación de la victoria de María (tipo y figura de la Iglesia) sobre la muerte. Parece como si el discípulo que había cuidado de la Virgen hasta su marcha al cielo, hubiera querido dejar constancia —de una manera delicada y silenciosa— de este hecho histórico y salvífico que el pueblo cristiano, inspirado por el Espíritu Santo, reconoció y veneró desde los primeros siglos.

Y nosotros, impulsados por la liturgia en la Misa de la vigilia de esta fiesta, aclamamos a Nuestra Señora con estas palabras: gloriosa dicta sunt de te, Maria, quæ hodie exaltata es super choros angelorum : bienaventurada eres, María, porque hoy fuiste elevada sobre los coros de los ángeles y, juntamente con Cristo, has alcanzado el triunfo eterno.  (1)

 

Catequesis de San Juan Pablo II,

25 de junio del 1997

Síntesis

San Juan Pablo II  recordó las palabras del Concilio Vaticano II: «La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria».

Con esta fórmula, la Constitución dogmática ‘Lumen gentium’, siguiendo a mi Venerado Predecesor Pío XII, no se pronuncia sobre la cuestión de la muerte de María…existe una tradición común que ve en la muerte de María su entrada a la gloria celestial».

Como Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario para su Madre… La Revelación presenta la muerte como un castigo del pecado. Sin embargo, el hecho de que la Iglesia proclame a María libre del pecado original por singular privilegio divino, no lleva a concluir que Ella recibiera también la inmortalidad corporal. La Madre no es superior a su Hijo, que ha asumido la muerte dándole un nuevo significado y transformándola en instrumento de salvación.

Independientemente del hecho orgánico y biológico que causó el cese de la vida del cuerpo, se puede decir que el paso de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de manera que nunca como en aquel caso, la muerte pudo ser concebida como una ‘dormición’.

El Papa recordó que el Nuevo Testamento no habla de la muerte de María, lo cual hace pensar que acaeció de modo natural. En cuanto a la disposición espiritual de la Virgen en el momento de abandonar este mundo, San Francisco de Sales considera la muerte de María «como un morir en el amor, a causa del amor y por amor'», afirmando que «murió de amor por su Hijo».

La Dormición de María se conmemora el 13 de Agosto.

(1) http://www.opusdei.org/es-es/article/vida-de-maria-xix-dormicion-y-asuncion-de-la-virgen-2/